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Esperando a los etarras

07/04/2017 13:25 CEST | Actualizado 08/04/2017 11:40 CEST
(EPA) EFE
El guardia civil José Gálvez, rescatando a una de las niñas heridas en el atentado de Vic (Barcelona), en 1991.

Yo a los etarras los llevo esperando muchos años. Esperaba que aparecieran por la esquina, sospechosamente cerca del cuartel de la Guardia Civil que era mi casa. Que le hicieran algo a mi padre, sus compañeros o las demás familias. A nosotros. Esperaba también que se cansaran de tanta sangre y abandonaran su cerrazón. Hace años que ya no me asustan, pese a que durante mucho tiempo tuve la certeza casi física de que un día nos harían daño cerca. Ahora, al fin, acaba la espera. Ya están, como dice Alfredo Pérez Rubalcaba, "fuera del mundo".

No hacía falta vivir en una casa cuartel del País Vasco para sentir la angustia. Es verdad que podíamos salir a la calle sin miedo a que nos detectaran el acento, que el panadero no se negaba a vendernos una barra y que podíamos tomar un helado donde nos pidiera el cuerpo, pero ahí estaba la expansión del terror por toda España, avisando de que la banda terrorista ETA podía tener tentáculos hasta en el último rincón, también en Andalucía. Así que nos acostumbramos a eso. A ver cómo algunos guardias que sí habían estado en Euskadi repasaban de más su coche, por si acaso. A aguardar con alivio la vuelta -"sin novedad"- del servicio. A mirar de reojo a quien no conocías.

O si conocías, más bien. Porque todos nos sabíamos de carrerilla los nombres y las caras de los más buscados, que adornaban los pasillos de las oficinas donde trabajaban nuestros padres. Mejor que la alineación del Atleti, mejor que los ríos de España. José Luis Urrusolo Sistiaga. Javier Abaunza. Mercedes Chivite. Domingo Troitiño. Juan Antonio Olarra. Ainhoa Múgica. Los veíamos a diario. Cuando le llevábamos la comida a mi padre si estaba en ese cuarto de puertas con sillas duras, teléfono gris de baquelita y olor a papel apilado. Cuando íbamos a hacer una llamada a la moderna cabina que llegó con los años. Ellos, los terroristas, te miraban desde el póster ajado pero que guardaba, caliente, su amenaza. A ver qué les habrían hecho los guardias, los ciudadanos, para querer matarlos.

Cada nueva noticia de un atentado era ansia pura hasta que decían un nombre o un lugar. No sé si han leído a Ignacio Aldecoa y El fulgor y la sangre, esa novela en la que las mujeres de unos guardias reciben la noticia de que uno de ellos ha muerto estando de servicio, pero no saben a cuál de ellos le ha tocado. La espera tensa y el alivio. Pues todo eso, condensado en un segundo, el que Iñaki Gabilondo o Ana Blanco tardaban en dar detalles. Que no sea mi padre. Que no sea aquí. Llegué a tener aprensión ante la posibilidad de que alguien más de la familia quisiera ponerse un uniforme perseguido como el de la Guardia Civil. Luego entendí que el terror es terror porque nos salpica a todos. No es racional ni lógico.

La infancia de una civilera tenía un punto exótico gracias a "la banda". ¿Feliz por el estreno de una biblioteca molona en el pueblo con toooodo Sherlock Holmes? ¿Feliz por parar unos cuantos goles en el partido de balonmano del cole? No, feliz porque detienen a Henri Parot, ese señor condenado a 4.800 años de cárcel que quería montar una carnicería a unos kilómetros de mi casa. No es que yo sea rara -bueno...-, es que ese día los niños del cuartel hablábamos del tema en el patio, sentados en el poyete, como si fuera una fiesta, con la barbie y el tente a nuestra vera, entre pipas y gusanitos.

No podíamos ser ajenos a los silencios o las maldiciones en casa, porque nos veíamos también en el centro del tornado. Porque esa niña que el guardia José Gálvez sacaba ensangrentada como él de las ruinas del acuartelamiento de Vic (Barcelona) -10 muertos, cinco menores, recuerden, 1991- podía llevar nuestro nombre cualquier día. En la oficina de Tráfico alguien colgó entonces un recorte de periódico que titulaba: "¿Por qué?". He buscado en la hemeroteca. Fue La Vanguardia, fue Bru Rovira. Mucho tiempo me rondó la pregunta. Hice un dibujo sobre el tema para las fiestas del Pilar. Gané. Pinto fatal, pero la paloma de la paz debió convencer a alguien.

Salimos del cuartel, pero vivir en un complejo del Ministerio del Interior tampoco disipa los miedos. Papá, hay un coche fijo al lado de la placita. Esos son compañeros. Ah, entonces vale. Y entonces los etarras empiezan a presionar cerca, de verdad: Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz, José María Martín Carpena, Luis Portero... Ya eres universitaria, ya te vas a la calle don Remondo donde mataron a Alberto y Ascen, a ver la placa. Te enteras de que han matado a Muñoz Cariñanos cuando estás con tus amigos -conferencia de Joaquín Leguina sobre el Chile de Unidad Popular- a menos de 10 minutos de su consulta, mientras los sevillanos empiezan a seguir los pasos a los asesinos, hasta dar con ellos. Entras de beca en un diario, ABC, cuyo nombre ha salido en demasiadas listas, planos incluidos, donde se habla de ello con voz queda.

Pasan los años y de pronto, rodeada de violencia cotidiana y feroz, llega a Jerusalén la noticia del cese definitivo de la violencia. 2011. Morriña de estar en casa y abrazar a los tuyos, aunque aún tengas dudas, aunque queden cosas por aclarar. "Cómo te funciona la cabeza cuando tienes miedo", escribe Íñigo Domínguez. Y cómo te funciona cuando se te va. Lo que queda es la memoria -que nadie nos quite ese derecho- y la satisfacción de que hombres como mi padre, los perseguidos, han sido los que han terminado por acabar con ETA. Nunca en estos años he tenido que escribir como profesional de estos terroristas. Nunca hasta hoy. Así que, aunque ya nos lo sabemos todos, dejen que aquella niña, ahora además orgullosa vasca consorte, les repita el titular: "ETA ha sido derrotada".

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