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Dime qué lees (II)

10/01/2015 10:01 CET | Actualizado 11/03/2015 10:12 CET
PEXELS

Comencé 2014 haciendo un repaso de los libros que había leído a lo largo de los doce meses anteriores y me gustó la experiencia, así que he decidido repetir.

Empecé el año con los Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. Recordaba estos días pasados, cuando la actualidad nos ha vuelto a trasladar de lleno a las calles de La Habana y a la impresionante belleza de su decadencia, su inconfundible y a veces incomprensible acento cubano, la sensualidad de su lenguaje y de sus paisajes habaneros, tanto los urbanos como los humanos. Y recordaba también un reportaje que escribí hace tiempo que era una suerte de visita a la capital caribeña guiada por el homenaje particular de Alejo Carpentier en El amor a la ciudad.

En estos círculos en que se mueven nuestras vidas, hace un año estaba también inmersa en conocer al griego Petros Márkaris y a su comisario Kostas Jaritos, que tanto le había gustado a Juan Luis. Curiosamente, Pan, educación y libertad, uno de los títulos suyos que leí, recrea un relato de futuro-ficción con una Grecia desolada y depauperada que acaba de salir del euro y de volver al dracma -y que arrastra a España e Italia en su camino-... Tal como han evolucionado los acontecimientos y con los interrogantes que se ciernen hoy sobre el país, confiemos en que la premonición de Márkaris no pase de un mero ejercicio literario.

Del sol caribeño y mediterráneo pasé después a las gélidas llanuras siberianas de La estepa infinita, un delicioso relato que me recomendó Fernando con las impresiones de una niña judía polaca de familia adinerada que es deportada junto con sus padres y abuela por los soviéticos.

2014 fue también el año del descubrimiento de Vila-Matas, que varios, pero sobre todo Olga, se habían empeñado en que tenía que conocer. Mi iniciación vilamatiana ha ido de la mano de Bartleby y compañía y de Dietario voluble, pero pienso seguir insistiendo. Es cierto, me ha fascinado su universo particular, sus historias y su estilo. Un estilo que he creído ver luego en otros, como Sergi Pàmies, si bien este último no ha llegado a cautivarme.

Sería tal vez porque leí uno tras otro, sería porque ambos hablaban de libros, y de autores, y de cierto misticismo en torno a las palabras pero El último lector, de Ricardo Piglia, me trasladó a un mundo paralelo al de Vila-Matas. Fue Emilio, quien lo cita a menudo con esa riqueza plástica del español escrito por argentinos, el que me movió a querer sumergirme en Piglia, y Plata quemada figura en la lista de pendientes para el año que está comenzando. Y hablando de la magia de las palabras, tocó releer Cien años de soledad, claro. Fue un placer charlar con Gerald Martin, biógrafo de García Márquez, y oírle contar algunas suculentas anécdotas a los pocos días de la muerte del escritor.

Olga también me incitó a leer a Bohumil Hrabal, uno de los novelistas checos más originales del siglo XX. Hace tiempo había leído y visto la película Yo serví al rey de Inglaterra, pero ahora le tocó el turno a Una soledad demasiado ruidosa, con su claustrofóbico ambiente cargado de libros, cerveza y moscas.

Pero posiblemente la novela que más me ha impresionado ha sido En la orilla, de Rafael Chirbes; abrumadora su descripción de la podredumbre moral que invadió España en los últimos años. Asfixiante en su extensión. Un efecto similar al ensayo Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina, pero en literario. Comentando sobre este último con Berta, me decía cuánto le había recordado a Galdós y sus Tormentas del 48. Da la casualidad de que Chirbes se ha referido en varias ocasiones al escritor canario y a esta serie de los Episodios Nacionales, la que narra el reinado de Isabel II, como inspiradores de su obra. Ha dado también la casualidad de que en mi recorrido periódico por los Episodios galdosianos le haya tocado en los últimos meses a esta serie, de modo que he paseado casi simultáneamente por la degeneración española de la mitad del siglo XIX y por la de la primera década del XXI. ¿Nada cambia? Pese a todo, quiero seguir pensando que alguien, incluso muchos, se salvaron, antes y ahora, de la degradación absoluta del dinero fácil y la ética perdida.

En cuanto a la no ficción, disfruté con Los árabes de las marismas, que generosamente me regaló Ignacio. Su autor, Wilfred Thesiger, fue uno de esos británicos que encarnó a la perfección el espíritu del imperio: hijo de diplomático, nacido en África, dedicó buena parte de su vida a tratar de conocer otras tierras y otras gentes, entre ellas los indómitos habitantes de las marismas iraquíes, con quienes convivió durante meses en la década de los 50. Años más tarde, otro diplomático-escritor, esta vez escocés, Rory Stewart, narró su propia experiencia en la zona durante la ocupación internacional de Iraq, en The Prince of the Marshes.

Siguiendo con los Imperios, también me resultó interesante el libro de Julio Crespo MacLennan de ese nombre: un repaso histórico, geográfico, político y cultural, que busca ofrecer el contexto del papel de Europa, y de sus grandes potencias, a través de la Historia, y de reivindicar el lugar de la Unión Europa en la construcción del futuro.

He terminado el año con un ensayo, El fin de la clase media, de Esteban Hernández. Una explicación muy oportuna, en la que más allá de las cifras económicas, la sociología, pero también la cultura y la música ayudan a tratar de entender qué nos está pasando en esta época de cambio permanente en la sociedad occidental, que ve cómo los principios sobre los que se asentaba la existencia ya no son válidos, pero que se encuentra carente de recursos para reinventarse.

En mi mesilla está ahora Las cuatro torres, de Leandro Pérez: el Real Madrid, protagonista de una novela negra. Y tengo pendientes, entre muchos otros, Limónov, de Emmanuel Carrère, que me recomendó Mª Teresa, y La guerra perdida, de Jordi Soler, sobre el exilio español en México, y el Danubio, de Claudio Magris... en fin, ¡tanto por leer!

Les deseo un 2015 razonablemente bueno; eso sí, lleno de lecturas.