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Refugiados: el efecto bumerán que golpea a Occidente

12/09/2015 10:00 CEST | Actualizado 12/09/2016 11:12 CEST

El censo de refugiados en Europa, con los rompeolas de Melilla, Lampedusa, Calais o el archipiélago griego, se ha multiplicado exponencialmente en las cuentas ministeriales, que no se acordaban -ay, Angela; ay Mariano; ay, Dave; ay, François- de que sus países se encontraban devastados. Vienen al viejo continente para la trágica supervivencia y el hambre suburbial de los trabajos que nadie quiere, los que ya tienen la piel oscura.

La dura imagen del pequeño Aylan ha quedado impresa en la olvidadiza retina del mundo, sus tres años dormidos para siempre, con su piel blanquísima de playa turca y su cabecita acariciada mortalmente por las olas: él es el ángel que nos retuerce nuestro cínico bienestar. Aylan, niño bendito, se ha hecho espejo eterno de agua de mar que refleja nuestro injurioso vivir. Hay periodistas que, indignados, han alzado la voz contra la publicación de esa imagen; otros creemos necesario que, con el debido respeto, velando el rostro del niño, se ha de mostrar la realidad en su visión general porque es el signo mortal de la infamia poscolonial. Porque en su muerte encontramos culpables, cómplices, malditos, altivos, políticos... asesinos.

A las imágenes del éxodo y los miles de fallecidos que pesan sobre la conciencia del mundo y a su respuesta social -la obvia indignación-, debe seguirse la indagación en los orígenes, no quedarse solo en la fotografía. Así, rebuscando en la memoria -que cada vez muere joven-, nos encontramos con la operación de arrasar Libia por parte de EEUU, Reino Unido y Francia de marzo a octubre de 2011: bombardeos codificados con extravagantes nombres que, sin un proyecto organizado, desencadenaron el caos y la destrucción. La ONU no cumplió su compromiso protector: el pretexto, la indecente justificación del arte de la guerra, que es un negocio: murieron 30.000 civiles en su sangriento Stratego de salón mientras Washington enviaba a agentes de sus multinacionales del gas y el petróleo a negociar con los rebeldes libios. Miraron después de bombardear, se fijaron un poco y vieron que todos estaban muertos: qué cosas.

El objetivo de Obama, Sarkozy y Cameron no era otro que liquidar a Muamar el Gadafi, el dictador de la pistola de oro que le había pagado al presidente galo parte de su campaña electoral; el responsable del Banco Central de Libia, que estaba fuera del alcance de los banqueros suizos, al igual que los bancos de Irak, Siria, Líbano, Somalia, Sudán e Irán -ay, Midas del mundo-. Cuando muere Gadafi, la secretaria de Estado Hillary Clinton dijo carcajeándose en la CBS aquello de "We came, we saw, he died!", parafraseando el "Veni, vidi, vici" de Julio César, lema por cierto, Hilary, de tus francotiradores reclutas. Así son los states: te alojan una bala con las barras y las estrellas antes de que cantes La Traviata. A Hussein, que quería ser niño del coro o cantante pop de los secretos de los Bush, lo colgaron, que era mucho el repertorio que traía y no era plan de montar el show en el escenario del mundo. Luego vino Assange, que es como un dandi vestido de agente secreto-periodista o reportero del cotilleo de Estado con pedigrí con ganas de aventar papeles, y todo se supo.

Tras la orquestada descomposición del Estado libio y de su Banco Central, Estados Unidos y Francia -pinto, pinto, gorgorito, a quién le envío el misilito- repitieron la operación sobre Siria -país que no comprenden- apoyando, esta vez, a los grupos terroristas de Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes a los que había perseguido: ayer te mato, hoy te amo, en su lógica ilógica del amor geopolítico del oro negro y las rebajas de tanquetas en el desierto, que salen a cuenta.

Mientras Occidente pintaba Damasco mojando el pincel de brocha gorda en el cubo de la ignorancia, en la capital los rebeldes alauitas, chiíes y suníes se unieron para atacar a Bashar al-Assad con el inestimable suministro de armas del Pentágono, a cuya feria se unieron Turquía, Israel, Qatar y Arabia Saudí. Volatilizadas Homs, la ciudad cristiana de Malula y Alepo, entre otras, y amenazada Damasco, el éxodo de los ciudadanos era obligado. Y los suníes y otras sectas fueron transformándose en yihadistas primero y en terroristas después, de la mano polvorosa de los Estados Unidos, que ya tienen mucha experiencia en este campo, armando y entrenando terroristas desde las guerras que los muyahidines armados le liaban a Rusia y cuya segunda generación son los talibanes de hoy.

El periodista Robert Fisk denunció el pasado agosto en The Independent que un convoy conducido por agentes turcos y repleto de armas cruzó la frontera siria en dirección a los grupos del ISIS -los mismos que degüellan a los corresponsales- para aprovisionarlos de armas para matar a Al Assad. Cuatro millones de refugiados sirios han huido ya de su patria y malviven en los campamentos de la frontera de Siria con Jordania antes de, presos de la desesperación, emprender el viaje definitivo, por tierra y mar, por donde sea. La UE cae ahora en la cuenta, entre olvido y olvido, de que debe unificar sus estatutos de refugiados, de que debe crear oficinas de identificación y apoyo a los refugiados provenientes de Siria, Libia y Líbano. ¡Cómo tenía yo la cabeza, François! ¡Tanto lío de faldas! ¡Tanto avión que envió a Oriente Próximo el Pequeño Napoleón!

Disfrazados por la opinión pública occidental de guerras de religión todos los conflictos de Oriente Medio, hemos olvidado las excepciones de que los Gobiernos de Irak, Egipto y Siria eran inicialmente laicos. Ahora, miles de refugiados políticos -no inmigrantes: se está incumpliendo en la mayoría de los casos la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951- tratan de alcanzar las fronteras de Francia y Reino Unido, los Estados que volatilizaron sus hogares.

Mientras, don Mariano, hecho mozallón de la vuelta al cole, para no ver al inmigrante se sienta en el pupitre de la bulliciosa escuela de verano pepera del toco-mocho de juventudes que le ha montado Andrea Levy en Lloret de Mar: él a lo suyo, que nunca es lo nuestro, o a lo que le diga Angela, como les ha pasado a los dirigentes húngaros -los János Áder y los Viktor Orbán, sobre los que pesa la sombra (húngara) de la corrupción, que escriben al diktado de Alemania: ahora cierras fronteras, ahora las abres; ahora no les dejas subir a los trenes y ahora sí.

Ya está aquí el efecto bumerán. Al ángel Aylan no se lo llevó un naufragio, sino el bumerán de Occidente, en su retorno de dolor y muerte, que avanza por toda Europa en forma de miles de almas; hombres mujeres y niños sobre los que Estados Unidos y muchos gobiernos europeos tienen una responsabilidad que están empezando a asumir demasiado tarde, que antes el papel-moneda les ocupa y preocupa, cuando en realidad la sociedad civil les lleva una plusvalía ética de distancia.