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Cómo construir un partido ganador: el caso de Renovación Nacional en Chile

05/12/2017 07:32 CET | Actualizado 05/12/2017 07:32 CET
FOTO: JAVIER SALVO/AGENCIAUNO
Cristián Monckeberg y Mario Desbordes, de Renovación Nacional.

¿Hace cuanto tiempo que no oían hablar de Chile? ¿Meses? ¿Años?

Y es normal, Chile no es un país de escándalos, solo será noticia mundial por un terremoto, un tsunami, o un accidente en alguna mina, a lo mejor por una victoria de su selección de fútbol, aunque últimamente ni eso. Ni siquiera los casos de corrupción son escandalosos en Chile, son pequeños, mansos, dóciles, casi familiares.

Chile es un país prudente en medio de un continente excesivo, un país ordenado rodeado un magma en el que a la improvisación se le llama genialidad y al caudillismo, liderazgo. Un país que habla casi en voz baja en medio de gritos ensordecedores. Un país reflexivo, severo, poco dado a las frivolidades, más de prosa que de retórica, más de guardar que de ostentar, más de familia que de clan, más de datos que de opiniones. Un país en el que las leyes y los decretos se venden en los kioskos de prensa... y lo que es peor ¡¡la gente las compra!!. ( Deme usted unos chicles de menta, Ley Nº. 21.046 y el el decreto con fuerza de ley nº 5 N° 5 del Servel, por favor)

Chile, como España, es un país que sufrió el sablazo de una cruel dictadura militar que partió por la mitad el país

Chile, como España, es un país que sufrió el sablazo de una cruel dictadura militar que partió por la mitad el país, torturó, asesinó, centrifugó a lo mejor de su juventud, expatrió su talento y sirvió de laboratorio a teorías económicas radicales sin tener en cuenta que las cobayas eran seres humanos.

Un golpe que finalmente terminó con un dictador alejado del poder, repudiado si, pero no tanto, ejerciendo de gurú de una derecha que se reclamaba democrática pero que no abjuraba plenamente de un cierto pinochetismo cultural que la incapacitaba para acceder al poder democrático en un proceso electoral, una derecha que miraba más al pasado que al futuro, hierática en su pureza ideológica y que gracias a ese cómodo inmovilismo terminó facilitando la elección de presidentes progresistas de forma más o menos cómoda entre 1990 y 2006. Un chollo de derecha, vamos.

La llegada al poder de una generación de jóvenes alejados generacionalmente e ideológicamente de los años oscuros es el principal cambio

¿Y cual ha sido el cambio que ha permitido gobiernos de centro-derecha en Chile desde la improbable elección de Sebastián Piñera en 2010 hasta hoy? Pues hay varios, pero sin duda la llegada al poder de una generación de jóvenes alejados generacionalmente e ideológicamente de los años oscuros es la principal, un equipo que no se contentó con mantener la pureza de las esencias y se marcó como objetivo construir un partido que se pareciese a la sociedad chilena y evolucionase con ella como la sombra sigue al cuerpo, un gran partido mestizo susceptible de ser votado por la mitad mas uno de los chilenos.

Un colectivo que fue madurando hasta cuajar en un proyecto político cuyo reto era gobernar sin complejos Chile, encajados formalmente en el espíritu republicano y materialmente en el espacio ideológico del centro-derecha liberal, esto es, saltando varios puntos ideológicos desde su posicionamiento inicial (sin que crujieran demasiado sus viejas estructuras, que crujieron) y posicionándose como un partido de mayorías.

Un partido con un plan claro, alcanzar la hegemonía primero cultural, después social y finalmente política para ganar unas elecciones y poner en marcha un programa de gobierno que bebiese desde el compassionate conservatism de Reagan hasta los modelos de partidos liberales (ALDE) europeos sin complejos, tomando lo que necesitaba de cada uno. Un partido guiado en este trayecto por una frase que escribió el filósofo - y emperador- romano Marco Aurelio hace más de 1.000 años pero que parecía escrita para ellos.

No te disgustes, ni desfallezcas ni te muestres impaciente si tus acciones no se ajustan a tus rectos principios. Una vez que hayas superado ése contratiempo inicial, inténtalo de nuevo con renovadas fuerzas y date por satisfecho si tus actos y tus objetivos se han vuelto más humanos.

Porque todo esto que cuento aquí parece rápido y sencillo, pero en 2001 Renovación Nacional (RN) era casi un cadáver político a punto de ser enterrado sin más honores que una sepultura común, una marca sin contenido propio, a merced de los vientos.

Muchos intentos hicieron falta para levantar al enfermo, muchos fallidos, muchos líderes quedaron por el camino por no atreverse a innovar con valentía hasta llevarlo a ser el partido más votado de Chile, por delante de la Democración Cristiana, la Unión Demócrata Independiente (UDI) y el Partido Socialista (PS), pasando del 13% escaso al 20%, y siendo el más votado en todas las regiones y la primera bancada en congreso y senado.

Un partido, sí, hegemónico si seguimos al menos a Gramsci y más a Laclau, y el gran enemigo a batir en las próximas confrontaciones, electorales. Un partido que ha tomado al asalto significantes vacíos clave, dotándolos de nuevas estabilidades fugaces y potentes (por ejemplo, gratuidad), construyendo en su entorno toda una constelación de cadenas de equivalencias renovadas para el centro derecha, que de esta forma ha ido ocupando espacios y triangulando a una izquierda perezosa y acomodada.

Los arquitectos de todo este cambio que nace en lo cultural, pasa por lo estratégico y se consolida en lo electoral, es la dirección nacional encabezada por Cristián Monckeberg y Mario Desbordes

Los arquitectos de todo este cambio que nace en lo cultural, pasa por lo estratégico y se consolida en lo electoral, es la dirección nacional encabezada por Cristián Monckeberg y Mario Desbordes, dos políticos de despacho, papel, gráfica, excel y calculadora y a los que recomiendo seguir de cerca. Rodeados de un grupo de profesionales insoportablemente jóvenes, que tendrían espacio en cualquier 'start up', han sido los que han escrito estas páginas tan inesperadas y brillantes de un partido del que nadie esperaba esto, convertirse en en el partido que más se parece a Chile.

Y de la campaña ya hablamos otro día.

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