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La censura del sollozo: catarsis de una periodista tras el terremoto de Ecuador

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Mi bebé dio unos pasitos veloces y cortos hacia su papá, lo tomó del pantalón y lo llevó hacia la puerta de calle. Aproveché el desapego para buscar un pañal limpio en el nivel superior de nuestra casa en Quito, estiré la mano pero no lo alcancé, perdí el equilibrio y volví a intentarlo sin éxito. Recordé los mareos del embarazo, sonreí y grité: "Temblor".

Era la noche del 16 de abril de 2016, cuando los ecuatorianos atravesábamos la mayor tragedia en décadas.

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La red telefónica se congestionó y no pudimos comunicarnos con la familia. El primer mensaje lo recibimos desde Buenos Aires. Era nuestra jefa preguntando si estábamos bien, y pidiendo que empezáramos la cobertura. Trabajamos tan pronto que la tierra dejó de temblar.

Mi esposo escogió una carretera larga, indirecta, la única abierta que lo condujo hacia el epicentro. Fue el primer videógrafo de la prensa extranjera en llegar. Durante gran parte del trayecto, no supimos nada de él. Cuando vi su video en la web, respiré profundamente y supe que estaba bien y que las réplicas no habían obstaculizado su camino.

Entonces empecé a recibir y procesar las noticias de televisión que él me enviaba por internet. Yo soy su productora y debía hacerlo con velocidad y precisión.

Veía en mi pantalla de computador las pequeñas manos inertes que se escapaban y colgaban de entre las mantas de bebé. Bultitos chicos cargados por rescatistas veloces, deshidratados, serenos pero afligidos.

Vi el parto de un hombre adulto que bajaba de cabeza por una vagina gigante que los bomberos abrieron en el techo de un edificio parcialmente desplomado. Ellos lo recibían y él, cubierto de polvo blancuzco y sudor, volvió a nacer.

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¿Cuántas lágrimas derramé mientras veía a mis compatriotas renacer o morir? Ninguna. Como ninguna he derramado cuando escucho las historias más macabras, indignantes o dolorosas de boca de quienes las vivieron. No es común ver un periodista llorando en vivo por televisión.

Pero las lágrimas están dentro, y tarde o temprano se desbordan y nos ahogan.

Más de 650 perdieron la vida, 113 sobrevivientes rescatados, 30.000 damnificados viviendo en albergues, y acabo de recibir la confesión de una laureada fotógrafa, mi amiga sensible y solidaria, que al volver del epicentro me dice que "no siente nada".

Como muchos, no siente porque no se lo ha permitido. Porque ese llanto se reprime, multiplica y pospone. Tampoco he visto a los socorristas sentarse a sufrir, y me pregunto si ellos pasarán por lo mismo.

Observo grandes muestras de solidaridad: desde Quito las colectas a favor de los damnificados se mantienen; y allá, en Pedernales, los que se salvaron de perder sus casas, comparten arroz y techo con los periodistas que no encuentran hotel donde descansar o asearse.

Ha pasado una semana y aún las conversaciones con mi marido siguen siendo estrictamente profesionales. Aún no sé qué sintió al tener a la nena en brazos mientras yo estaba fuera de su vista, cuando nuestra casa se sacudía de un lado a otro. De arriba abajo.

Me informan sobre las centenas de réplicas en la zona del epicentro, lo suficientemente fuertes para asustar a los más veteranos, y pienso que si -hipotéticamente- la tierra se hundiera en Pedernales hoy, tragaría a la mitad de mi vida y la mitad de mis amigos.

Prácticamente, no he dormido en días, bostezo, reviso mi correo electrónico, mis manos teclean temblorosas, y me pregunto cuándo será mi hora de volver a sentir. Entonces, mi pecho se abre por la mitad para que mi corazón herido pueda aullar y decir "es hora".

Ya es hora de volver a sentir.