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Construyendo un gurú

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"Si quieres alejarte de los envidiosos, sal a la calle con la piel cubierta de tu caca", aconseja el escritor, cineasta y psicomago Alejandro Jodorowsky en Twitter. No sé si es más curioso que alguien dé un consejo como este, o bien, que alguien busque orientación con quien sea capaz de elaborar algo así.

Pienso que quizás lo que realmente nos genera curiosidad, y puede terminar siendo atractivo para quienes vivimos en el reino de la duda, es que alguien hable desde la desfachatez de la certeza. Esa es la condición nuclear en la construcción de un gurú.

Si el gurú existe es porque están dadas las condiciones propicias para ello. Hace poco una encuesta reveló que cerca de la mitad de los chilenos cree en la existencia de los espíritus. Y me arriesgaría a decir que son muchos más, no de creyentes en seres que atraviesan las murallas necesariamente, pero sí de creyentes en verdades cerradas y reveladas por otro. Porque la infraestructura humana tiene la virtud de la autoconsciencia, pero ello al mismo tiempo es nuestra condena al desamparo existencial. Porque pensar nos obliga a preguntarnos por nuestro origen y por la muerte.

Ésta última pregunta -sobre la muerte- quizás es la más terrible, por eso organiza muchas de nuestras prácticas culturales: algunos buscan toda la vida una respuesta acerca de su sentido en el mundo ("¡Uno no pudo haber venido a nada!"). A otros les importa menos el sentido que poder controlar la muerte, obsesionándose con las tecnologías de la salud o los seguros de vida. En cualquiera de sus versiones, al cachorro humano le pesa esta falta de fundamento.

La religión ocupó por mucho tiempo este espacio de no saber, intercambiando consuelo por poder. Hoy hay otras religiones envasadas y personales, que se adecuan al gusto del consumidor. Tecnologías de la personalidad -algunos con nombre en inglés como si eso fuera una garantía- que ofrecen "ser más seguro de sí mismo", y así borrar las dudas del alma. Para las señoras más tradicionales el hit sigue siendo alguna bruja que les diga lo que quieren escuchar. Y para los más hispsters, alguna pócima orgánica de dudosa procedencia pero que que promete alguna conexión especial sólo para gente especial como ellos.

Obsesionarnos con el control de nuestras dudas es el manjar del que se alimenta el gurú y otros productos de felicidad de venta envasada.

Es cierto que algunas de estas vías han alcanzado mayor reputación que otras, cruzadas por el clasismo y la vanguardia: lo popular y viejo, siempre es peor visto que alguna nueva tendencia llevada por los famosos. Muchos se rieron del éxito que en las clases populares tuvo la llamada pulsera de los 11 poderes (¿eran 11?) promocionada por un locutor radial; pero nadie lo hace con las madres de clase media que le ponen a sus niños esos collares de ámbar -y que le hicieron el negocio de la vida a quien los comercializó- esos que prometen tener propiedades antiinflamatorias que, aunque fuera cierto, ¿por qué sería necesario andar con un antiiflamatorio colgando? No sé... quizás es importante tener hijos poco inflamados hoy. Yo sigo pensando que es más importante tratar de criar hijos buenas personas. Digo, porque si lo cierto es que no sabemos de dónde venimos ni de la muerte, quizás valga la pena tratar de llevar una vida amable junto a los otros mientras pasamos por este mundo.

Pero la tentación del populismo del gurú, así como en la política, es crear héroes iluminados para seguir, antes que reforzar nuestras instituciones y vínculos para vivir mejor.

Obsesionarnos con el control de nuestras dudas es el manjar del que se alimenta el gurú y otros productos de felicidad de venta envasada. Olvidamos que de la duda nacen las mejores conversaciones.

La búsqueda de la verdad a través del gurú u otras revelaciones, suele tener como fin inflar nuestra vanidad más que reconocer aquellas pasiones que nos aquejan: la envidia, los celos, las odiosidades. Verdades con "olor a caca" a secas, no aquella pasada por el cedazo mágico del gurú.