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Crónica desde el escaño

03/03/2016 07:09 CET | Actualizado 03/03/2016 07:10 CET

El miércoles 2 de marzo asistí a mi primer debate en el Congreso de los Diputados. Era una sesión histórica, en la que se sometía a debate la investidura de Pedro Sánchez y no del candidato que había obtenido más votos, como consecuencia del rechazo de Mariano Rajoy después de que se lo pidiera el Jefe del Estado.

Viendo la expectación que se había generado, era previsible que el Parlamento se convirtiera en un plató de televisión, como ya ocurrió en la sesión de constitución de las Cortes. Supongo que los ciudadanos se cansarán pronto de esta situación, porque necesitan cada día más un Parlamento que piense y trabaje para solucionar sus problemas.

Reconozco que la intervención de Rajoy no me generó ninguna emoción, ni positiva ni negativa, era la intervención de un presidente que se negó a someterse a la investidura y al que sólo le queda esperar a que la suerte del destino o Podemos, por acción u omisión, le permitan seguir de presidente.

La intervención de Pablo Iglesias era muy esperada, no tanto por lo que iba a decir, que ya lo había anunciado, sino por cómo lo iba a decir. No faltaron su tono de enfado permanente y los gestos de cara a la galería, más propios de un comunicador que de un representante público que busque solucionar los problemas de los ciudadanos.

Sería positivo para él y su partido que asuma su nuevo papel lo antes posible. El lenguaje utilizado era más propio de un profesor universitario que quiere mostrarse como experto que de alguien que se quiere hacer entender por la mayoría de los ciudadanos, uno de los déficit que se da en la política y que, en el caso de Pablo Iglesias, se incrementa de forma exponencial.

Reconozco que, como socialista, me sentí insultado en múltiples ocasiones durante la intervención de Iglesias, y supongo que, como yo, muchos militantes y votantes socialistas, incluso muchos de aquellos antiguos votantes del PSOE que votaron a Podemos en las últimas elecciones.

Reconozco que, como socialista, me sentí insultado en múltiples ocasiones durante la intervención de Iglesias, y supongo que, como yo, muchos militantes y votantes socialistas, incluso muchos de aquellos antiguos votantes del PSOE que votaron a Podemos en las últimas elecciones, con la esperanza de cambios en la política y un gobierno progresista. Una vez más, se apropió de la representatividad de la gente normal, como si a los diputados del PSOE nos hubieran votado personas venidas de otro planeta.

Pedro Sánchez contestó a esta intervención y a sus ataques de forma muy correcta, incidiendo en sus propuestas, que desde la próxima semana pueden ponerse en marcha si Podemos no las bloquea.

Ante la pregunta lanzada por Sánchez a Podemos sobre si estarían dispuestos también a hacer un referéndum de autodeterminación en Galicia, la respuesta desde los escaños fue afirmativa. Creo que esto deja muy claro cuales son las prioridades para los dirigentes de Podemos.

Otra de las intervenciones dignas de resaltar fue la del diputado de ERC Joan Tardà, que dedicó casi íntegramente su intervención a explicar la hoja de ruta que están aplicando para desconectar a Cataluña de España. Palabras que fueron contestadas por Sánchez con la mano tendida, pero en ningún caso para separar a Cataluña de España. Los socialistas en ningún caso pondremos en riesgo la unidad de España. Pedro Sánchez ofreció a Cataluña y a los catalanes soluciones a muchos de los problemas que sufren a día de hoy, muchos compartidos con el resto de españoles.

Para todos los que pudimos seguir el debate de la sesión, se visualizó claramente la posición pareja y cómplice de Podemos y el PP, actuando de pinza para que no gobierne el PSOE y Rajoy pueda contar con una prórroga en el gobierno para seguir aplicando sus medidas, que tanto daño han hecho a este país en los últimos años.