La 'feminización' de la política se llama paridad

La 'feminización' de la política se llama paridad

Vincular la feminización de la política a las cualidades que el estereotipo patriarcal supone a las mujeres como madres resulta a estas alturas, y no por falta de ejemplos, desafortunadamente, anacrónico y, principalmente, indignante. Lo que la política necesita, y la vida en general, es feminismo. Y que todos y todas cuidemos de un sistema democrático con enormes déficits para las mujeres.

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Foto: EFE

"Las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada". Esta reflexión, atribuida a Esopo, bien puede servir como respuesta a tanta declaración de intenciones, tanta teoría y, en suma, a un debate dialéctico que solapa la falta de iniciativas para que, de verdad, cambien las cosas. Mientras se toman posiciones sobre la feminización o no de la política, lo cierto es que la presencia en ella de mujeres sigue muy por debajo de lo admisible. Por ello, en mi opinión, la feminización de la política se llama paridad. Yo sí quiero que haya más ministras, conselleras y concejalas. Exactamente la mitad. Es decir, un 50%.

Aunque pueda parecer una obviedad aritmética, baste para significar que ya del terreno de las palabras hemos pasado al más concreto de los números. Defiendo la paridad. Sin matiz alguno. Y lo hago desde el convencimiento de que no sólo es positivo para las mujeres, sino para la sociedad en general. Ese mantra acuñado por la derecha sobre el "mérito y la capacidad" como salvoconducto para alcanzar el papel más o menos relevante en la sociedad contiene, al mismo tiempo, una falacia y una premeditada trampa. Parte de una igualdad de condiciones que no existe. No se trata de un libre concurso de méritos entre personas de distintos sexos.

De lo que se trata es de que el género, ser mujer, no sea un obstáculo en una carrera en la que los hombres, por el hecho de serlo, cuentan con el camino allanado. El informe Women, Business and Law 2016 del Grupo Banco Mundial refleja que en cien de las 173 economías analizadas, las mujeres se enfrentan a restricciones en el acceso al empleo. ¿Mérito y capacidad o discriminación e injusticia? A igual trabajo, salario más bajo, más dificultades para entrar en el mercado laboral, recelos o, directamente, despidos por quedarse enbarazada. No es una lucha contra un techo de cristal. Es una lucha contra un techo de hormigón como es el machismo, que impide a muchas mujeres vivir como ciudadanas de pleno derecho.

Esos factores añadidos de mayor capacidad de comprensión, mayor bondad o empatía que se nos asigna al tiempo que se nos insta a extrapolarlos a la política son una trampa.

Vincular la feminización de la política a las cualidades que el estereotipo patriarcal supone a las mujeres como madres resulta a estas alturas, y no por falta de ejemplos, desafortunadamente, anacrónico y, principalmente, indignante. Lo que la política necesita, y la vida en general, es feminismo. Y que todos y todas cuidemos de un sistema democrático con enormes déficits para las mujeres.

Es la hora y hay prisa para enmendar esta desigualdad perpetuada, desgraciadamente también, por buena parte de quienes gobiernan y, en muchas ocasiones, simplemente mandan. La democracia paritaria es imprescindible. Y lo es de igual a igual, sin que a las mujeres se les exija plus alguno sobre los hombres para alcanzar idéntico reto. Esos factores añadidos de mayor capacidad de comprensión, mayor bondad o empatía que se nos asigna al tiempo que se nos insta a extrapolarlos a la política son una trampa. Las mujeres también somos enérgicas, rigurosas e inteligentes, y eso ya parece gustar menos e, incluso, interpretarse desfavorablemente.

Hoy, como ayer, nos podemos seguir planteando si esta democracia ha cumplido las expectativas de las mujeres y concluir que no es así. No cuando la violencia de género ha costado un millar de víctimas en una década, cuando la brecha salarial se acrecienta, cuando el acceso al trabajo es más complicado y en peores condiciones o cuando los roles que, como si fuera un don natural, se nos asignan, siguen anclados en un pasado patriarcal y machista. Los pasos que dé la sociedad, quizás el más importante en la educación, no pueden darse en función de la buena voluntad ni del transcurrir del tiempo. De esas palabras inútiles a las que aludía el fabulista griego cuando detrás no van los hechos.

Sin paridad, de la única feminización de la que hablaremos será la de la pobreza.