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Feos

02/01/2015 07:04 CET | Actualizado 03/03/2015 11:12 CET

En uno de sus últimos ensayos contenido en la obra colectiva Muchas felicidades, se pregunta Fernando Savater que a santo de qué hemos localizado y limitado la posibilidad de ser felices a la juventud cuando en realidad dura tan poco.

Algo parecido puede decirse acerca de la belleza. ¿Por qué a pesar de haber poca gente realmente bella pone todo el mundo tanto énfasis en la necesidad de ser guapo si, incluso en el caso de que se dé, es una condición tan efímera? ¿No hay algo de mentalidad masoquista en que la belleza, de la que tan poca gente participa, a menudo sustituya al mérito? Es una batalla perdida incluso en el caso de las mujeres y hombres agraciados que, en un plazo de tiempo relativamente corto, engordan, pierden el pelo o se arrugan como pasas.

Podría hablarse de la vida en general. Tan corta. Para qué poner tanto énfasis en dejar huella, una marca indeleble, en tener éxito, si en realidad dura tan poco y cuando nos morimos se nos olvida en un tiempo relativamente corto.

De acuerdo, me he pasado de nihilista.

Lo que más me chocó de la foto que acompañaba a la noticia titulada de modo bastante sensacionalista El club de las chicas feas que 'arrasa' en las redes socialesfue la forma en que posaban las miembras del comité directivo de la Asociación Feminista de la universidad Royal Holloway de Londres, también denominadas club de las feas. A pesar de que el artículo iba acompañado de selfies pretendidamente irónicos acerca de la obsesión por la guapura, la pose de sus líderes en la foto oficial era convencional, savvy, sin distancia, sus líderes trataban de parecer sexies de veras (lencería incluida), y uno no acababa de captar la ironía del mensaje de que el endiosamento de la belleza corporal conduce, como tantas otras cosas, a la derrota final. Quizás fueran feas, pero no cabe duda de que trataban de buscar un atajo para resultar atractivas.

Quiso la casualidad que ese mismo día viera el reportaje del programa En portada titulado El alma de Berik. Era estremecedor y al mismo tiempo aleccionadora la historia de Berik, un hombre de Kazajistán deformado por bultos cancerígenos probablemente causados por las pruebas nucleares realizadas por la antigua Unión Soviética. Berik viajó a Madrid para someterle a una operación que, como su propio cirujano indicaba, no le iba a transformar en un Brad Pitt, pero sí al menos a adecentarlo.

Dulce y complicado a la vez, Berik estaba acostumbrado a que los niños se rieran de él por su aspecto. Le vemos comiéndose un bocadillo de calamares en una terraza mientras que numerosas personas le miran con una muy española notable falta de vergüenza y malsana curiosidad. Afortunadamente, algo bueno tenía que tener ser ciego: Berik no se entera, aunque su madre sí, que sufre en silencio como sólo sabe una madre.

Qué diferencia entre Berik y las miembras del club de las chicas feas. Es verdad que todos tenemos un átomo de vanidad. Incluso Berik, un caso perdido, quiere adecentarse, como dice su cirujano, ser menos deforme, algo que logra después de la operación; sin embargo, viendo las fotos de las orgullosas de ser feas uno tiene la sensación de que se han inventado una truco como otro cualquiera para ser resultonas, de saltarse las barreras que impone el físico para cazar a un tío o una tía guapa. Lo de siempre, una forma ingeniosa de ser cool y seducir si no te queda bien el pantalón ajustado, el escote o la camisa slim fit para marcar musculo.

En suma, un ejercicio de vanidad que vuelve a poner de manifiesto que los sentidos y las emociones siempre triunfan sobre la razón.

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