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La Roca

09/08/2017 07:30 CEST | Actualizado 09/08/2017 07:30 CEST
Getty Images

Acompaño a algunos amigos en la Universidad de Verano de San Roque. Desde la desembocadura del Palmones la imagen de la bahía de Algeciras parece inmensa entre los brazos de arena de los ríos que ahí desembocan. Y presidiendo la bahía está la Roca, protagonista. Se la ve desde su cara del poniente, la única poblada pues su lado de levante es un tajo poderoso que sólo se habita en sus orillas. Los sanroqueños ven su cresta por su lado norte, por el que salieron cuando el primer Borbón español tuvo que cederla, hace ahora tres siglos, a la última de la dinastía Estuardo, la reina Ana, un 13 de julio de 1713, es decir, hace más de trescientos años.

El artículo 10 del Tratado de Utrecht, referido a Gibraltar, apenas ocupa medio folio y se dicen pocas cosas. No se menciona ni una sola vez a la población que tiene que exiliarse. Ninguno de aquellos españoles habría pensado nunca acabar sus vidas fuera de su tierra, ellos, pese a todo, todavía aún súbditos de un gran imperio.

Quiénes lo habitaron después, procedentes de los más diversos puntos del Mediterráneo, también tuvieron la conciencia de pertenecer a un gran imperio aunque durante muchos años se sintieran injustamente tratados.

Las especiales circunstancias en la firma de ese Tratado, con el Imperio inglés en expansión y el Imperio español en decadencia, y la especial situación geográfica y estratégica dieron a este territorio un carácter simbólico que en nada beneficia a ningún tipo de acercamiento entre sus respectivas poblaciones. Los unos porque creen que siguen siendo el imperio que fueron, aunque en otras circunstancias demuestren que sobre todo son negociadores, y los otros porque creen que aquella ofensa al Imperio español es una mancha que no se borrará mientras el agravio exista. Es la lógica de dos grandes imperios que fueron, pero que ya hoy no existen como tales.

La decidida apuesta de los gibraltareños contra el brexit hace suponer que están interesados en seguir perteneciendo a la Unión. Pero de esto no se deduce que las fichas en este tablero puedan moverse unilateralmente.

Y sin embargo, pese a que la historia ha evolucionado, algunas mentes imperiales permanecen. Y estas mentes conviven con un fenómeno genuino que es el fenómeno gibraltareño, con su particular idiosincrasia.

En efecto, por ser puerto franco, importa sin restricciones productos deseados, como el tabaco y el petróleo. Por estar en la Union Europea, pero fuera de la unión aduanera teóricamente, no goza de ciertos beneficios, pero en cambio tampoco tiene ciertas obligaciones. Pueden gozar de sociedades exentas lo que les ha arrinconado en la lista de los paraísos fiscales, y han tenido y tienen que aportar transparencia.

Pensaron que no pagarían impuestos con el juego on line, por no estar globalmente regulado, pero al final, sean ciudadanos del país que sean, los impuestos los pagan. En fin, toda una serie de conflictos de intereses contrapuestos, siempre latentes y siempre enfrentados. Pero es obvio que para sus habitantes cualquier situación propuesta tiene que ser a mejor, dentro del compromiso de lo que es una ciudadanía.

Su decidida apuesta contra el brexit hace suponer que están interesados en seguir perteneciendo a la Unión. Pero de esto no se deduce que las fichas en este tablero puedan moverse unilateralmente sin que las reglas previamente se hayan hecho transparentes para ambas partes.

Cuentan que Sir Joshua Hassan, que fue un ministro principal bien recordado, en cierta ocasión comentó a propósito de su relación con España recién salida de la dictadura: "Mis hijos no creo que se planteen ser españoles, pero si alguno de mis nietos quisiera serlo, lo entendería".

No sé si tuvo nietos Sir Joshua, ni si alguno de ellos ha podido ni siquiera planteárselo, pero es evidente que cuando la lógica imperial se impone todos los caminos se cierran.