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Yo, la malfollada

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Foto: ISTOCK

No pocas veces se denosta a una mujer con el argumento de la falta de pene. Si eres poco agraciada, si estás deprimida o enojada, si alguna práctica te parece sexista, si andas de ánimo calienta-braguetas pero no te quieres bajar las bragas, si tienes el rímel corrido.... Básicamente, cuando no estás en posición de tetona sonriente, cuando te pones aburrida, quedas interdicta bajo la imputación de una supuesta falta o envidia de la tripa masculina.

Todo indica que la teoría freudiana -el polémico penisneid- opera con fuerza en nuestras cabezas.

De tanto escuchar esta acusación -"malfollada, te falta verga"-, pensé que tenía que, por lo menos, hacer el ejercicio intelectual de preguntarme si efectivamente cada tanto la verga me llama a gritos. Si lo pienso en clave biológica, no lo puedo tomar en serio: no es cierto que necesitemos tener sexo con desesperación, como hoy la publicidad y las farmacéuticas quieren convencernos; y por cierto, tampoco dependemos de un macho para ello. Segundo, si esa falta apunta a la envidia de pene, tampoco es cierto que la mayoría de las mujeres quiera tener uno. De hecho, existen más casos de feminización quirúrgica que viceversa. Sin embargo, al tomar esta imputación como metáfora, va tomando sentido y se revela la neurosis del falocentrismo en su esplendor.

Me refiero a la supremacía fálica en la cultura; en nuestros discursos, incluso en los más progresistas; en nuestras prácticas, incluso en la más pedestres. La falta de pene sería un insulto tanto para mujeres como para hombres: a estos últimos nunca se les acusa de falta de vagina, mas sí de poco hombres. Desde niños nos enseñan que lo deseable queda del lado de la norma masculina: lo erecto, lo potente, lo grande, lo fuerte. Deseo que viene siempre en su envoltorio ideológico y que nos señala eso que debiésemos envidiar.

¿Es posible ir más allá de la envidia? ¿Que no importe el tamaño como medida del mundo? Pues sí. Y es justamente lo femenino como lógica lo que se ríe de estas categorías.

Tanto hombres como mujeres quedamos atrapados en las metáforas de lo más y lo menos, de lo superior e inferior. O en algunos padecimientos comunes a partir de esta tensión: el que tiene complejo de pene pequeño mental y está obsesionado con siempre tener más; o el que no sabe qué hacer cuando sí tiene y se las arregla para perder y fracasar justo en la meta, como la estrella de rock o de fútbol que no sabe qué hacer cuando está en la cima y se desploma; o el caso típico del hombre que confunde lo fálico -el símbolo de lo siempre potente- con su pene de más carne que hueso, que no puede estar a la altura de su ideal, y por lo tanto desfallece en el peor momento -me refiero a ese pene mal llevado que responde de manera caprichosa-; o aquél que se inhibe con aquellos que inviste como seres que son o tienen más que él, trabándosele la lengua cuando tiene que enfrentar a ese jefe o a ese amado idealizado; o el que se avergüenza cuando se siente menos y prefiere perder por incomparecencia; o ese que supone que siempre le falta más para empezar a vivir (siempre recuerdo a Lucho Jara, un presentador de televisión chileno que, ya en su cuarta década, rechazó presentar el festival más importante del país por "no sentirse preparado", tomando su lugar un desfachatado veinteañero -la verdad es que el millennial parece carecer de esta neurosis en particular, tan típica de la genración X-. Y bueno, una de las caras más atroces de la perplejidad fálica es la idealización que algunos hacen del psicópata de secta. Todos estos malestares están relacionados con las dicotomías del más y el menos.

¿Es posible ir más allá de la envidia? ¿Que no importe el tamaño como medida del mundo? Pues sí. Y es justamente lo femenino como lógica -no como anatomía- lo que se ríe de estas categorías. Desde Eva en adelante, es la insolencia de lo femenino la que pone en tensión al orden hegemónico. Freud decía, no en vano, que la primera segregación de la historia es la de la mujer, ya que amenaza lo establecido por el orden del patriarcado. No confía en los totalitarismos de "las buenas razones", no se inferioriza, ya que no idealiza lo que parece grande. Mientras que lo masculino -hombres o mujeres- defiende lo heroico: los goleadores, los campeones, los músculos, las tetas grandes, las cosas demasiado en serio ¡uf!..., todo aquello que a lo femenino le causa un poco de risa.

Quizás como la escena de Imagine en la que un vagabundo se cuela en la casa de Lennon y le confiesa que su música ha sido su filosofía de vida, ante lo que el cantante le responde: "Son sólo letras, es mi vida, no la tuya, no te lo tomes al pie de la letra". Supongo que cuando, por el contrario, nos tomamos los asuntos al pie de la letra, es fácil tropezarse, elevarse con las manías de ego, o revolcarse como rata envenenada de envidia ante el que parece más fálico.

El falo -la idea de lo eternamente potente- siempre falta, y quizás es justo que nos acusen de malfolladas (en mi país de "falta de pico") o de pene chico cuando vivimos bajo el imperio de la causa fálica, obsesionados con el más y el menos: ser más seguros, tener más autoestima, más energía, más erección. Causas que garantizan la envidia.

Se puede decir que la envidia es siempre masculina. Aunque provenga de un hombre o de una mujer, siempre se trata del problema de la falta de algo que parece ideal para el patriarcado. Lo femenino como lógica puede permitirse superar este resentimiento, siempre y cuando no se obligue a buscar los emblemas épicos, algún bastión del cual vanagloriarse. No hay lógica más subversiva que lo femenino, porque empuja a la invención de lo aún no dicho. Como dice la niña Zazie en la novela de Queneau: "Napoléon, Mon Cul!"

Este post fue publicado originalmente en The Clinic