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Balada rebelde del periodista cultural

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Foto: ISTOCK

Húmedos por la cercanía del Cantábrico y entre las luces pesqueras de la mar picada, un grupo de rebeldes del periodismo defendimos la semana pasada con fervor la necesaria erótica de la información cultural. Fue en el II Congreso de Periodismo Cultural que organizó la Fundación Santillana en la UIMP de Santander; su director, el escritor Basilio Baltasar, nos invitó a cartografiar el mapa denso y equinoccial de la cultura en España, con sus remansos, sus playas, sus montañas, sus paisajes y sus ríos: un reto "fácil", como corresponde al esgrimidor ilustrado y revolucionario que Basilio lleva dentro y saca fuera, para gozo de todos, siempre que tiene ocasión.

Cómo molturar esa materia inasible, dudosa, cuestionada, infrecuente, extraña, provisional e indecisa que es la cultura... Basilio denomina a todo esto "lo inconcebible".Y asistimos al inevitable -y hasta anunciado- choque de trenes intergeneracionales entre los proyectos más innovadores -la nueva ingeniería cultural- y nosotros sus cronistas, los "clásicos". Uno se sabe agente de todo eso que llamamos cultura, no sabemos bien si fue por elección propia o porque ella nos escogió. En un momento en que parece que la luz del periodismo tiembla y muere, el golpeteo de los besos culturales lo alejan a uno de la orilla de lo concreto, de lo prosaico.

Expusieron sus atractivos proyectos artísticos Manuel Polanco, Regina Miguel, Javier Abarca... Y Axel Gasulla, cofundador de Domestic Data Streamers -empresa que le da una pátina cosmética al Big Data para hacerlo digerible-, nos disparó a bocajarro hormonal desde la primera fila: "A mí vosotros no me hacéis falta". Algunos, en un arrebato empático y sacrificial, le dieron la razón: Antonio Iturbe, Peio H. Riaño -que entonó provocador la retractatio o palinodia- e Ignacio Vidal-Folch -rememorando sus días de underground- sacaron el cilicio de la resignación o incluso dejaron que se les asomase el arrepentimiento o la desnudez de la falta de destino, en contraste con su esfuerzo heroico y admirable en el oficio -que nunca nos falten las delicatessen de Vidal-Folch en El Mundoo el aleteo de Librújula-.

Nuestra opción por la libertad de prensa, la independiencia, el progresismo, totalmente valederas para muchos de nosotros, seguirá ahí mientras estemos vivos porque es un asunto que atañe a nuestro ADN.

Otros periodistas, como María Jesús Espinosa de los Monteros, Sergio Vila-Sanjuán, Alberto García Ferrer (ATEI), Sergi Doria, Manuel Pedraz -RNE-, Laura Revuelta -admirable guerrillera de tomo y lomo de la cosa cultural- y el que esto escribe, cuestionamos que tuviese que ser así de aquí en adelante. Hablamos en nuestra defensa de la pasión por la cultura que nos antecede y de que quizá un día, ella, la cultura, en un arrebato egoísta, nos hizo periodistas para siempre. Llegaron más propuestas apasionantes, como la librería digital de Marina Alonso de Caso -Pannonico- que presentó con urgencia afónica Juan Cruz; el arte casual de Francisco Ferrer Lerín, cuyo telonero fue un divertido y cercano Antonio Lucas; la booktuber y harrypotteriana Martitara o la insultante juventud lectora; o la aventura editorial, rural y exquisita, de la Fundación Cerezales que nos comunicó y nos obsequió en el almuerzo Lucía Alaejos.

Dimos toda la temperatura, toda la atmósfera, toda la pasión de que fuimos capaces y al final las oposiciones se remansaron, entre el gin-tonic y el whisky de malta. Brindamos con Guillermo Busutil y Angélica Tanarro, héroes respectivamente de dos publicaciones de lujo de la résistance cultural, Mercurio y "La sombra del ciprés" de El Norte de Castilla. Todos -ellos, los airados, y nosotros, los rebeldes- nos refugiamos en la misma barricada, como delincuentes reunidos tras conspirar horas antes contra nosotros mismos en el Paraninfo del Palacio de la Magdalena: "nos hacemos trampas jugando al solitario de la cultura", dijo con acierto Pepe Zapata de Teknecultura.

Acaso también los creadores compartan con nosotros esta necesidad de evasión, de alejamiento de una cotidianidad irrespirable: "Comemos miedo", nos dijo un siempre genial Basilio Baltasar en el Clandestino, en referencia a la ingesta de carne... y que podría aplicarse fácilmente a nuestro oficio periodístico. Atrás, el gran incendio verde del barrio del Sardinero, los muchachos entre la fronda degustando los frutos de la adolescencia, el alcalde conservador de rondalla con la chica de la prensa roja hasta altas horas... Lo cierto es que el Congreso nos ayudó a olvidar por unos días la miseria moral e intelectual de los candidatos a gobernarnos, a hacer el tirón informativo electoral más lejano, en medio del discreto y pluvial panteísmo cántabro.

Este no hacer pie sobre terreno firme es el que ha llevado a algunos a afirmarse en la derrota del periodismo cultural, frente a la concreta y dura realidad, mineral e incontrovertible, de la liquidación de la prescripción: ningún nativo digital tolera que nadie le diga que lea nada. Otros preferimos la sugerencia, la propuesta, la invitación al descubrimiento de lo que hemos vislumbrado, para después compartirlo con el mayor número de personas posible. Nuestra opción por la libertad de prensa, la independiencia, el progresismo, totalmente valederas para muchos de nosotros, seguirá ahí mientras estemos vivos porque es un asunto que atañe a nuestro ADN. Y sabemos que, antes o después, enhebraremos nuestras vidas a esas otras de los creadores, los artistas, los editores, los músicos, los bailarines, los creadores de la estética para los grandes datos.

Mientras transcurrían las jornadas, un perturbado de ideología nazi, Thomas Mair, ha asesinado a quemarropa a Jo Cox y con ella un poco más al laborismo inglés y al Bremain.

Porque la belleza de la cultura apela siempre a la imaginación, de la que tan bien habló en su charla inaugural el arquitecto y escritor Carlos García-Delgado (Guy de Forestier). Por eso mismo no vale interpretarla ni "leerla" solo con los mecanismos groseros que nos brinda la cotidianidad, porque la imaginación se toma su tiempo y hay que tomar perspectiva: la que nos dan los siete días del suplemento o del magacín. Nos hemos dejado arrastrar por la necia provisionalidad del marketing -como dijo Berna González Harbour- antes que habernos instalado en la historia, como ha hecho la rebelde Eva Díaz con sus maravillosas novelas y su periodismo de trinchera cultural, el mismo que los responsables de El Mundo tratan ahora de aniquilar, de silenciar con su execrable despido.

El sábado, en el Museo Marítimo, un guía veterano explicaba a los visitantes la formidable odisea de Shakleton y el Endurance, atrapado en el invierno de 1915 en una basquisa de hielo que lo fue aplastando y hundiendo. Todos, una veintena de hombres, regresaron sanos y salvos a la civilización. Nos sumergimos en el acuario y en sus profundidades abisales, como en los días de la infancia: "La vie suspendue... Organismes qui vivent en flottant passivement. La vie s'écoule dans obscurité totale et àbasse température les organismes et espèces déprédatrices se sont adaptés". El francés de los rótulos nos definió mejor un cierto estado de las cosas y del ánimo, con el 26-J a la vuelta de la esquina.

Mientras transcurrían las jornadas, un perturbado de ideología nazi, Thomas Mair, ha asesinado a quemarropa a Jo Cox y con ella un poco más al laborismo inglés y al Bremain; ha muerto también el hijo bastardo de Alfonso XIII y parece que no le importa a nadie: pero con él se va mucha biografía de España y mucho encuentro biológico de la corona con el folclore y el espectáculo, que ya era una tradición. El cielo triste de la bahía de Santander proclamó su doble luto, pero el resol salpica de claro en claro las baldosas del paseo de Pereda. Mañana será otro día y sabremos que la cultura es la única epifanía que sobrevive al margen de los ciclos oficiales gracias, en parte, al periodista cultural, ya sea escéptico, estoico, cínico o hedonista, como dijo Basilio.

La ciudad se ha quedado oliendo a progreso y a tinta urgente. A ver qué hace su partido con la balada rebelde que le hemos dejado a pie de playa, alcalde.