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Gaston Leroux y el último fantasma romántico

24/03/2017 14:12 CET | Actualizado 02/04/2017 10:21 CEST

"El fantasma de la ópera existió. Me parece haber dado en mi obra suficientes pruebas y, por lo que a mí se refiere, estoy totalmente convencido. Existió en carne y hueso aunque él mismo se dotara de las apariencias de un verdadero fantasma; es decir, de una sombra". Con estas palabras el periodista y novelista Gaston Leroux revelaba en 1925 la veracidad de El fantasma de la ópera (1910), novela legendaria escrita por el celebérrimo periodista francés que indagaba en la realidad ficticia –o no, he ahí la ordalía– del mítico fantasma que habitaba los inmensos sótanos del edificio del Palacio de la Ópera de París.

En estos papeles reales, encontrados muy tardíamente en 1984, Leroux insistía en la espantosa y verídica historia resucitada por su pluma, merced a sus investigaciones, cuyas fuentes pasa a revelar a continuación: el antiguo director de la Ópera, el señor Messager; el "lamentado" Pedro Gailhard –que debutó en 1871 en el papel de Mefisto en el Fausto de Gounod y que fue también director del Teatro de la Ópera–; varios arquitectos "afectos a la conservación del monumento"; los archiveros; los jefes de servicio y el escritor Jean-Louis Croze, amigo del autor, que le proporcionó a Leroux las riquezas de su biblioteca teatral. Incluso las Memorias de un director de Moncharmin hablan largo y tendido de los hechos del fantasma de la ópera.

Gaston Leroux disparaba así a quemarropa sobre los fundamentos teóricos de la literatura y los acercaba al periodismo. Porque para Leroux, en los camerinos de las mujeres del cuerpo de baile o entre los empleados de iluminación de la ópera, se habla años después del fantasma "con espanto y angustia". Incluso, con el advenimiento del cine, en opinión de Leroux, el séptimo arte vino a reforzar esa realidad de la ficción con la película dirigida por Rupert Julian y que pudo disfrutar dos años antes de morir: "La Universal Film, bajo la dirección del señor Laemmle, ha sacado una de las películas más extraordinarias y, si puede decirse, la más lujosa de estos tiempos. (...) ¿Podría hacerse algo mejor que dirigirse a quien en otro tiempo hizo pasar ante mis ojos el sublime horror de Quasimodo, a Lon Chaney?". Y, para acabar, refuerza el argumento del presupuesto: "Con la reunión de estos dos seres y los millones gastados por la Universal hubiera sido imposible que el resultado no fuera una obra maestra". La voraz cinefilia de Leroux y de tantos escritores tardo-románticos en los inicios del siglo XX todavía no ha sido estudiada. No olvidemos tampoco que una de las primeras experiencias periodísticas del autor fue la de crítico teatral para L'Écho.

Durante el caso Dreyfus, capitán injustamente condenado, Leroux se puso del lado del naturalista Émile Zola mientras cubrió en agosto de 1899 aquella pantomima de juicio para Le Matin. De hecho, nuestro novelista se hizo un hueco como cronista de tribunales y se especializó en las causas perdidas, personajes que en el cambio de siglo lo fascinaban y que parecían escapados de un folletón: anarquistas, desertores, marginados sociales, condenados agónicos encarcelados injustamente, auténticos condes de Montecristo redivivos a lo Dumas... En definitiva, opositores muy a su pesar a una Francia republicana que aún adolecía de resabios coloniales y conservadores. Cubrió además como corresponsal el amago revolucionario bolchevique de 1905, algunas escaramuzas de la Primera Guerra Mundial y el ambiente exótico y colonial en Egipto, Corea y Marruecos. Todo lo cuenta en Sur mon Chemin (1901), memorias aún inéditas en España.

Gaston Leroux le dio a las cosas mundanas una nostalgia de aquella Europa que se extinguía con el último cancaneo en el Moulin Rouge pintado por ese enano del tamaño de un gigante que fue Henri de Toulouse-Lautrec.

"Demasiadas personas pretenden que el fantasma no ha dejado de existir", insiste, recopilando de paso, como buen cronista de sucesos, numerosos testimonios de trances y espantos. En cualquier caso, y licencias literarias aparte, mucho se ha escrito pero poco se ha aclarado sobre la veracidad de la historia de Erik y su señorío literario, su peregrino pasado por ferias y mazmorras de Oriente y Occidente y su anclaje final en ese descenso vertical del bel canto, cuyos ecos reverberaban en las catacumbales e inmensas oquedades de las alcantarillas parisinas habitadas por el fantasma. Leroux fue capaz de convertir la coartada periodística en literatura en el mejor estilo socialnaturalista y llevar a cabo un desmontaje social de una burguesía superficial de prima donnas, contraponiéndola al mundo trágico y poco convencional de Erik, sus soledades y sus deformidades físicas.

Esa vieja sabiduría que marida el espanto ácrata y la literatura espectáculo dio a la luz un best seller de dimensiones épicas, una novela atmosférica que recogió la tradición de su siglo, el XIX, y aprendió en la guerra a mezclar biografía e historia, como se aprecia también en la esotérica y fantasmal La doble vida de Théophraste Longuet (1904), que recientemente ha lanzado en excelente edición Líneas Paralelas en la magnífica traducción de Carolina Centeno. Lo que hizo Leroux fue terrorismo romántico, un solo de violín fulgente de tinta siguiendo la partitura de un espíritu sincrético, curioso y viajero, capaz de iluminar las sombras de un lago subterráneo o una espantosa calavera viviente. El mundo conoció el sublime suceso y el juez de instrucción Faure archivó el caso, a pesar de que la prensa amarillista intentó penetrar varias veces después en el misterio del fantasma.

Erik, el hombre demonio, el penate terrorífico esconde un gran secreto: el del dolor, el de una niñez y juventud arrebatadas, una tragedia vividera con la que millones de lectores se siguen identificando. Más allá de las verdades de los callejones de París, Leroux nos desnuda a un hombre roto que hace oficio de difuntos a la luz de una antorcha nostálgica y que se aferra con desesperación silente al último amor, el de un ángel: Christine Daaé. Erik es un tremebundo maestro de silencios vengativos contra una sociedad que le ha arrebatado todo excepto la dignidad, en busca de su postrera musa. A él, mito entre los propios fantasmas, las almas y los muertos se le pusieron de pie cuando Conan Doyle y Edgar Allan Poe contaban que detrás de los crímenes supuestamente cometidos por los espíritus se escondía la mezquindad humana. Y su fantasma aterroriza con esa cosa tierna y finísima de enamorado que siempre alimenta por dentro a los espectros que no son espectros.

"Cuando están muertos desde hace tanto tiempo, todos los hombres son feos", escribe. Con El fantasma de la ópera, Gaston Leroux le dio a las cosas mundanas una nostalgia de aquella Europa que se extinguía con el último cancaneo en el Moulin Rouge pintado por ese enano del tamaño de un gigante que fue Henri de Toulouse-Lautrec. Como ese antiguo amor tan auténtico que se nos queda atascado en el alma para siempre y cuyas ausencias vamos proyectando en sucesivos anhelos y desencuentros, de forma involuntaria Christine Daaé hace de Erik un protomártir del amor verdadero, un Orfeo clandestino que se va consumiendo poco a poco entre candelabros, máscaras, ratas, sombras, trampas, tinieblas, lágrimas... y olvido.

Y en el culto secreto de la fe del amor no correspondido, el fantasma más romántico de todos los tiempos consagra su último susto para insultante turbación de todos los indiferentes y sin corazón. El resto nos acercaremos un fin de semana al Palacio de la Ópera en París y, conducidos por un anciano acomodador, golpearemos la enorme columna que separa el palco número 5 del proscenio. Apostaríamos nuestra fe ciega en el delirio, en la irrealidad y en el amor... a que ese golpe sonará a hueco.

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