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Con la que está cayendo

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Déjenme presentarles a uno de los mayores filántropos de España: Diego Hidalgo. Seguro que nunca han oído hablar de él. Bueno, tal vez sí aquellos que se mueven en el pequeño mundo de las relaciones internacionales en este país, pues es el fundador y el impulsor de un nutrido grupo de organizaciones que, de un modo u otro, se dedican a promover cuestiones como la democracia, el desarrollo, la paz, el diálogo exterior o la acción humanitaria: entre otras, FRIDE, el Club de Madrid, el Centro Internacional de Toledo para la Paz, DARA, el European Council on Foreign Relations, la Fundación Educación para el Empleo o la propia revista que yo dirijo, antes Foreign Policy en español, ahora esglobal. Otro día me centraré en ellas, pero hoy de quien quiero hablar es de él.

Diego encarna la figura del filántropo por antonomasia. Cuando con poco más de 30 años se encontró con una inesperada y sustanciosa herencia, decidió dejar su prometedora carrera en el Banco Mundial para tratar de contribuir a mejorar, de abajo a arriba, la situación de algunos países africanos. En el Banco había llegado a ser director de división del África subsahariana, lo que le puso en contacto con la pobreza y la dura realidad del continente. Así que fundó FRIDA, su primera obra filantrópica, pionera de lo que hoy se conoce como comercio justo: productores locales se encargaban de fabricar artesanía de gran calidad que luego se vendía en tiendas de París, Londres, Toronto o Madrid.

Pese a vivir a saltos entre tres continentes, Estados Unidos, Europa y África, nunca perdió de vista la evolución de los acontecimientos en España. Por eso, cuando tuvo la oportunidad de participar en la creación de lo que luego sería uno de los pilares de la nueva democracia, el diario El País, no lo dudó, y se convirtió en uno de sus principales accionistas después de la familia Polanco. Diego suele contar que, como antiguo alumno, él es una vergüenza para la Harvard Business School, pues siempre que ha intentado ganar dinero, lo ha perdido, pero, por el contrario, cuando ha invertido con fines altruistas, ha salido ganando. En este caso, una aventura editorial incierta se convirtió en un gran negocio, y cuando PRISA salió a bolsa en el año 2000, Diego Hidalgo se volvió a encontrar con una suma inesperada de dinero.

Entonces decidió actuar de arriba abajo, fundó FRIDE (Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior) y organizó una gran conferencia sobre transiciones y consolidación democráticas a la que asistieron un buen número de mandatarios internacionales. Desde ese momento, una buena parte de sus fundaciones se ha movido en el terreno de las ideas y la política internacional desde aspectos muy diferentes.

Pero no solo eso. También es el "padre" de la Fundación Maimona, un fantástico centro de innovación para el desarrollo local, en Los Santos de Maimona, una pequeña localidad cerca de Zafra (Badajoz). Y ha facilitado el acceso a una educación abierta y global a decenas de jóvenes gracias a su colaboración activa con la Fundación Colegios del Mundo Unido; y tantas otras cosas. En un reciente libro publicado sobre su actividad con motivo de su 70 cumpleaños, Diego Hidalgo. La mirada de un filántropo, entre las páginas más impresionantes se encuentra la relación que aparece al final con el listado de las organizaciones que o ha creado o apoya.

Toda su tarea se ha centrado en impulsar y reforzar eso que se llama la sociedad civil -término en sí mismo redundante-, un concepto que se reclama hoy con insistencia ante la incapacidad, no sabemos si temporal o permanente, de las instituciones para sacarnos del atolladero. El padre de Diego, que fue ministro durante la República y que estuvo perseguido durante la guerra por los dos bandos, hizo prometer a su hijo que nunca se metería en política, promesa que ha mantenido a lo largo de su vida. Un visionario.

Sorprende, en un país en el que nos suele gustar aparentar, oír hablar a Diego con toda naturalidad y sin un atisbo de pretensión de su relación y amistad con personajes como Jorge Luis Borges, Bill Clinton, Mikail Gorbachev, Kofi Annan o el Rey Don Juan Carlos; la misma naturalidad con la que cuenta, con sincera admiración, su último encuentro con un joven talento totalmente anónimo.

Hace unos días se organizó un debate en la Fundación Mapfre para hablar de qué significa ser filántropo en España y discutir sobre el presente y el futuro de la filantropía. Además de Diego Hidalgo, participaron María Zapata, directora de Ashoka -la mayor red global de emprendedores sociales innovadores; su fundador, Bill Drayton obtuvo recientemente el Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación- y Catalina Parra, cofundadora de Philanthropic Intelligence, una consultora cuyo objetivo es asesorar y guiar a todos los que quieran introducirse en esta actividad; como moderador, Juan Luis Cano, de Gomaespuma, periodista, escritor y filántropo él mismo. Pero en realidad no hubo debate y la sesión se convirtió en un homenaje a la figura de Diego Hidalgo.

Ante todo, se puso de relieve la necesidad de modelos como él, en estos tiempos de falta de referencias claras. Si todavía no le conocían es porque él nunca ha querido "salir en la foto"; siempre ha preferido que sean otros los que se cuelguen las medallas. Sin embargo, con la que está cayendo es fundamental saber que existen personas dispuestas a dar lo que tienen -dinero, tiempo, talento- para tratar de mejorar su entorno, sea el que sea. Ahora que sus fuentes de riqueza se han agotado, Diego no renuncia a seguir pensando y buscando vías para solucionar los problemas. ¡Ojalá cunda el ejemplo!