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'Brangelina': la estafa del amor

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Foto: GTRESONLINE.

Se dice que estos tiempos son de desconfianza y escepticismo. Cayó el muro, con él los grandes relatos, "el fin de la historia", dijo Fukuyama. La caída de Brangelina es quizá el último ladrillo de ese bastión de verdades contundentes. Por un instante todos fuimos Jennifer Aniston y, posiblemente, aunque no lo notáramos, hicimos la mueca de un "viste, viste, ese amor no podía ser El Amor". Muchos ya lo esperaban, tal amor no podía perdurar, no al menos en su versión para siempre. Demasiado perfecto para la susceptibilidad contemporánea, Disney hace un buen rato que huele más a aliento trasnochado de Mickey que a las flores de su casa club.

Tras el derrumbe de ese mamotreto de verdades de cemento -la ideología del amor entre ellas- se ha dado paso a las verdades ligeras. Hijas de una delicuescencia moral que se arrima con rapidez a la definición o artículo de internet que convenga a la propia estética de la existencia: me puedo convertir en vegano, anti-vacuna, hipster, poliamoroso jerárquico o lo que sea que combine con mi ropero con la velocidad en que una sinopsis convence si la película será o no de nuestro gusto.

Verdades rápidas pero furiosas. Verdades que levantan muros -la mayoría virtuales- hacia varios frentes. Porque es difícil saber si los manifestantes de estas utopías exprés efectivamente creen en ellas, o esperan secretamente su fracaso, para sostener más bien su superioridad moral frente a una chusma generalizada.

Y el amor hoy, aunque ya no idealiza los cuentos de hadas ni los romances de las estrellas -por que ya el cielo se nos fracturó, y no compartimos los mismos astros- amamos con la furia de las verdades líquidas.

Amamos bajo semblantes más flexibles, con boletas de honorarios y sin contrato. Bajo los colores del arcoíris de las múltiples orientaciones sexuales y prácticas. Podemos volver a intentarlo una y otra vez. Pero así y todo -dispositivos libertarios mediante-, sigue habitando en nosotros el sueño secreto de vivir un Brangelina. No en su versión hollywoodiense, ya harto añeja; pero sí como la pasión que espera la "con-fusión" de los nombres: ser uno con el otro (o con la ideología de turno).

El amor sería siempre ese engaño que, como pacto con el diablo, tiene fecha de caducidad.

La pasión es la más totalitaria de las experiencias, espera plenitud, nunca reflexión. La reflexión da pausa e interroga, la pasión no acepta matices, amo o no amo, me ama o no me ama. De ahí la ansiedad frente a cualquier grieta que abra una duda. La pasión hace surgir cualidades que antes no se tenían, uno se vuelve espléndido sin haberlo sido nunca (Pascal). La pasión tiene razones suficientes para tornarse adictiva, y quien haya padecido por mucho esa locura de la pasión única, sabrá del dolor y fijación que genera la amenaza de la pérdida.

La pasión en una "microverdad" totalitaria, ese fascismo en pareja que, como las verdades morales, contiene la furia hacia lo exógeno. Como la chusma que es el otro a mi ideología, quienes rodean a los apasionados son también ese vulgo que no sabe del amor. Es más, de esos otros se siente decepción: al momento de la pasión, todo otro amor parece una estafa, ni el amor de padre, madre, ex amantes fueron tan verdaderos como el actual.

Pero irreductiblemente viene el bajón, ese momento en que la droga ya no pega y ya no hay más con-fusión con el otro, con la ideología, con la verdad de turno, la pasión se extingue. Brad es Brad, Angelina es Angelina, no hay complementariedad. Momento en que algunos, una vez más decepcionados, arguyen a la estafa. El amor sería siempre ese engaño que, como pacto con el diablo, tiene fecha de caducidad. El sueño de la pasión Brangelina quizá antes se vivía como los meta-relatos: sólo uno en la vida, pero hoy sigue existiendo en formas líquidas. Las pasiones furiosas están a la vuelta de la esquina.

Cuando cede la pasión, a veces pasa otra cosa diferente a sentirse estafado. Aparece otro amor: uno que soporta la reflexión, la pausa, la diferencia, la cohabitación de dos o más nombres sin muros pero sin la confusión delirante del totalitarismo de la verdad.

Este post fue publicado originalmente en www.hoyxhpu.cl.