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La reforma constitucional: un calentón preelectoral

29/08/2015 10:01 CEST | Actualizado 29/08/2016 11:12 CEST

Agosto aprieta en su último tramo con temperatura preelectoral y soñarra postestival mientras la prensa bélica y épica sigue lanzando su artillería anticarmenista con delirio de portada de tebeo. En la noche caliente y ancha de este verano, la zambullida del PP en las mareas altas de la noche va separando las orillas de los partidos. Nos hemos venido hasta el chigre de la Cornisa del Cantábrico a ver si se nos va el calor de Madrid, sus agobios y sus mentiras.

Nos desayunamos en el hotel con que el vicesecretario del PP Pablo Casado anuncia que, finalmente, en su formación no van a plantear reforma constitucional. Don Mariano un día dice que sí, que quiere hacerle al Estado la revisión médica de los órganos del Senado y los políticamente gangrenados TC y el Consejo General del Poder Judicial. Y al otro que no. Así que tras un estío de discurso reformista, la gaviota gallega vuela marcha atrás, se acabó el repertorio y los colegiales del PP le tienen que hacer ahora al presi la charcutería de la conferencia política.

La Constitución del 78 es como un palacete compartido que se cae a trozos porque han pasado 37 años, pero al que uno de sus vecinos se niega a remozar, porque le gusta así, sepia, trasantaño y postfranquista. Pablo Casado dice que su partido, el del Gobierno, tiene otras prioridades y que no hay que cambiarle los mimbres al "cesto" porque no quedaría mejor y las democracias consolidadas no cambian cada 30 años su carta magna. Pablo Casado, joven de hoy con nostalgias del ayer, va de explicarlo todo y pone la adrenalina que le falta a su líder, con los ojos redondos y su talle hermoso de niño goyesco. Pablo Casado y las juventudes de la derecha innominada del que sí y que no, con su premática de final del verano, quieren y no pueden entrar en la high/high porque no tienen eso que en Valladolid llamamos cuna. Y Moragas va solo en moto a los saraos, a comerse un caviar de embajada.

Lo del PP con la reforma constitucional de este verano ha sido una yenka, un pasito para adelante y dos para atrás, con su propuesta de modificación restringida de la ley Fundamental para mejorar la Cámara Alta y la inesperada propuesta del ministro de Justicia para modificar la delimitación de las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas, o la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono -es decir, ay, Mariano, la disolución de las Cortes y el referéndum-. Esto fue al principio de agosto. Hasta el presidente llegó a decir que estaba "dispuesto a dialogar en la próxima legislatura para abordar una reforma de la Constitución". Pablo Casado dice que reformar la Constitución -la madre de todos los problemas territoriales- no es una prioridad para los ciudadanos.

Hace falta contemplar Europa en nuestra Carta Magna remozada, revisar la sangría desigual del modelo de financiación autonómica y que no se privilegie unas regiones sobre otras, reformar el Senado para convertirla en una cámara territorial y que no siga siendo la Academia de los Ociosos, replantear el estado autonómico hacia un lógico federalismo más acorde con la propia evolución política de las Comunidades Autónomas. La Constitución española parece ya de tiempos de Maricastaña, y los guitarristas de don Mariano siguen con su rasgueo la partitura rajoyana de La vida sigue igual, pero sin las palpaciones pélvicas de Julio Iglesias, siguiendo al pie la letra de su sursuncorda.

Nuestra Constitución seguirá por desgracia como está, sujeta con los andamios de la desidia que le han levantado este PP rezongón y sus cofrades de la Santa Alianza -imagínense a sus señorías holgonas trabajando en la chapa y pintura de la Carta Magna: un imposible-. Esta y no otra es la retahíla de niño apócrifo de las Juventudes: "-No encuentro palabras para ponderarte, presidente-". Y va don Mariano y dice con la boca de Antiguo Testamento aquella frase de André Breton: "Pensad en Persia, pero no en Grecia. El gran error es el error griego. Bello, pero error", en clara referencia a la espantada de Alexis Tsipras, aludiendo al otro Pablo.

Pero al poema épico de don Mariano le ha salido una chica progre llamada Cristina Cifuentes, un verso libre que, desobediente, ha querido curar en Madrid al emigrante sin papeles, convirtiendo en papel mojado aquel indigno Real Decreto Ley 16/2012, tramitado sin debate parlamentario y que excluía del sistema sanitario a los extranjeros en situación irregular. La vocación de atención universal de Cifuentes ha dejado a Albert Rivera -que no quiso otrora derogar el decreto- con los calzones de la xenofobia bajados, color Albiol. Mientras, en los predios del PSOE, Carmona es un muerto que se levanta madrugador y contestón, dicen ahora que para hacer la guerra por su cuenta, hecho contracrónica de Pedro Sánchez. Nos va a dar muchas sorpresas con su sonrisa de hombre de rito democrático e inusual, porque él sabe que la poesía es más verdadera que la historia y por eso defiende con tanto ahínco la casa de Vicente Aleixandre, que amenaza ruina, como la Carta Magna.

En la turbamulta de la taberna, sendos currutacos de luenga barba escancian sidra junto a dos jóvenes nórdicas: la belleza es una obligación de los fenómenos, que diría Schiller. Una de ellas, acodada en la barra, apura el vaso con los ojos azules cargados de mirada y secreto, y la otra, revolté y pelirroja de piel de oblea, se destaca desde el fondo del restorán y se abre paso en un entrar y salir de botellas y salpicones de sidra. Los de ellas y los de ellos: dos orbes distintos y distantes, la mutua desconfianza de las galaxias, que diría Sartre. "¿Cuál es su misterio?", nos pregunta con sonrisa pícara nuestro amigo el periodista Ricardo Martín. Ahora Ricardo se ha hecho muñeco de pimpampum de las tertulias políticas de la tele y le paran las señoras mayores por la calle. Vamos vestidos prêt à porter, de izquierda exquisita. Lo que no entiende Ricardo es que las diosas así no ven la tele porque se tienen que beber la noche. No quieren nada, de hecho, ni siquiera discurso, como se puede apreciar entre trago y trago junto a sus silentes bandoleros. Lo que quieren es chachachá, el rubicundo enrolle de la noche asturoscura, casi verde; tan solo un colega horizontal, Ricardo, no un flâneur paseante y hablante, que eso les cansa mucho y algunos estamos todo el día pegando la hebra. Por la mañana, en la playa, las guiris bajan las larguísimas y empinadas escaleras de piedra, zambulléndose en el pintoresquismo de la ola, la roca, la lapa y la barca con pescador. Afuera, con galernazo de lejanía, ruge el gentío de la plaza Mayor, elegante como patio de caserón señorial, con ínfulas de grandeza por su vecindad con las termas romanas de Octavio Augusto. De vez en vez, se deja escuchar el empuje del oleaje sobre el espigón, que es la herida abierta del mar en la epidermis de la ciudad, oreada por el aroma de la manzana.

Hay una hoguera de verdor cristalino y burbujas regando el empedrado mientras en la pantalla se nos anuncia que once personas han muerto corneadas en los festejos populares patrios, el peor dato en 15 años: los alcaldes paletos de esta barbarie del siglo XXI salen justificando lo injustificable y tal y cual. Ellas alzan la mirada para contemplar el espectáculo de la muerte en directo, el fuego graneado de la crónica negra. Así que nos pasó como a don Mariano y al niño PP-Pablo con la reforma constitucional: que nos sobrevino un calentón preelectoral.