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Amor y dinero

20/01/2017 07:22 CET | Actualizado 20/01/2017 11:05 CET

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Foto: Getty Images.

Amor y dinero es una relación problemática. Porque se nos atraviesa el peor de los fantasmas: el amor al dinero. Pasión acusada de ambición y avaricia, que es sancionada como un asunto demasiado miserable como para considerarse en la ilusión del enamoramiento.

Aunque el mundo se ha vuelto más libre culturalmente: podemos escuchar sobre el sexo anal en un matinal o discutir acerca de nuestras preferencias de goce -de cómo follamos o alteramos nuestra consciencia- sin demasiado pudor en conversaciones de salón. La barrera de lo que se considera una perversión se ha movido favorablemente en una serie de asuntos. Pero si hay algo que aún queda bajo la línea de lo inmoral, es la pasión por el dinero.

Si es posible hablar de éste, es sólo desde la vereda de la necesidad, cuando falta en serio o desde alguna reivindicación de justicia. Jamás desde el lugar del deseo. Esto último se torna impronunciable, incluso, en la conversación con nosotros mismos. No por nada caemos en tanta maraña en temas de dinero, cómo pedirlo, cuánto cobrar, etc. Es curioso cómo hay una serie de aspiraciones de goce individual de las que incluso podemos presumir: del sexo, el éxito, el narcisismo. Quizás porque las podemos vestir con discursos que les otorguen alguna altura moral, el sexo bueno para la salud, la marihuana como reivindicación política, el narcisismo oculto en el eufemismo de búsqueda de autoestima. Pero lo ganoso respecto al dinero no tiene disfraz que lo amortigüe, suena sucio y da vergüenza.

Contigo pan y cebolla, es el lema de nuestra educación sentimental. Pero casi sin excepción es posible confrontarse con que hace falta algo más que echar a la sopa.

Incluso en la política, el tabú del dinero provoca algunos enredos en que, al sancionar moralmente este deseo, se legitima que el pueblo -imaginado- quiera ciertas cosas, generalmente más puras, de lo que luego se comprueba. Pero si hay un lugar en que esta pasión cae en la mayor de las ignominias es en el campo del amor.

Contigo pan y cebolla es el lema de nuestra educación sentimental. Pero casi sin excepción es posible confrontarse con que hace falta algo más que echar a la sopa. Y es que el dinero representa finalmente algo que parece enemigo del amor idealizado: los intereses individuales. El dinero significa seguridad, autonomía y también placer.

En los tiempos del patriarcado duro, las cosas estaban escritas: el hombre era proveedor, la mujer se sometía al marido a cambio de protección. Acuerdo que tenía demasiados inconvenientes para seguir siendo sostenido. Y nos liberamos. O estamos en vías de ello, de democratizar los roles en la familia, de ampliar la diversidad de estructuras familiares. ¿Pero qué tan cierto es que los fantasmas patriarcales nos han dejado? ¿Acaso se acabaron los hombres angustiados frente a la posibilidad de no poder proveer, o acusando a las mujeres de caza fortunas, a su vez, mujeres pudorosas respecto a sus derechos para no parecer trepadoras, o chicas castradoras con el hombre que no les provea lo que creen que merecen? Pues no. Incluso estos fantasmas se reproducen, no pocas veces, en quienes están aún más autorizados a inventar nuevos pactos: las parejas más allá de la norma heterosexual. Y si ocurre con tanta frecuencia es porque el dinero aún es nuestra verdadera pornografía: un primer plano de las pasiones más bajas.

En la política estamos amedrentados moralmente a no desearlo, en el amor educados a ni siquiera pensarlo, sobre todo las mujeres. Problemático, porque hoy frente al -afortunado- declive de las obligaciones del patriarcado, es imperativo escribir nuevos acuerdos en algo tan importante como el dinero, es decir, aquello fundamental en cosas como la seguridad, la autonomía y el placer. ¿Aún les parece de mal gusto tocar el tema?

Este artículo fue publicado originalmente en www.hoyxhoy.cl