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La fertilidad de la resistencia: es el momento de priorizar la agroecología

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AGRICULTURE
andreusK via Getty Images
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La comida es cada vez menos saludable y está más llena de químicos, mientras que las dietas son cada vez menos diversas. Hay una pérdida en la diversidad de plantas e insectos, lo cual amenaza a la seguridad alimentaria. Los suelos están cada vez más degradados, los acuíferos más contaminados y vacíos, y los pequeños agricultores, tan importantes para la producción global de alimentos, están siendo expulsados de sus tierras y de su actividad.

A lo largo de los últimos sesenta años, el objetivo de Washington ha sido re-estructurar la agricultura indígena a lo largo del mundo. Y este plan ha consistido en someter a las naciones a base de incrementar su dependencia de los productos norteamericanos y reducir la producción de sus propios alimentos. La agricultura y la producción y distribución de alimentos se han globalizado y están fuertemente ligados a un sistema internacional de comercio orientado a la exportación de monocultivos, la producción de bienes para el mercado internacional, el endeudamiento con las instituciones financieras (FMI/Banco Mundial) y la obligación de las naciones de acceder a reservas de moneda extranjera (sobre todo el dólar) para pagar la deuda.

Todo esto ha desembocado en que haya zonas donde existe un superávit de alimentos y otras donde hay un déficit y que son dependientes de las importaciones agrícolas y de ayudas condicionadas. La escasez de alimentos en algunos de los países del llamado "Sur" son el reflejo y la consecuencia de los excedentes de Occidente.

Bien a través de programas de ajuste del FMI y el Banco Mundial, como ocurrió en África, bien a través de acuerdos comerciales como el Nafta en México, bien a través de unas normas de comercio internacional desreguladas, el resultado ha sido similar: la devastación de la agricultura tradicional e indígena.

La llamada "revolución verde" (no confundir con ecologista), consistente en la promoción de una agricultura extensiva, tecnologizada, liderada por corporaciones y cargada de químicos, ha tenido un impacto negativo en los alimentos, los suelos, la salud de seres humanos y el medio ambiente. Defendida sobre la base del supuesto un incremento en los rendimientos productivos, sus consecuencias positivas se han exagerado. Y el argumento, a menudo utilizado, de los beneficios humanitarios ("millones de vidas salvadas") tiene en realidad más que ver con el frío interés comercial.

A lo largo del mundo, estamos viendo a agricultores y comunidades que resisten en esta batalla por las semillas, el suelo, el agua o la comida

En una carta abierta de 2006 a los políticos de la India (que animo a leer a todo el mundo), el agricultor y activista Bhaskar Save resumen algunas de las consecuencias de la agricultura de la revolución verde en la India, entre ellas sequías artificialmente producidas en tierras de lluvias. Si Bhaskar Save ayudó a abrir los ojos sobre lo que estaba pasando a la agricultura y a la ecología como resultado de la revolución verde

La falta de información sobre la situación de los sectores productores de aceite en la India sirve para esconder el doble rasero con el que se actúa alrededor de los cultivos transgénicos, una de las ramas de esta revolución verde. Después de que las regulaciones comerciales y las importaciones a bajos precios se unieran para destruir a los agricultores y acabar con los trabajos locales en el procesamiento de alimentos en favor de las grandes compañías de negocios agroalimentarios, incluyendo a empresas como ADM y Cargill, esos mismos intereses lideran una campaña para llevar los transgénicos a la India basándose en un argumento tan falaz como que la agricultura india es improductiva, lo cual hace necesario que se dependa de las importaciones.

Un informe de 2015 elaborado por GRAIN da una visión más amplia de cómo el mundo de los negocios agroalimentarios de EEUU ha conseguido secuestrar la alimentación y la agricultura de otro país muy importante, México, bajo el pretexto del libre mercado y en detrimento del medio ambiente, de la salud y de los agricultores. Y eso ha hecho que la dieta estadounidense que provoca obesidad sea ya una realidad en México.

Hoy en día, los gobiernos se confabulan con la industria alimentaria, que intenta acabar con los pequeños productores y someter a los países a los caprichos del mercado global. Se permite que las corporaciones marquen la política de los gobiernos, otorgándoles un papel estratégico en las negociaciones comerciales y permitiéndoles marcar la agenda política y del conocimiento a través de la financiación que la industria alimentaria aporta a la investigación que se hace en universidades e institutos.

A lo largo del mundo, sin embargo, estamos viendo a agricultores y comunidades que resisten en esta batalla por las semillas, el suelo, el agua o la comida. Y también somos testigos de inspiradoras historias acerca de éxitos en la agroecología: un modelo de agricultura basado en el conocimiento tradicional y en la investigación agrícola moderna que utiliza elementos de la ecología contemporánea, la biología del suelo y el control biológico de los pesticidas.

La agroecología desafía a las políticas que se hacen de arriba a abajo

Este sistema combina formas de actuar ecológicas, incluyendo el mínimo uso de elementos tóxicos, utilizando recursos renovables y privilegiando soluciones endógenas para enfrentarse a las plagas.

La agroecología desafía a las políticas que se hacen de arriba a abajo. A veces también implica ir más allá de la propia agricultura para ser parte de una agenda política más amplia que se enfrenta a cuestiones políticas y económicas de mayor calado que tienen impacto en la agricultura y sus productores (ver aquí la definición sobre lo que implica la agroecología)

El año pasado, el Oakland Institute publicó un informe sobre 33 casos que mostraban el éxito de la agricultura agroecológica en África para enfrentarse al cambio climático, al hambre y a la pobreza. Los estudios aportaban datos y gráficas sobre cómo la transformación agrícola podía dar enormes beneficios económicos, sociales y de seguridad alimentaria al mismo tiempo que aseguraba la justicia climática y mejoraba los suelos y el medio ambiente.

Hay otros muchos ejemplos existosos de productores que abandonan el paradigma de la revolución verde y abrazan los principios de la agroecología (ver este reportaje sobre El Salvador y esta entrevista sobre el Sur de la India).

Varios informes oficiales han defendido que, para alimentar a los hambrientos y promover la seguridad alimentaria en las regiones con bajos ingresos necesitamos apoyar a los pequeños productores y los métodos agroecológicos, al mismo tiempo que se refuerzan las economías locales (ver este informe de las Naciones Unidas y este otro estudio).

Los defensores de la agroecología consideran que un sistema descentralizado en la producción de alimentos con acceso a unos mercados rurales apoyados en buenas carreteras y sistemas de almacenamiento deben ser promovidos por encima de los intereses del mercado global, que está al servicio de las necesidades del capital.

Los pequeños agricultores son más productivos que la agricultura a gran escala y crean un sistema alimentario más diverso y resiliente. Si los que hacen las políticas favorecieran la agroecología de la misma manera que han apoyado las prácticas y la tecnología de la revolución verde, se podrían resolver muchos de los problemas que tienen que ver con la pobreza, el desempleo, el aumento de la población o la migración a las ciudades.

Pero mientras los políticos de todos los ámbitos sean fagocitados por los EEUU y sus corporaciones, proseguirá la apropiación de semillas, de tierras, de aguas, de legislaciones, de institutos de investigación y de políticas, todo ello destinado a servir a las grandes corporaciones agroalimentarias.

Sólo un amplio movimiento de base, una movilización de gentes que atraviese continentes y países, los campos y las ciudades, que una a productores y consumidores, podrá enfrentarse a estos intereses establecidos y asegurar la victoria.

Este post fue publicado originalmente en la edición canadiense de 'El Huffington Post' y ha sido traducido al español y editado para mayor claridad.