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Moral 'millennial' (o el dogmatismo de las almas bellas)

11/12/2015 07:00 CET | Actualizado 10/12/2016 11:12 CET

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Imagen: ISTOCK

No sé si será porque estoy bordeando los cuarenta años, que de pronto me comenzaron a interesar esas nomenclaturas generacionales; de seguro siempre estuvieron ahí, pero mi percepción selectiva ahora las enfoca. Me dicen -los artículos especializados en estas sociologías apresuradas- que la generación de mis padres se llama baby boomers, y son los responsables de los actuales cataclismos ecológicos y financieros. La de mis contemporáneos se llama Generación X, y parece que se nos acusa de haber abandonado demasiado pronto nuestra rebeldía y ser unos continuistas del saqueo al planeta; después de botar el Muro de Berlín nos fuimos al McDonald's y a bailar a las fiestas electrónicas. Sería en el ocaso del siglo XX que nace una nueva especie de seres humanos y se la bautiza como millennials: sujetos no solo de mentes 2.0, sino que de espíritus higiénicos.

Lo cierto es que todas las generaciones emergentes incomodan a sus antecesoras, y son acusadas de desestabilizar el mundo: de libertinaje, de inmoralidad, de vehemencia. No hay nada nuevo bajo el sol en ello: "Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad" (Sócrates). "No respetan a sus mayores, desobedecen a sus padres, ignoran las leyes. Hacen disturbios en las calles inflamadas con pensamientos salvajes" (Platón). ¿Les suena conocido?

Algunos dicen que el escozor particular que provoca esta generación del Milenio es que tomaron poder muy rápido y le robaron el protagonismo prometido a mi generación. Cada generación tiene su momento de rebeldía, porque cree en la autoridad y lucha contra ella hasta tomarse la hegemonía. Pues parece que esta camada no cree en la autoridad, y por eso tampoco se rebela, sino que simplemente asume que tiene derechos y se toma el poder. Por eso son capaces de comunicarse directamente con el gerente general en sus trabajos, a través de un whatsapp; cuestión que nosotros acusamos de falta de tino, pero que en rigor envidiamos de los hijos de la horizontalidad. Rabia y envidia son sentimientos que fácilmente nos despierta su desfachatez.

Pero creo que hay un factor más que nos inquieta, su moral. Nosotros debimos recorrer un camino y alterar nuestras conciencias para dejar de usar ciertos descalificativos vejatorios, o simplemente dejar de botar la basura al suelo. Cosas que no venían con nosotros. Por ende, construimos una capa nueva, más evolucionada, sobre nuestro registro humano egoísta y poco empático. Tenemos un revés, que podemos vivir con contradicciones, culpa o con el alivio del convicto rehabilitado que ve la luz. ¿Qué nos pasa entonces cuando aparece una generación que nos reprocha lo que fuimos, desde la altura moral de quien tiene mejores estándares en su ADN?

Son inclusivos, defensores de las grandes y pequeñas causas, nos suben el estándar, hasta quizás donde nos parece excesivo o demasiado forzoso. Por ejemplo, el deseo de instalar ese lenguaje lleno de arrobas y equis para no discriminar por género. Que nos provoquen envidia y agote, entonces, es comprensible. Lo difícil de explicar es la incomodidad que esta moral puede generar, porque se supone que también nosotros buscamos un mundo mejor y coincidimos con sus causas. Quizás el malestar sea que no se puede pelear con las "almas bellas" (Hegel): esa encarnación de la moralidad no como una imposición represiva, sino como manifestación de un corazón puro. ¿Cómo se discute con una moral sin fractura?

Como dice un amigo, si uno no reconoce al facha que habita en uno, para desmantelarlo reflexivamente, difícil es que los discursos sociales se encarnen en prácticas realmente amables.

Por lo mismo, esa moral pura, aparentemente espontánea, no está libre de su propia contradicción: convertirse en dogma. El filósofo Zizek da una clave respecto de esta sensibilidad contemporánea en lo que llama la paradoja de lo políticamente correcto. Pone el ejemplo de unos "nativos americanos" que confesaron odiar ser nombrados de ese modo: preferían ser llamados indios. Como si la nominación políticamente correcta operara como un eufemismo de lo rechazado, un exceso de respeto que los ubica sin quererlo en un lugar inferior. Zizek remarca que a la ética new age le fascina imaginar a los pueblos originarios como seres puros sin alienación, buenos por defecto, conectados con la tierra, sobrehumanos, quitándoles el derecho a ser malos. Solo el hombre blanco tiene derecho a la maldad, o más allá, a la ambigüedad y contradicción. Cuestión que ocurre en la defensa de diversas causas, donde al sujeto vulnerable se le censuran los relieves humanos, sea infantilizándolo, asexuándolo o higienizando su subjetividad.

Esa discriminación cortés -e inconsciente- no deja espacio para la discusión. Cualquiera que apele a los matices, a la ambivalencia humana, es satanizado; generalmente, hoy bajo la etiqueta de "facha" o fascista. Dejando una serie de reflexiones en el terreno de lo impronunciable y en lo opaco del pensamiento, incluso en el espacio académico. Quizás la literatura sea hoy el único lugar de resistencia en que puede aparecer aquello rechazado en la moral.

Si bien creo que hoy vivimos un mundo mejor que aquel en el cual nací, la nueva censura moral 2.0 amenaza con empujarnos -aunque a prácticas más inclusivas- a subjetividades monocordes y temerosas de la libertad de pensar.

Como dice un amigo, si uno no reconoce al facha que habita en uno, para desmantelarlo reflexivamente, difícil es que los discursos sociales se encarnen en prácticas realmente amables.

Este artículo fue publicado originalmente en The Clinic