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'¡Qué guapa es! ¿De dónde es?'

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CHRIS KELLY
Chris Kelly
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Soy madre de una niña mestiza (mitad caucásica, mitad afroamericana) y antes de su nacimiento no me había planteado la cantidad de cosas que me dirían al respecto.

La primera vez que una desconocida me lo preguntó en la farmacia, me quedé sin palabras. Estaba con mi hija en la cola, sin molestar a nadie, cuando una mujer me preguntó: "¿De dónde la has adoptado?". Me quedé anonadada. ¿Cómo? Primero, no es adoptada. Y segundo -y más importante-, ¿por qué crees que es normal hacer una pregunta tan personal a una completa desconocida? ¿Te pregunto cuándo ha sido la última vez que te has acostado con alguien? Es más o menos el mismo nivel de intromisión, ¿no?

Cuando trabajaba en una peluquería y spa, hubo quien pensó que no pasaba nada por preguntarme si le había dado rayos UVA a mi hija. ¡Y me lo decían en serio! Sí, claro, lo hice después de ponerle bótox en los labios y de hacerle la permanente... ¡Solamente tiene un año, hombre!

Entiendo que pueda resultar confuso, pero eso no significa que haya que preguntar estas cosas. Tengo amigos con hijos mestizos. Una de ellas es filipina y su primer hijo es muy pálido, pelirrojo y tiene los ojos azules. La de miradas y preguntas que habrá tenido que aguantar... ¡Preguntas cuyas respuestas no son asunto de nadie!

Una de las cosas que más me molesta, y que seguro que incomoda un poco a la mayoría de mis amigos afroamericanos, es cuando estamos juntos y un desconocido les dice a uno de ellos: "Ay, tu hija es preciosa", cuando en realidad NO es su hija.

Os animo a guardaros las preguntas y las reflexiones que tengáis porque vivimos en un mundo donde los niños disfrutan del amor, ya sea gracias a la adopción o a la genética.

Que una mujer blanca y un hombre negro estén cerca y la niña sea mestiza no quiere decir que ese hombre sea el padre. Siempre nos sale una risita nerviosa cuando un desconocido nos vuelve a hacer esa pregunta. De inmediato, mi amigo pone cara de ¿qué digo?

Normalmente me meto en la conversación y les doy las gracias. Ya me cansa dar explicaciones. Aunque hay veces que me gustaría soltar una historia inventada sobre cómo estaba a punto de decirle que él es el verdadero padre, pero en realidad la niña es producto de una inmaculada concepción.

Sin embargo, no siempre soy inmune. Ayer mismo estaba en la playa hablando con una mujer que yo pensé que hablaba italiano. Pero resulta que era portuguesa y tenía rasgos asiáticos. La situación ya era lo suficientemente confusa por sí sola, pero entonces apareció su hija, que no se parecía nada a ella. Nada. Pero no le pregunté si era adoptada, si era su cuidadora o su tía. Poco después me fijé en un niño que jugaba por el parque: era rubio, pálido y con los ojos azules. Le seguía su madre, de rasgos latinos. Entonces pensé que el niño se parecería a su padre, pero apareció el padre y no, no se parecían. Pero, como he dicho antes, no es asunto mío. El amor es el amor y la genética es caprichosa.

Os animo a guardaros las preguntas y las reflexiones que tengáis porque vivimos en un mundo donde los niños disfrutan del amor, ya sea gracias a la adopción o a la genética. ¿Realmente importa de dónde sea un niño? Porque, en el fondo, todos vienen del mismo sitio.

Preguntadle a la mujer que hace dos años cometió el error de hacerme esa pregunta en la cola de un supermercado. Lo hizo en un día que yo ya estaba harta. Con siete años de experiencia a mis espaldas, cuando me preguntó "¿de dónde es?" después de dedicarle a mi hija un cumplido por lo guapa que era, le miré fijamente a los ojos y le contesté: "De mi útero". Jamás me han cobrado tan rápidamente en un supermercado.

Los niños oyen lo que decimos y los adultos no tenemos que hacer hincapié en sus diferencias en un mundo en el que no todo el mundo acepta las diferencias. ¿De verdad necesitas saber la respuesta? Sé amable y no seas cotilla a no ser que quieras escuchar la palabra "útero" bien alto y en público.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.