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Iván Fandiño: la muerte de un torero, el entierro de una persona

19/06/2017 17:54 CEST | Actualizado 19/06/2017 17:55 CEST
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A Iván Fandiño, el torero vasco que murió el sábado corneado en Aire sur L'Adour, alguien alguna vez lo bautizó así: "Torero de hierro". Pero ningún torero es de hierro, ni de acero, ni de plomo. Por más que lo digan las crónicas que ya apenas se escriben, ningún torero tiene la sangre invencible y la carne blindada frente al tajo de los pitones. Ningún torero es inmortal, ni invencible, ni invulnerable. Ningún torero es nada de eso porque todos los toreros, ahí va la obviedad que a veces se olvida, son humanos. Y precisamente porque son humanos tiene más valor su empeño de mirar de frente a aquello que los demás evitamos mirar.

Fandiño era humano, como lo eran Paquirri, El Yiyo, El Pana o Víctor Barrio. Como ellos, y como los toreros que se juegan todos los días la vida sin perderla, sufrió, rió, triunfó, fracasó, erró, acertó... Fandiño, como todos sus compañeros de profesión, se obcecó en vivir esa vida extrema que les intima con la muerte, que les hace protagonistas de historias impresionantes y casi siempre desapercibidas. La de Iván Fandiño fue una de ellas. Y aunque ahora es inevitable el ventajismo aparente de loar a un muerto, es verdad que el torero de Orduña fue un "duelista de un único disparo" frente al destino (Carlos Ruiz Villasuso), un torero "curtido a contracorriente", (Rubén Amón) un diestro "íntegro, de valor febril, todo franqueza" (Juanma Lamet) al que un tropiezo y una cornada fatales le han segado el futuro.

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Fandiño no nació en tierras taurinas, pero se ganó esas raíces con un duro peregrinar de veinteañero por las tapias y las novilladas del Levante y Andalucía. No tenía cuerpo de torero y se lo esculpió a base de entrenamiento y una dieta de pollo y piña. Lo tenía todo para no ser torero y sin embargo ha sido el último gran torero vasco. Tomó la alternativa en Bilbao y allí logró los triunfos que fueron sacando su nombre de las carreteras secundarias del toreo, pero fue en Madrid donde logró hacerse un hueco en las grandes ferias. Salió en hombros de Las Ventas en 2014 y la temporada siguiente fracasó allí mismo con la lidia en solitario de seis toros. Aquella tarde, antes de la cual dio entrevistas con frases que ahora rescatamos como proféticas, le pesó mucho durante varios meses. Pero no se apartó del camino que él mismo se había trazado; si acaso, afiló aún más su determinación.

Fueron casi nueve los años que dediqué a escribir información taurina y conocí debilidades, ejemplos de superación, egolatrías, compromisos irreductibles, complejos mal llevados y casos ejemplares de coherencia. Esos nueve años no me bastaron para comprender qué mueve a los toreros a ser toreros, y sigo sin entender por qué un adolescente vasco soñó un día con vestirse de luces y exponer su vida a la muerte posible, tarde tras tarde. Lo que sí entendí es que los toreros no son mitos ni héroes ni semidioses, sino seres de carne y hueso que eligen un camino difícil y dejan atrás cuando mueren a padres que les lloran, a viudas y a hijos huérfanos. Comprendí que son personas. Que Fandiño era, antes que cualquier otra cosa, una persona. Y pienso que eso debería bastar para contener la bilis.