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Progresismo de élite

19/01/2015 07:17 CET | Actualizado 20/03/2015 10:12 CET

San Francisco pasa por ser la cuna del progresismo y de los derechos civiles en Estados Unidos. A un paso de Berkeley, varias de sus principales arterias tienen nombres de famosos activistas como César Chávez o Martin Luther King. En su famoso barrio gay, Castro, acaso el más famoso del mundo y espejo en el que se miran muchos de los demás, hoy día luce una bandera arcoiris de proporciones muy similares a la criticada bandera española de la Plaza de Colón.

Sus habitantes son cosmopolitas, educados, de mentalidad abierta, de multiples orígenes. De hecho, se dice que el área de la bahía de San Francisco es quizás la region más diversa del mundo. Para más inri, el clima es estupendo, tiene una relativamente corta pero rica historia y cada uno de sus barrios puede decirse que tiene personalidad propia.

Sin embargo, en San Francisco, donde una casa de un dormitorio cuesta como media unos 600.000 dólares y alquilar un apartamento similar de 3000 dólares para arriba, solo un puñado de elegidos puede sostener a una familia. Profesores universitarios o de cualquier otro tipo, bomberos, policías con salarios cercanos a los 100.000 dólares viven en una relativa situación de pobreza y se ven obligados a poner millas de por medio o recurrir a pisos de precio semitasado para poder vivir. Por lo visto, la única forma de aguantar con un poco de dignidad los embates de los hipsters de la tecnología que trabajan en Firefox, Google o Twitter.

Qué se le va a hacer, cansados de vivir en suburbios sin personalidad alrededor de San José, se ha puesto de moda entre ellos vivir en la ciudad, aunque muchos de ellos paguen 4000 o 5000 dólares al mes por un (buen) apartamento.

En una ciudad tan chic, quedan pocos barrios por gentrificar, pero uno de los pocos que quedaban, Mission District o el barrio hispano, sufre estos días un proceso de encarecimiento que está haciendo que las familias mexicanas o salvadoreñas dejen paso a seudojóvenes de barba desaliñada que visten ropa de American Appareil y hacen cola para tomar el brunch en su restaurante favorito. Si hablas con ellos, son buenos tipos, relajados, francos, quizás demasiado autoindulgentes y pendientes de proyectar una determinada imagen, pero abiertos de mente y creyentes en algo que se parece a eso que se llama justicia social. El barrio está cambiando de una forma civilizada, elegante, actual, suave, con alguna protesta, pero nada extraordinario.

Ambos, los hipsters y las familias hispanas que poco a poco se mudan a poblaciones que se encuentran a 40 o 50 millas de allí votan en su mayoría al Partido Demócrata y tienen valores parecidos en lo que se refiere a los derechos civiles e incluso similares nociones acerca de la justicia social (aunque es indudable que muchas familias hispanas son todavía consideradas como muy tradicionales por los trabajadores de Silicon Valley). Incluso a ambas les gusta el fútbol internacional. Esa comunidad de intereses no evita que unos lleguen y al mismo tiempo los otros se vayan para dejar sitio. Cambio, renovación, como la vida misma.

En España, debido a la rigidez de la estructuras sociales, los procesos de gentrificación son lentos o no acaban de culminarse nunca. Por fortuna, podría decirse.

Sin embargo, el fenómeno de Podemos demuestra que cada vez hay una sima más grande entre los progresistas que podríamos llamar de primera que, adaptándonos a las coordenadas que impone la precariedad española, podríamos decir que son aquellos que tienen un trabajo, una casa en propiedad y un proyecto vital más o menos claro, y el resto, muchos de ellos jóvenes -pero no solo- cansados de esperar y a los que solo mantiene conectados al sistema la cultura del low cost.

Los primeros, cada vez menos, seguirán votando socialista. Muchos de los segundos, que lógicamente quieren algo distinto porque piensan con algo de razón que no tienen nada que perder votarán a Podemos.

Demasiadas diferencias, demasiadas expectativas distintas para seguir siendo compañeros de viaje.

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