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El sueño de la razón produce Goyas

07/02/2017 07:22 CET | Actualizado 07/02/2017 10:59 CET

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Foto: EFE

Ya va remitiendo la resaca de los Goya, celebrados la noche del pasado sábado con una Emma Suárez doblemente galardonada y en estado de gracia en todos los photocall: una gala en la que han triunfado merecidamente los tres mosqueteros del celuloide castizo Juan Antonio Bayona, Raúl Arévalo y Alberto Rodríguez: todos han demostrado con Un monstruo viene a verme -título revelador de un estado de cosas-, Tarde para la ira y El hombre de las mil caras que el cine español se encuentra a la altura -y más allá- de lo que se hace en Hollywood.

De monstruos, de tardes que se han hecho demasiado tarde para nada y de múltiples personalidades nos habla esta posverdad que se disfraza en televisión con la grosera máscara del politainment, pero ese es otro divertimento menos edificante que el de nuestro cine. Noche, pues, de reivindicación del surrealismo hispánico, el salón de espejos que nos devuelven nuestra imagen deformada -la verdadera- presentada por un Dani Rovira cojitranco y besucón, convertido ya en héroe de la comedia gracias a sus muchos apellidos vascos y catalanes, que en la butaca patria gusta mucho su humor campechano, sin mayor intención, en las antípodas del genial Azcona.

Y las cifras de 2016 no han podido ser mejores: la película de Bayona, estrenada el 7 de octubre, ha recaudado 27 millones de euros -un cuarto de los ingresos totales de nuestro cine- y la han visto ya 4,5 millones de personas. Y nuestras producciones vendieron en el extranjero un 5% más que en 2015: 65 millones de ingresos en la taquilla outdoors. No pensemos, pues, que este epifenómeno del thriller a la española y tan bien rodado y montado es algo nuevo, porque los chicos de la escuela de Barcelona -Juan Bosch y Julio Coll- rodaron en las décadas de los años 50 y 60 un exquisito noir hispánico protagonizado por Arturo Fernández que hubiese hecho agarrarse al sillón a John Huston o a Howard Hawks.

Porque el cine español es casi un concepto metafísico, ácrata y heterodoxo, un cine para leer y para pensar, donde Buñuel, Fernando Fernán Gómez, Javier Aguirre, Francisco Regueiro, Miguel Picazo, Carlos Saura, Mario Camus, Josefina Molina, Gonzalo Suárez o Basilio Martín Patino pusieron primero sobre el papel y después sobre el celuloide sus sueños de la razón. Benditas películas las de los santos maestros ácratas del celuloide hispánico que han disuelto la esclerosis mental de esta sociedad nuestra tan dada a lo atávico. El cine de Luis García Berlanga que no se olvide, porque el suyo era un cine emparentado con el de Fellini o Ferreri: rococó, transgresor y canalla, muy a la europea. Ahora Europa se parece mucho al suspense de calidad, que lo ruedan de la misma forma en Suecia que en Corea del Sur y no se distingue, que era lo bonito de los festivales internacionales y del Goya a la Mejor Película Europea, con los aplausos en el graderío para Verhoeven o Haneke, que queda muy progre y cultureta aunque no hayan visto sus películas - que el majismo castizo no se lleva bien con Bruselas, que cae muy lejos-.

A las autoridades les dan miedo las turbas de ciudadanos inteligentes y con sensibilidad.

Pero también los maravillosos filmes de los fernandos -Colomo, Trueba y Méndez Leite-, los Manuel Gutiérrez Aragón, las Pilar Miró, los Emilio Martínez-Lázaro, los "joseluises" -José Luis Garci, José Luis Cuerda y José Luis García Sánchez- van ganando con el tiempo esa pátina quintaesencial que nos define, porque ver a Resines en Nueva York en la deliciosa La línea del cielo es como ver el álbum de familia. Desde La edad de oro a El ángel exterminador, el cine de Luis Buñuel se ha referido al universo de Goya, en concreto a los Caprichos; e inmerso en leyendas, supersticiones, hechicerías y pantomimas, nuestro blanco y negro se fue (nos fue) haciendo, entre apocalíptico y grotesco, entre el divino bandidaje de Carne de horca (1953) del grandísimo Ladislao Vajda y el experimentalismo del primer Vicente Aranda y su fascinante Fata Morgana (1965), que nunca nos cansamos de ver.

Desde su creación el 17 de marzo de 1987 -con el triunfo de El viaje a ninguna parte-, cada año los Premios Anuales de la Academia visten la noche de un sábado frío, festivalero y nocherniego y últimamente indignado -con razón- por el maltrato del Ejecutivo a una industria que lo fue y que no consigue volver a serlo. España está llena de talento y falta gestión y presupuesto porque los intereses del Gobierno miran hacia otros ministerios donde la literatura, el cine o las artes brillan por su ausencia. Sí, también estamos por el pacto de Estado entre todos los partidos políticos a favor del cine, uno que vaya más allá del habitual posado-campaña del brazo y con pajarita. A los cómicos nunca se les hace demasiado caso y son ellos los que mantienen viva la ilusión y el imaginario de un país, la vacuna contra el totalitarismo, la saludable subversión política y el ramillete de libertades en 24 fotogramas por segundo. Algunos seguimos enganchados más que nunca a la linterna mágica, que podría proyectar muy bien una organillera en Lavapiés, y descubrimos que lo que se ha hecho en este país es prodigioso, desde Edgar Neville y Juan de Orduña a Enrique Urbizu y Jaime Rosales, desde Florián Rey a Ricardo Franco o Álex de la Iglesia. Y así.

Ana Belén, juventud madura de nuestra cultura, símbolo de libertad y alegoría de sí misma, reivindicadora en El Huffington Post de un mayor reconocimiento de nuestros clásicos por parte de los directores primerizos, subió a recoger el Goya de Honor con un flamante vestido-flor diseñado por Josep Font para DelPozo. Ana Belén siempre ha sido ella, hiciese lo que hiciese, una pasional amante de las artes que empezó en esto del cine desde niña en Zampo y yo y se hizo adolescente de repente en Españolas en París. Le pasó lo mismo a Emma Suárez en Memorias de Leticia Valle, que se hizo mujer de pronto con la Sesión continua de Garci. Pues eso, que hoy le hablas a un millennial de aquellos versos de Nicolás Guillén cantados por Ana Belén y Víctor Manuel -"¡Tun, tun! / ¿Quién es? / Una rosa y un clavel... / ¡Abre la muralla! / ¡Tun, tun! / ¿Quién es? / El sable del coronel... / Cierra la muralla"- y no sabe si el que llama a su puerta es el cartero o traen una multa. A eso se refiere Ana cuando habla de otro Madrid y de otra España emblemática que se desconoce y se desvanece.

A las autoridades les dan miedo las turbas de ciudadanos inteligentes y con sensibilidad, sobre todo cuando atacan a un destacamento de caballería mameluca al mando de, por ejemplo, el general francés Murat. Por eso el nombre del galardón está tan bien elegido: porque Goya emerge en toda su integridad y dramatismo para recordarnos nuestros perfiles negros y nuestra locura social, para proyectar sus imágenes desde el siglo XIX en la sábana de nuestra época; y presta, de paso, a los cineastas españoles la paleta de colores que necesitan para pintarnos. Para decirnos, en definitiva, las verdades del Dos de Mayo que no queremos oír y que nadie, salvo el cine, la música, las artes plásticas o la literatura, se atreven a contarnos: los sueños de nuestra razón, que son los signos del arte. Enhorabuena a los ganadores y que sea por muchos años. Por nuestra salud mental.