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Crazy in love con Antony and the Johnsons

20/07/2014 12:19 CEST | Actualizado 19/09/2014 11:12 CEST

teatro real

El universo de Antony and the Johnsons se parece a un cráter lunar en torno al que orbitan los restos de una estación espacial. Antony Hegarty, el alma del grupo, canta en soledad a sus amigos, a sus padres y a la naturaleza que ha ido desapareciendo. Mueve lentamente sus brazos dentro de su amplia túnica blanca. Es Rapture (Rapto), una canción sobre la ausencia a la que le gusta cantar desde que hace 14 años se publicara el primer álbum del grupo.

En El Teatro Real, este viernes, Antony (como se le conoce) apareció en medio de la oscuridad para presentar Swanlights, o Luces de cisne. No es un concierto más. Incluye la música en directo de la orquesta (la titular del Teatro Real, dirigida por Rob Moose) y una cuidada puesta en escena con un espectacular uso de la iluminación que lleva la firma de Carl Robertshaw y Chris Levine.

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Con Antony, el teatro se convirtió en una explosión de intimidad.

El recital fue ganando intensidad sin perder delicadeza con canciones como For today I'm a boy (Hoy soy un chico) o Another World (Otro mundo), un sereno y tristísimo tema de aproximación a la muerte.

Pero a la nostalgia de la felicidad y los nervios sobre el más allá siguió Crazy in love (Locamente enamorado), con el que el cantante de origen británico no pudo evitar que los cálidos aplausos hasta el momento dieran paso a una primera explosión de júbilo. Antony acababa de versionar a Beyonce y su eléctrico tema. No se trataba de una canción para sudar en el gimnasio sino una aproximación íntima y cuidada, entre unas paredes habitualmente forradas de decibelios de prima donna.

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Ese era, quizás, el principal atractivo de la cita. Un sui generis encuentro del pop, tantas veces tan fugaz, con los aspectos formales de otro género que lleva siglos conmoviendo a espectadores de todo el mundo.

El proyecto fue encargado por el Museum of Modern Arts (MoMa) de Nueva York, pero sólo se ha representado desde su estreno hace dos años en Australia y Londres. El fallecido director artístico del Teatro Real Gerard Mortier lo quiso para Madrid como fin de temporada. Atrajo a otro público, más joven, vestido de calle, muy agradecido y que conectó con imposibles y tétricas canciones cantadas con dulzura. Buenos ejemplos son I fell in love with a dead boy (Me enamoré de un chico muerto) o Her eyes are underneath the ground (Sus ojos están bajo tierra).

El juego de luces y láseres en medio de la oscuridad metió al auditorio en el mundo onírico en el que Antony ya no era el patito feo, el transgénero incomprendido, el friki o el obsesionado con el medio ambiente o el feminismo. Antony fue llenando el cráter lunar con sentimientos que despertaron también no pocas emociones en las butacas del Real. Para que el teatro se viniera abajo faltó Hope there's someone (Espero que haya alguien), el gran 'hit' que el autor decidió no interpretar.

En ausencia del célebre tema, el concierto terminó con una de sus canciones fetiche, You are my sister (Eres mi hermana), que recoge buena parte del universo del autor. Amor fraternal, el miedo a la muerte, la feminidad, la oscuridad... y un poquito de esperanza.

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