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La guerra moderna contra el terrorismo: Jason McCue en TEDGlobal 2012

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Fotos: James Duncan Davidson.

Jason McCue sube al escenario con una camiseta donde se lee "Liberen a Yulia, en Ucrania" en referencia al encarcelamiento, en 2011, de la política ucraniana Yulia Tymoshenko, como adelanto de lo que vendrá en su charla: una discusión sobre terrorismo y derecho.

"Estamos en guerra contra una nueva forma de terrorismo", advierte. La percepción tradicional del terrorismo, de combatir la criminalidad brutal con la fuerza bruta, es peligrosamente anacrónica. En su lugar, McCue quiere que pensemos en el terrorismo en términos de marca. "Veamos el terrorismo como si fuera una marca global, como Coca-Cola", dice. "Ambos casos son bastante malos para la salud". El público se ríe.

El planteamiento de McCue es, sin embargo, muy serio. El terrorismo es un producto defectuoso, señala. "Es malo para tu salud, es malo para quienes lo padecen, y tampoco es bueno si uno es un terrorista suicida. "No hace lo que dice en el envase", añade, en referencia a un lema comercial clásico británico que se ha convertido en un eslogan común. "No van a tener 72 vírgenes en el cielo, eso no sucederá".

Ver el terrorismo como una marca también ayuda a identificar tu talón de Aquiles: al igual que las marcas globales, el terrorismo necesita consumidores que lo compren. Por lo tanto, pueden emplearse estrategias muy sencillas para atacarlo. En primer lugar, podemos competir y reducir su cuota de mercado. "Podemos demostrar que somos un mejor producto", defendió, y añadió enfáticamente: "Si estoy tratando de demostrar que somos un producto mejor, entonces yo no haría cosas como las de la bahía de Guantánamo". Por eso, tenemos que reducir la necesidad subyacente del producto en sí, abordando cuestiones como la pobreza y la injusticia, factores que alimentan al terrorismo.

Después, podemos atacar el producto, "atacar el mito de la marca". Al poner de manifiesto los peligros de la Marca Terrorismo, podemos revelar la falta de heroísmo en la matanza. En esencia, debemos hacer hincapié no sólo en los productores o en los inversores del terrorismo, sino en los consumidores. "Tenemos que llegar a esos países de origen. Ahí es donde reclutan; ahí es donde obtienen su poder y su fuerza". Participar y educar en este nivel es una forma de actuar sobre la situación. Sí, reconoce, esto significa que "en efecto, tenemos que bailar un poco con el diablo", pero tenemos que demostrar que somos mejores, tenemos que practicar lo que predicamos y tenemos que mostrar que el otro "producto" no es bueno.

La mejor manera de hacerlo, dice, es brindar apoyo y aliento a las víctimas del terrorismo. Y en ese momento confiesa algo que provoca en la audiencia una risa nerviosa. "Yo les quería hacer volar por los aires a todos ustedes", dice. "Pero TED, por razones de salud y seguridad, dice que tengo que hacer una cuenta regresiva". A pesar de que la decisión de evitar un ataque al corazón masivo entre la audiencia parecía buena, el estruendo que causó la bomba falsa que siguió a su 3-2-1 fue tan alto que hizo saltar la gente de mi alrededor.

Todo el mundo guarda silencio mientras McCue explica lo que podría haber sucedido. "La dama de la butaca 15J era una terrorista suicida", dice, y ahora todos somos víctimas. Toda una audiencia de 625 personas; y en un santiamén nuestras vidas acaban de cambiar. "En los asientos había un padre y su hijo", dice, apuntando hacia el auditorio. "El hijo ha muerto, el padre vive. El padre probablemente se reprochará en los próximos años por qué no se sentó allí en el lugar de su hijo. Se refugiará en el alcohol y quizá se suicide en tres años. Esas son las estadísticas".

Y hay más. Esa "dama joven y atractiva" de allí sufrirá las heridas de "la metralla humana" durante décadas. Otra mujer pierde sus piernas. La atención médica y el apoyo gubernamental será tan insignificante que su hija abandonará su puesto en la universidad para cuidar a su madre. Los demás quedaremos traumatizados de por vida.

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Esa es la cuestión. "Nos solidarizamos, pero después de un rato empezamos a ignorar", dice McCue. "No hacemos lo suficiente como sociedad. No cuidamos a las víctimas, ni las rehabilitamos. Y, sin embargo, las víctimas son la mejor arma que tenemos contra la proliferación del terrorismo."

Por eso McCue hace el trabajo que hace: emplea los sistemas jurídicos del mundo para luchar por los derechos humanos. Describe su trabajo, al que llama "guerra jurídica", en más detalle. "Cuando en un principio considerábamos emprender acciones civiles contra los terroristas, la gente pensaba que estábamos locos", dice. De hecho, uno de sus primeros casos estaba relacionado con el atentado de Omagh de 1998, perpetrado por el IRA Auténtico en Irlanda del Norte. Dado que ocurrió en medio del proceso político de paz, inicialmente no hubo inculpados. Eso significaba que los terroristas quedaron en libertad en una comunidad relativamente pequeña, como señala McCue, es decir, "iban de compras a los mismos supermercados que los familiares de las víctimas". Así que, en lugar de una causa penal, un grupo de víctimas trabajó con McCue para iniciar una causa civil. Si bien actualmente ha sido recurrida, McCue cree que el caso tuvo efectos significativos. "No sólo porque se percibe que se recurrió a la justicia", dice, "sino porque para el IRA Auténtico y para otros grupos terroristas, su fuerza los hace perdedores. Cuando sacamos a las víctimas del lugar de desvalidos y revertimos la situación, no supieron qué hacer. Se sentían avergonzados, se redujo el reclutamiento. Cesaron las bombas en respuesta a esta acción y las víctimas se convirtieron en fantasmas que rondaban por la organización terrorista".

Más allá de exponer casos, algo que continúa haciendo, sugiere esta herramienta poderosa de lucha contra el terrorismo: crear el cambio desde dentro, alentando la participación y la conexión en las zonas pobres que son presa del terrorismo. "Estas iniciativas cuestan menos que un misil y, sin duda, menos que la vida de un soldado". No es un camino fácil, por supuesto. Es políticamente arriesgado, tanto para los protagonistas como para los interlocutores. Y comparte la historia de un diálogo que entabló con un grupo que le arrojaba piedras cuando llamó la atención sobre un punto con el que no estaban de acuerdo. Y que luego, nuevamente, realizó disparos al aire cuando estuvo de acuerdo. En ningún caso ese era el ideal, señala mientras se encoge de hombros.

El terrorismo del siglo XXI es algo más que simples intervenciones militares. "Tenemos que fomentar respuestas más modernas y asimétricas", afirma McCue, en voz baja pero con clara pasión. "No se trata de ser blandos con el terrorismo. Tiene que ver con la lucha en los campos de batalla contemporáneos".

Y lo más importante, tenemos que formularnos -y respondernos- algunas grandes preguntas, muy importantes. Los terroristas, ¿realmente necesitan recurrir a las bombas para llamar la atención del mundo? ¿Por qué estamos ignorando la lucha humana? ¿Son las bombas nuestra única forma de llamar la atención? La sociedad, ¿necesita una crisis para cambiar? Tenemos que dejar de ser reactivos y pasar a ser más proactivos, argumenta. Y como cantaron los Rolling Stones y suenan ahora en el teatro, quizá sólo deberíamos aprender a tener cierta simpatía por el diablo.

Guión: Ben Lillie
Traductor: Sebastián Betti
Revisora: Lidia Cámara

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