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Cómo un simple vídeo me hizo descubrir que soy esclava de la apariencia física

19/08/2017 10:18 CEST | Actualizado 19/08/2017 10:18 CEST
Getty Images

La otra noche, mi compañera de piso me grabó en vídeo. Eran 15 segundos de una story en Instagram, algo divertido, un guiño a los amigos. En fin, lo más banal de 2017.

Vi el fragmento unas tres veces. La primera, me fijé en mi aspecto: brazos rechonchos, cara cansada. La segunda vez, mis brazos no eran rechonchos, sino gordos. La tercera, tenía los brazos gordos, yo estaba gorda y un sentimiento de tristeza se desplegó e instaló su tienda de campaña en mi corazón.

Por la mañana, creyendo que era el cansancio lo que me había puesto en ese estado, vi de nuevo el vídeo. Creo que tenía esperanzas de ver otra cosa. Pero no. Mismo resultado. Entonces empecé a preguntarme: ¿Había elegido mal el vestido? ¿Es porque me iba a venir la regla? ¿La gente se daba cuenta de mi aspecto? ¿Qué pensaban? Seguramente ese era el motivo de mi soltería. Debería vigilar más mi alimentación, debería ir más al gimnasio.

Esos pensamientos ansiosos con respecto a mi apariencia física decidieron instalarse junto a mi sentimiento de tristeza. Y, de repente, se formó otro campamento.

Esa misma mañana, me preparé para ir a trabajar. Elegí prendas más sobrias, un jersey que escondía mis hombros, unos vaqueros que escondían mis caderas. Tuve cuidado de maquillarme bien los ojos y también de peinarme. Pero durante todo el ritual estaba especialmente preocupada en no reproducir el aspecto que tenía en el vídeo. Me preparé la comida, puse atención a los alimentos que escogía y, por último, preparé mi bolsa para el gimnasio.

Sé que la construcción social de la belleza es irreal y que las reglas han sido establecidas con el fin de hacer al hombre y a la mujer esclavos de la sociedad de consumo.

Que quede claro: no hay nada malo en querer estar coqueta. Me encanta la moda y me encanta sentirme bien conmigo misma. Por regla general, defiendo la aceptación del cuerpo y la diversidad de físicos. Lo proclamo alto y claro, trato de ponerme lo que me gusta, etcétera. También sé que la construcción social de la belleza es irreal y que las reglas han sido establecidas con el fin de hacer al hombre y a la mujer esclavos de la sociedad de consumo.

Y, sin embargo, cuando pienso en mi rutina matutina, en el estado en el que me encontraba y en la energía que gasté en hacerme todas esas preguntas, me acordé de una cita de Naomi Wolf: "Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de estas. La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil".

En otras palabras, cuando obedecemos a las reglas de belleza que impone la sociedad —y aquí hablo tanto de las reglas impuestas a los hombres como a las mujeres de todas las edades—, nos convertimos en esclavos. Ponemos nuestra mente, nuestra visión, nuestra energía, nuestro dinero, nuestras ambiciones y nuestro cuerpo al servicio de otro partido. Un partido que no quiere nuestro bien.

Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de estas. La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil.Naomi Wolf

Nada nuevo bajo el sol, lo sé. Lo que me sorprende es que, aun teniendo conocimiento de causa, estas leyes consiguen estar demasiado presentes en mi vida, en mi mente, en mi corazón, en mi sistema nervioso y en la educación de todos y cada uno de nosotros. Estas doctrinas consiguen hacernos dudar a todos, tarde o temprano. A veces, la duda se convierte en enfermedad y obsesión. Otras veces, viene y se va.

En cualquier caso, nos consume la energía y desvía nuestro tiempo y nuestra intención hacia trucos inventados en cualquier parte. Trucos que no nos sirven. Desvía nuestra atención hacia el exterior, mientras que debería centrarse en el interior. Esa duda a veces nos hace perder un tiempo muy valioso. Tiempo que podríamos emplear en lo que nos hace realmente felices, en cosas realmente útiles. Esas doctrinas nos empujan a ir al gimnasio, no para dar a nuestro cuerpo los elementos necesarios para mantenerse en mejor capacidad ni el amor que se merece. No, principalmente vamos al gimnasio para detestar menos nuestro cuerpo, para juzgarlo menos, vamos por la imagen que nos devolverá. Las reglas sólo tienen un objetivo: transformar el amor propio en odio propio. ¡Y funciona!

Aun teniendo conocimiento de causa, estas leyes consiguen estar demasiado presentes en mi vida, en mi mente.

Esa noche y esa mañana, entré al juego. No hay soluciones milagrosas para evitar esos comportamientos y reglas mercantiles de la belleza. Se requiere una gran fortaleza mental para darse el amor que uno merece y es esencial recordárselo. Se necesita control y amor para no juzgarse y no juzgar a los demás. También se requiere empatía para amar lo que nosotros consideramos nuestros defectos. Se requiere coraje para hacer lo que creemos que es bueno para nosotros, sin responder a esas reglas.

A ti, que te has reconocido en mi rutina tan banal de por la mañana y en mi reacción ante una estúpida story en Instagram de 15 segundos, te digo: Eres maravillosa/o. Tu valor no está ligado a tu apariencia física. Está ligado al bien que haces a tu alrededor, al amor que propagas. Por favor, háblate como hablarías a un amigo y date amor. Es la única forma de que no lleguemos a ser esclavos.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Québec y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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