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"Hazme el favor" y otros disimulos del amor

24/04/2017 17:57 CEST | Actualizado 26/04/2017 12:59 CEST
Getty Images/iStockphoto

El amor es pillo. Tiene que serlo, porque debe resolver un aprieto que le es esencial, y es que no tiene medida ni forma. No hay acto o palabra-garantía de que estamos dando o recibiendo el amor esperado. El amor está más allá de cualquier regalo – el objeto suele dejarnos con cierta desazón– y más bien lo buscamos en cuestiones subjetivas como las intenciones de quien regala: cuánto tiempo gastó, cuánto pensó en nosotros, ¿nos conoce realmente? Básicamente, el amor es una prueba.

De estas pruebas sabemos bastante en el amor romántico, pero Eros tiene sus movidas y se infiltra en cuestiones que parecen del todo ajenas a las del corazón para realizarse, provocando más de un lío.

Los favores. Hay quienes nunca piden favores para evitar que se los pidan de vuelta. Algunos pasan por eficientes y proactivos, pero a veces, más que cualidades, éstas son parte de una ecuación: mejor partirse el lomo voluntariamente antes que quedar con deuda en el libro de justicia de los favores. Quizás porque intuyen que un favor supera el acto que es solicitado, siempre un cuarto de libra de la propia carne está implicado en el asunto. Porque a diferencia de una transacción, el favor supone dar algo y cerrar ahí, no colmar ese dar en un recibir. Algo de dolor e incomodidad es la naturaleza del favor, porque éste empuja a salir de uno mismo para dar lo que cuesta, lo que no sobra. Por cierto, esa es la fórmula del amor: dar lo que no se tiene.

Por eso, no es lo mismo hacer un favor con cara de culo, o pagarle a un tercero para que ayude en lo solicitado. El favor implica poner cuerpo. Quizás por lo mismo cuesta tanto decir que no a un favor, porque es signo de desamor. Y por lo mismo también, hacer favores es lindo, porque de algún modo nos liga, genera complicidad.

Si hablamos de pruebas de amor disimuladas, una bastante canalla es el secreto. Pedir guardar un secreto es una prueba mal intencionada, pues ni quien lo cuenta pudo lograr callar. El secreto, a quien se le encomienda guardarlo, se le puede volver de una densidad rara, incómoda, por lo mismo tan difícil de guardar. Porque antes que la importancia del silencio respecto de un mensaje, el secreto es incomodar: tengo algo mío que yo no puedo retener, hazle un lugar en ti. Guardar un secreto también es dar cuerpo, como signo de la prueba de amor: ¿cuán incómodo puedes estar por mí? Gracias.

Y quizás la más ruin de estas pruebas: la fórmula recuérdame, porfa... Tal solicitud deposita el nerviosismo en quien entonces debe recordar algo, algo que en rigor le toca hacer al otro. Pues este último se encargará de ejecutar llegado el momento, pero quien debe incomodarse será el encargado de acordarse. Como el responsable de despertar a quien afirma quedarse dormido a pesar de las alarmas. ¿Quién tiene más posibilidades de dormir tranquilo? Claramente, no el sujeto-despertador, porque pierde una parte de su ser durmiente en la vigilia tensa de que no se le pase la hora. Pero sin duda es un gesto de amor, lo es: dar lo que no se tiene, lo que incomoda, lo que saca del uno mismo.

Este enlace fue publicado originalmente en el blog del autor