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¡Sorprexit!

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Foto: EFE

Esto es un sinvivir. Desde que el pasado jueves de madrugada se acabó de abrir la caja de Pandora del Brexit se han desatado los truenos de un sinfín de consecuencias, algunas previstas, la gran mayoría no.

La primera fue, de hecho, el propio resultado; la última -en el momento de escribir esta entrada- la renuncia de Boris Johnson a pelear por la sucesión del partido conservador.

Pese a la tozudez de las encuestas -no así las de las famosas casas de apuestas- y los sondeos, los eurófilos nos aferramos hasta el último minuto a la esperanza de que la sensatez terminaría imponiéndose. Pero no fue así. Una sombra de terror a lo desconocido, una nostalgia anticipada por el fin de una época, un soberano enfado contra los que irresponsablemente habían llevado a los suyos, y a los otros, a esta situación, se extendió sobre muchos de nosotros.

Para mí, la sorpresa continuó apenas dos días más tarde, durante la celebración del Consejo Anual del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR). La cita no podía ser más oportuna ni el lugar más simbólico: el Palacio de la Paz de La Haya, sede de la Corte Internacional de Justicia.

Abrumada aún por la inevitabilidad del Brexit, me encontré con un grupo de reputadísimos expertos y políticos que entonaban el "sí, pero...". Figuras como Timothy Garton Ash (Oxford), Gideon Rachman (Financial Times), Mark Leonard (ECFR), George Soros o Douglas Alexander (ex ministro laborista), entre otros, esgrimían un discurso diferente del que nos había invadido durante el fin de semana. Para empezar, reclamaban que la urgencia rápidamente apuntada por los líderes comunitarios fuera sustituida por la calma; calma, sobre todo, a la hora de valorar las consecuencias, de interpretar los deseos del electorado británico, de replantearse una relación entre Londres y Bruselas más estrecha y más compleja que la que indicaba el "todos y todo fuera". Es más, al tiempo que se celebraba uno de los debates, moderado por Rachman, se publicaba una columna de este en el Financial Times en el que afirmaba que, en su opinión, el Reino Unido no saldría de la UE, pese al resultado del referéndum.

La incertidumbre es el mayor aliado de la inacción, pero la UE no puede permitirse permanecer atascada de nuevo hasta que los partidos políticos británicos pongan su casa en orden.

También apelaban, como era de esperar en ese foro, a la solidez del proyecto europeo, válido y necesario por encima del desafío británico. De hecho, allí mismo se elaboró y envió una declaración al Consejo Europeo que se reunía también esos días en Bruselas: una llamada a la unidad como principal fortaleza europea, a buscar una alianza eficaz con el Reino Unido en cuanto a política exterior y de seguridad y a alinear dicha política exterior con los deseos y necesidades de los ciudadanos.

Más paradójico me pareció que desde ese mismo momento se hablara de "los 27". Sin haberse iniciado el proceso real de desconexión, el lenguaje ya lo había asimilado.

Pero la mayor sorpresa general provocada por el Brexit ha sido la revolución que ha encendido en la política británica: desde la dimisión anunciada de David Cameron, hasta la renuncia de Boris Johnson -este drama se había planteado como la lucha personal entre los dos rivales conservadores por el poder del partido-, pasando por la descomposición del laborismo en torno a su líder. Junto a ello, el clamor lanzado por parte del electorado pro-Leave, al sentirse engañado por las mentiras/medias verdades vertidas durante la campaña. Y sorpresa, como observadora exterior, de la sorpresa que ha generado todo esto. ¿De verdad alguien pensaba que un resultado a favor de romper la relación con la UE no iba a tener consecuencias políticas internas? ¿De verdad los votantes no cuestionaron lo que realmente había detrás de "recuperar el control", de volver a ser "independientes", o de la invasión de los bárbaros inmigrantes? ¿Desidia, ignorancia, ingenuidad? En cualquier caso, preocupante, tratándose una de las democracias más antiguas y consolidadas del mundo.

Igual que sumamente preocupante es el aumento del número de episodios xenófobos en el Reino Unido desde el triunfo de los brexiters, una tendencia que ya venía escalándose en los últimos meses.

Nadie es capaz de anticipar con certeza las reacciones humanas y políticas y muchas de estas consecuencias podían ser previsibles, aunque no quisiéramos verlas. Lo que no ha dejado de sorprenderme en todo este proceso, durante la campaña, y mucho antes, es que ninguno de los dos bandos tuviera realmente un plan para el día después. Sospecho que si hubiera ganado el "quedarse", todo habría continuado más o menos como hasta entonces. Un suspiro de alivio se habría extendido por el continente y Cameron podría haberse dedicado entonces a gobernar. Pero ante la flagrante eventualidad de que ganara el "irse", no había un orden del día; unos pasos claros que tomar ni unos plazos que respetar. De ahí el caos actual.

La incertidumbre es el mayor aliado de la inacción, pero la UE no puede permitirse permanecer atascada de nuevo hasta que los partidos políticos británicos pongan su casa en orden. Las necesidades son muchas y la tendencia a la parálisis grande, con la perspectiva además de las elecciones en Alemania y Francia en 2017. Así que aunque el proceso de salida del Reino Unido debe hacerse y pensarse con calma, también debe llevarse a cabo sin pausa, fijando al menos lo antes posible una serie de pasos y sus correspondientes tiempos. Mientras eso esté pendiente, será difícil poder avanzar en nada más.