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El 6 de diciembre, los españoles celebraron su Constitución

08/12/2016 09:45 CET | Actualizado 08/12/2016 09:45 CET

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Foto de la izada de bandera por el día de la Constitución/EFE

"El 6 de diciembre, los españoles celebraron su Constitución". Este titular y otros parecidos están en boca, pantalla y portada de todos los medios y políticos. Alguno de los lectores lo haya leído o escuchado habrá pensado que todos celebran menos él. ¿Se siente excluido de esa gran celebración de todos a la que no le invitaron? Vayamos por partes.

¿Cómo ha celebrado usted la Constitución?

¿Ha organizado unos pequeños fuegos artificiales con amigos y vecinos?

¿Ha invitado a cenar a sus parientes?

¿Ha izado una bandera en su jardín?

¿Ha reunido a su familia en la plaza del pueblo alrededor del arból de la libertad?

¿Ha cantado el himno nacional a las 12 del mediodía?

¿Ha leído a sus hijos y nietos un extracto de la Constitución?

¿Ha recordado con sus padres y abuelos aquellos años en los que todos los españoles lucharon por la Constitución?

¿Ha debatido con sus compañeros de trabajo sobre el contenido y la relevancia del artículo 23 de la Constitución?

¿Ha participado en algún acto público para aportar ideas de cómo reformar la Constitución?

¿Ha saludado a sus vecinos deseandoles un "feliz día de la Constitución"?

Si es sincero, lo más probable es que no haya hecho nada de eso que en otros países se suele hacer. No obstante los medios de comunicación y la prensa insisten en que "el 6 de diciembre los españoles celebraron su Constitución".

Curiosamente, en muy pocos países de los que yo conozca se habla a nivel mediático y político tanto de la Constitución como en España.

No debe existir ningún tribunal constitucional en el planeta que tantas portadas de periódico y horas de telediario ocupe como el español, y en pocos países la constitución es tan ignorada como en España. La Constitución Española durante décadas fue como La Biblia en latín en la edad media. Todos sabían que existía, pero solo la élite la conocía e interpretaba. Durante dos generaciones se declaró santa e inmaculada y se excluyó de cualquier debate, alegando aquel gran consenso histórico que parecía que había sido un despiste del destino al que nunca se podría volver, porque el consenso está reñido con la genética hispana según los que la declaran intocable. De este modo, la Constitución se ha convertido en un fantasma que para unos es el Santo Grial y para otros la fuente de todos los males, y para la inmensa mayoría, una perfecta desconocida. Evidentemente, si a nadie le importa la Constitución, a nadie le puede importar la reforma de la Constitución. Por eso no hay un debate en la calle, en los colegios, en los bares, ni en las cenas familiares. Simplemente nos da igual.

Todos los que hoy se quejan de que todo está mal, de la corrupción, del sistema y del inmovilismo deberían preguntarse dónde estuvieron ellos en las últimas décadas y qué aportaron al debate y a la mejora del modelo de Estado y del sistema político.

Para algunos de los que nos dicen lo que ellos creen que nosotros creemos, la reforma constitucional es imprescindible y la salvación, mientras que para otros de los que nos representan, la reforma constitucional es el fin del mundo. Pero en general, ni los unos ni los otros la han leído. Ni los unos ni los otros tienen un plan concreto para reformarla y, por supuesto, ni los unos ni los otros se han sentado en una mesa con un café para debatir sobre la reforma constitucional.

A mucha gente le parece normal, o no le importa, que los políticos digan en la tele que ellos están para resolver los problemas de los ciudadanos y que es suficiente con elegir cada cuatro años entre varias docenas de listas cerradas. Los políticos viejos y nuevos creen que la participación ciudadana se debe limitar en ese acto de fe que llaman la fiesta de la democracia y que da carta blanca y barra libre a 350 señorías que hacen y deshacen durante una legislatura sin el más mínimo control ni consulta. De hecho, hay tertulianos y políticos que creen que la democracia representativa y la posibilidad de cambiar el sentido del voto cada cuatro años es un modelo suficiente para ejercer el control democrático.

En los últimos años y, sobre todo, meses, hemos visto que la democracia meramente representatativa en la que políticos profesionales se turnan en el ejercicio del poder no es suficiente y que el sistema que en el siglo XIX revolucionó los modelos de Estado no es suficiente para la sociedad del siglo XXI.

En su día, la democracia representativa fue un gran avance, ya que sustituía el poder de los reyes absolutistas basado en derechos hereditarios o directamente en la gracia de dios por una forma de poder que se legitimaba en la elección indirecta de los órganos del poder. En una época en la que los ciudadanos de repente pudieron elegir en urnas o asambleas a un vecino ilustre que acudiera a caballo a las cortes y parlamentos de Washington, París o Madrid la democracia representativa fue un gran avance.

También fue un enorme avance para España el haberse reincorporado en el ámbito de las democracias a finales de la década de los setenta del siglo pasado. La Constitución provisional del 78 fue un gran esfuerzo de unos pocos por lograr un consenso para salir del paso en unas circunstancias dificilísimas, bajo las múltiples amenazas que suponían el ejercito, los terroristas, las exaltadas espectativas de algunos, el ansia de volver al régimen anterior de otros y la incertidumbre de una sociedad cuya voluntad no se conocía, porque durante 40 años no había sido relevante.

La crítica y la propuesta de renovación y desarrollo de la Constitución provisional del 78 y del sistema de democracia meramente representatativa no se puede hacer sin el reconocimiento del esfuerzo y avance que ambas cosas supusieron en su día. Sobre todo, no se puede criticar una institución con dos siglos de tradición como la democracia representativa o cuatro décadas como la Constitución sin una cierta autocrítica a la propia ciudadanía.

La bonanza económica y el avance social nos hizo creer y aceptar que la Constitución y el modelo político no importaban y que ya lo arreglarían los del telediario mientras nosotros nos dedicábamos a nuestros trabajos, negocios y vidas personales.

Todos los que hoy se quejan de que todo está mal, de la corrupción, del sistema y del inmovilismo deberían preguntarse dónde estuvieron ellos en las últimas décadas y qué aportaron al debate y a la mejora del modelo de Estado y del sistema político. La bonanza económica y el avance social nos hizo creer y aceptar que la Constitución y el modelo político no importaban y que ya lo arreglarían los del telediario mientras nosotros nos dedicábamos a nuestros trabajos, negocios y vidas personales.

Con motivo del día de la Constitución que usted seguramente no ha celebrado, independientemente de la actitud que tenga usted hacia la Constitución, le invito a que conozca Reforma 13. Se trata de un intento de proponer algunas reformas moderadas pero de calado para la Constitución Española, cumpliendo así el mandato de la misma, que es implícitamente el de desarrollarla y adaptarla a la realidad social.

En 2012, Juan Cortizo y yo planteabamos en Reforma13 la necesidad de reformar el sistema electoral español y hacíamos una propuesta concreta, proponíamos reformar el Senado y hacíamos una propuesta concreta, defendíamos la necesidad de introducir elementos de control democrático y participación ciudadana y hacíamos una propuesta concreta, sugeríamos que el modelo de elección del Gobierno por subdelegación es un anacronismo y hacíamos una propuesta concreta. Han pasado algunos años y muchos de los problemas que en aquel entonces parecían un debate académico de dos abogados físicamente lejanos de la sociedad española y sin repercusión real se han ido materializando.

En los últimos años han sucedido cosas que hace una década considerábamos impensables o simplemente no nos importaban. Si tienen tiempo y ganas de conocer Reforma13, me encantaría leer sus críticas y comentarios en las redes sociales o que lo debatan y mejoren con sus amigos y vecinos, no hacen falta fuegos artificiales, ni banderas, ni banquetes, basta con una cerveza o un café y algún amigo que quiera hablar de la Constitución, de nuestro sistema político, de nuestro modelo de Estado y de nuestro futuro.