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Para una mujer casada, el sexo puede llegar a ser una tarea más

08/02/2016 06:59 CET | Actualizado 07/02/2017 11:12 CET
Nick Dolding via Getty Images
Pair of underpants and pair of knickers on washing line

ADVERTENCIA:

No leas este post si eres mi padre, uno de mis hijos (te va a traumatizar, te va a traumatizar mucho), o familiar mío. Cierra esta página de inmediato si eres familia política (por favor, no me hagas esto. No te hagas esto). Y apaga el ordenador si te avergüenzas con facilidad, si eres muy sensible, si vas a ser incapaz de mirarme a los ojos después de leer todos estos detalles sexuales o si no te gustan las palabras "pene", "follar" o "coño". ¿Entendido? ¿Sí? ¡Perfecto!

Sincerémonos: hacer el amor, follar, practicar sexo, echar un polvo o un quiqui es, para muchas mujeres, una obligación más, otra tarea doméstica. Es solo un elemento más que una mujer monógama tiene que añadir a su lista mental, emocional y física de complacer a los demás. No es divertido ni tampoco doloroso... simplemente es tedioso, es como tener que hacerle la cena a los niños. Cada. Puñetera. Noche.

Acostarse con una persona que está ansiosa por complacer puede llegar a ser como una revisión médica, excepto que no pasa cada dos años, sino cada día (¡en ocasiones incluso dos veces!). El tipo de revisión a la que me refiero es esa en la que el médico, sea del género que sea, te mete mano para obtener su propia satisfacción (médica). La única diferencia entre el estilo del doctor y el de tu marido es que el médico busca anomalías, preocupado por tu salud y bienestar, y tu marido busca frenéticamente el exclusivo (y difícil de encontrar) punto G, preocupado por su destreza sexual y sus habilidades carnales. No, cariño, las cosas no son así. Has llegado demasiado lejos, hasta la campanilla, para ser más exactos.

Y en esas revisiones con tu marido, en las que lo más probable es que te limites a quedarte tumbada y a pensar "¿has acabado ya?" o a pensar en lo mal que llevas las uñas, empiezas a desesperarte y a cruzar los dedos mentalmente para que uno de tus hijos se despierte y tu marido se dé prisa y te deje en paz.

El sexo a veces significa que tu marido te sobe las partes íntimas como si le estuviera sacando brillo a la cubertería de plata. A una especialmente deslustrada, además. O a una lámpara mágica. Es como si estuviera frotando furiosamente una lámpara mágica y esperando que saliera un genio... de tu vagina. A veces te gustaría que el Genio de la Vulva apareciera y te concediera tres deseos (y el primero sería que dejara de tocarte así antes de que te abollara el hueso sacro).

A veces el sexo implica besarse un montón, como en las películas. Pero la realidad es que no tiene tanto encanto si a tu marido le apesta el aliento. ¿Dónde está la gracia de que te besen y te laman de arriba a abajo después de que salgas de la ducha? ¡Qué bien! Ahora estás cubierta de saliva. (Segundo deseo: caramelos de menta y una ducha fría para él).

A veces, durante los momentos previos al sexo, lo que tu marido entiende por preliminares consiste en una palmadita en el culo, un sobeteo de tetas y un par de meneos sugerentes de pene acompañados de un "qué, ¿te apetece?". (Tercer deseo: que te den).

Por las experiencias de un reducido grupo de mujeres que conozco y con las que puedo hablar de estos temas tan íntimos, esto parece ser normal. Parece que es normal concebir el sexo y las tareas de la casa al mismo nivel, especialmente en las relaciones de muchos años.

Pero no me atrevería a hablar en nombre de todas las mujeres, porque también conozco a unas pocas excepciones, y son mujeres reales, que están deseando que llegue el momento de pasar a la acción debajo de las sábanas y que se pasarían el día entero así con sus maridos si no tuvieran que trabajar, comer o cuidar de los frutos de su pasión. Son como conejos adictos a la viagra, nunca tienen suficiente salami. ¡Olé por sus coños insaciables! Aun así, a mí a veces me apetecería más clavarme un salami de verdad en un ojo que echar un polvo.

Y, por cierto, tengo un buen consejo que dar a todos los hombres: cuando una mujer dice "date prisa", más vale que le deis vidilla. Mete-saca, mete-saca y fuera. Y después dejadnos en paz, que tenemos muchas cosas que hacer.

El sexo no es como en las películas, y el único momento en el que se le parece remotamente es en tus sueños con Channing Tatum... y a veces con su mujer. En realidad el sexo es intentar escapar. Para algunas mujeres es intentar salir de la cama, a veces sin éxito, porque sus maridos, aunque no tienen el oído muy fino para enterarse cuando los niños lloran por la noche, sí lo tienen para oír el ronroneo inexistente de tu conejo.

Muchos hombres se quejan de que sus mujeres no se acuestan con ellos lo suficiente. Pues, bonitos, haced la colada, acostad a los niños, guardad el pajarito y quizá consideremos lo de hacer el amor más a menudo. O quizá no.

Descargo de responsabilidad: quiero a mi marido y es una buena persona. No es egoísta en la cama y le gusta complacerme, lo que a veces es la perdición porque si tú no estás de humor y él quiere que lo estés, la cosa puede acabar mal. Mi marido hace la colada, baña a los niños, los lleva a las actividades extraescolares, los acuesta y se levanta por las noches si pasa algo cuando está en casa. Ojalá pudiera comprender que hacer el ganso con el pene no se considera preliminares y que un pene es feo se mire por donde se mire. Con total sinceridad, mi marido me atrae sexualmente la mayoría de los días, es un tío guapo y divertido que haría cualquier cosa por mí y practicar sexo es amar y yo le quiero con locura... Pero cuando empieza a masticar con la boca abierta me dan ganas de darle un bofetón.

Te quiero, cariño.

Este blog fue publicado originalmente en la página web de Cristy O'Brien.

Este post fue publicado con anterioridad en la edición australiana de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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