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Todo lo que he ganado después de dos embarazos

02/02/2016 07:29 CET | Actualizado 01/02/2017 11:12 CET

Por Jessica Hendrickson, escritora en CTWorkingMoms.com

He ganado muchas cosas desde que me quedé embarazada. Mucho más de lo que había imaginado. Si mi yo de 21 años me viera ahora, no me reconocería. Y, si soy sincera, eso es algo que me ha hecho llorar más de una vez. ¿Quieres saber lo que he ganado? Te lo voy a contar.

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Hasta el día de hoy, he ganado casi 20 kilos de ser humano divertido, inteligente, sensible, dulce y tontorrón y 10 kilos de bebé risueño, curioso y mofletudo.

Quiero que todo el mundo me escuche. Se le presta demasiada atención a la apariencia física después del parto. Mires donde mires, verás que las famosas publican fotos suyas en bikini días después de haber tenido un hijo y sentirás que las redes sociales y los medios de comunicación te gritan cosas como "¡pierde el peso que ganaste con el embarazo en 30 días!" o "¡recupera el cuerpo que tenías antes del embarazo!". Luego te mirarás en el espejo y te preguntarás por qué tu cuerpo no es como los de los catálogos de Victoria's Secret. Esa es la razón por la que quiero hablar de ganar y no de perder. Centrémonos en todo lo que ganamos cuando nos convertimos en madres.

Ganamos una nueva perspectiva. Piensa en las cosas que te preocupaban antes de tener un hijo. Ahora piensa en tus preocupaciones actuales. Piensa en todo lo que te duele que tu hijo esté enfermo, frustrado o triste. Piensa en las cosas que no te dejan conciliar el sueño, en las cosas que siempre tienes en la cabeza. Piensa en cómo influye en tu vida pensar en tu hijo, oírlo, verlo u olerlo. De repente, todo se ve desde una nueva perspectiva.

Ganamos la capacidad de ser altruistas. Es algo progresivo. No nos despertamos un día decidiendo ser altruistas. Simplemente pasa. Hay algo en nuestro interior que nos guía en esa dirección. El mundo ya no gira en torno a ti, como lo hacía antes de que tuvieras un hijo. La parte de nosotras mismas en la que nos centramos ahora existe en un cuerpo diferente al nuestro. Cuando tomamos una decisión, siempre tenemos a alguien más en mente. Y ese alguien es más importante que cualquier otra cosa. Nos sacrificamos: sacrificamos nuestros sueño, nuestra vanidad, nuestro tiempo o nuestro dinero. Y lo hacemos sin ningún tipo de duda, porque, para nosotras, es lo natural.

Ganamos la sensación de que hay algo más que le da sentido a nuestras vidas. La alegría, el dolor, los buenos momentos, los malos. Nuestras vidas son mucho más importantes ahora que tenemos seres humanos a los que criar. Tenemos un gran poder y una gran responsabilidad. La magnitud de este poder es tal que resulta sobrecogedor, y en ocasiones es simplemente abrumador, pero es nuestra realidad. Y la aceptamos.

Ganamos un amor incondicional. Eres "mamá". Para tu hijo, no hay nadie como tú en el mundo. Podría reconocerte con los ojos vendados. Te necesita cuando está asustado, feliz, orgulloso o triste. Te necesita porque eres tú. Es un amor es puro, único e incondicional.

Ganamos amor propio. Como madres, somos conscientes de que somos imperfectas. Luchamos constantemente por ganarnos el título de mamá, evolucionamos y aprendemos. Sabemos que no sabemos nada. Y, sin embargo, en el fondo sabemos que se nos necesita. Que se nos quiere. Que lo estamos haciendo bien. Que somos dignas de ser madres.

La próxima vez que te mires al espejo e instintivamente critiques lo que ves, recuerda esto:

Esos brazos posparto llevan a un ser humano a la cama; se te quedan dormidos cuando tu bebé está dormido y no quieres despertarle al moverte; arropan con una toalla seca a unos hombros que tiritan; paran las caídas de unos torpes primeros pasos y levantan por los aires a bebés risueños. Las piernas te duelen cada vez que te levantas por haber pasado horas y horas meciendo a tu recién nacido; corren a la velocidad del rayo cuando tu hijo se dirige hacia la carretera y se doblan las veces que haga falta para recoger chupetes del suelo. Tus manos aferran las diminutas manos de tu hijo, limpian las lágrimas de las caras tristes y las narices llenas de mocos, dan masajes en la espalda, detectan la fiebre, pellizcan mofletes, hacen cosquillas, calman, reconfortan y acarician.

La próxima vez que te mires al espejo, recuerda lo afortunada que eres de haber ganado tanto.

Este artículo fue publicado originalmente en CTWorkingMoms.com. Puedes seguir a estas madres en Facebook y en Twitter.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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