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Apocalípticos en estéreo

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Las redes sociales se han convertido en la plataforma para los apocalípticos de siempre, o bien, el apocalipsis se puso de moda. Porque circulan demasiadas voces haciendo advertencias fatales, que el agua, que la leche, que las cesáreas, que las vacunas, todo eso podría llevarnos al fin. Desconfianza ferviente de todo y todos, salvo de la pócima que receta algún gurú hipster de moda.

Si hiciéramos caso a tanta advertencia seguramente tendríamos que escapar del mundo. Aunque, de cierto modo, esa parece la tendencia: escapar del mundo, al menos en su versión comunitaria, porque las respuestas que se dan parecen cada vez más individualistas: si ese estudio que anda circulando por internet sobre los riesgos de tomar agua de la llave -que casi que tiene kryptonita- es cierto, esperaría que quien hizo ese análisis estuviera amarrado al palacio de gobierno protestando.

Los apocalípticos solían ser considerados locos pero muchas veces han sido o son el motor de cambio de un saber establecido.

O quienes defienden la crianza de no sé qué tipo (que hay que amamantar por tiempo, dormir juntos, etc.), al menos se pronunciaran respecto de la situación inmoral de los niños institucionalizados en el Servicio Nacional de Menores en Chile. O que los antivacuna no lleven a sus hijos a la escuela cuando se enfermen para no contagiar a los inmunodeprimidos. En fin, parece que al apocalipsis hoy se le hace frente de manera individualista.

Los apocalípticos solían ser considerados locos pero muchas veces han sido o son el motor de cambio de un saber establecido. Otra cosa es que tomen el lugar de gurús o profetas; porque es luego ahí donde caemos en la nueva falsa conciencia de los saberes sectarios. La lógica del profeta suele sonarnos ajena, anacrónica e ignorante, pero me atrevo a afirmar que está presente con toda su fuerza pero con otro semblante. Uno postmoderno: cada uno puede ser un profeta del apocalipsis. Basta un click para reproducir alguna noticia o estudio sin confirmación, un comentario de tono muy enojado, una acusación impúdica y un punto final altanero para elevarse al lugar de justiciero. Es decir, ser alguien fundamental para la humanidad con cinco minutos de lectura por Internet.

Si bien, la figura del justiciero suele servir para canalizar el odio -que todos portamos por cierto- en una fachada de superioridad moral, de todos modos suele conllevar unas buenas intenciones conscientes. Pero la inmediatez de las comunicaciones hoy pueden servir de trampolín para el narcisismo de alcance rápido, llevándonos a caer en la irresponsabilidad, olvidando que todo discurso y práctica son cuestiones ideológicas y políticas. Cuando perdemos el espesor de un discurso caemos en la reivindicación vacía que no poca veces trabaja en la dirección opuesta a nuestros amables deseos con el mundo.

Por ejemplo, cuando en legítima defensa hacia los animales afirmamos que nosotros somos una bestia más. Que si bien lo somos, es solo en parte porque tenemos el privilegio y por tanto el deber de la autorreflexión y la autorregulación. Omitir esa distinción presupone sustituir el invento de la democracia por la tiranía de la ley la selva.

Así también, cuando la desconfianza hacia la medicina tradicional se resuelve con una confianza apresurada y ciega a preparaciones de algún gurú, reproduciendo el mismo problema que la medicina oficial: suponer que todo malestar proviene de la química del cuerpo y no de nuestras posibilidades de cambio, esperando de otro una píldora o palabra mágica.

Hoy tenemos derecho a gritar, por eso debemos ser responsables con nuestro grito.

El modo en que planteamos un problema es ya una cuestión moral y política, siempre con consecuencias. De ahí que nos debamos la reflexión y la contra intuición ante nuestros primeros impulsos justicieros.

Este artículo fue publicado orginalmente en hoyxhoy