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La tiranía de la autoayuda

15/02/2017 07:20 CET | Actualizado 15/02/2017 12:21 CET

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Foto: Getty Images.

Algo bastante irritante -para la paciencia y el bolsillo- de ir al médico estos días, es la pasión por los exámenes. Casi cualquier malestar - incluso los comunes y corrientes - parece meritorio de seguir un protocolo de evaluaciones abrumador. ¿Intereses económicos del mercado de la salud o simplemente cobardía profesional para hacer un diagnóstico? Quizás ambas. Porque lo cierto, es que se trata del espíritu de los tiempos, cada vez una mayor cantidad de prácticas se ven acorraladas por el nuevo mecanismo de control humano: la técnica del vivir.

El poder hasta hace algunas décadas se sostenía en la figura de autoridad, tal lugar insoportable, hoy es criticado. Pero lejos de quedar vacío como algunos suponen, se va llenando con un tipo de poder acéfalo y disimulado. Me refiero a aquel que está hecho de las regulaciones acerca de cómo vivir. Que tal como la ideología política que encarna el mal en algún grupo subversivo para controlar a través del miedo, este nuevo control ubica el mal en el terrorismo interno: la enfermedad, el fracaso, la depresión, el equívoco como padre, como amante, como trabajador.

De lo que se trata es de aplacar los riesgos de existir, no sólo de morir, lo cual sería bastante razonable, sino que disminuir los riesgos de vivir. Me refiero a los riesgos que implica tomar decisiones: aquel acto que no tiene garantía alguna. Porque, aunque nos partamos la cabeza buscando la decisión correcta, no podremos dar con esa respuesta sino hasta una vez hecha la deliberación. Sólo en el momento posterior al acto, podemos dar cuenta de cómo nos sentimos, si el costo que ello implicó nos parece que valió o no la pena. En ese sentido nunca existe "la decisión correcta", sino que sólo las decisiones como apuestas posibles.

Hemos perdido la confianza en autorizarnos a nosotros mismos a tomar los caminos que nuestros deseos y experiencias nos digan.

De lo que no nos hemos dado cuenta del todo, es que, así como le hemos quitado poder a la autoridad, hemos perdido progresivamente también la nuestra. Hemos perdido la confianza en autorizarnos a nosotros mismos a tomar los caminos que nuestros deseos y experiencias nos digan. No sin miedo, ni ambivalencias, claro, ya que la vida no es sin ellas.

Ese lugar vital es el que hemos ido cediendo al poder de las regulaciones, protocolos como una nueva burocracia infernal, ya no con el gris de oficina pública, sino que con los colores del wellness: esa respuesta del mercado (siempre tan atento a cooptar nuestras nuevos caprichos y cobardías) para administrar nuestros cuerpos evitando los riesgos de la vida y sus circunstancias.

La autoayuda es quizás su brazo armado, ¡cómo comer, cómo follar, cómo amar, cómo ser amado, cómo criar, cómo ser feliz! Son cuestiones que hoy prometen un algoritmo a prueba de fallas. Sin embargo, parafraseando a John Lennon, la vida es eso que ocurre mientras estamos haciendo otros planes. Por fortuna, hay algo que no puede capturarse en ningún manual, radiografía, ni técnica con nombre en inglés: el deseo humano, aquel que nos empuja a querer vivir, a ir más allá de nuestros refugios. Y para que acontezca el deseo debemos estar disponibles a encontrarnos con la dimensión de la falta. Es decir, con el conflicto, la duda, el riesgo al equívoco. Todo aquello es motor de vida.

Pero hoy leemos los conflictos del deseo como un déficit a resolver. Leí de la escritora chilena Lina Meruane, que estamos llenos de libros sobre cómo ser madres y por el contrario, encontramos bastante menos literatura sobre personajes de mujeres madres. Fórmula que quizás se replica en diversas dimensiones de la vida: ahí donde existen experiencias llenas de tensiones, matices y espesor; el nuevo control sobre la vida las convierte en el infierno de la gestión de unos cuerpos y unas mentes demasiado planas.

Este artículo se publicó originalmente en www.hoyxhoy.cl