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El verdadero debate no son los deberes

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El mes de noviembre no ha arrancado con debate ministerial sobre las reformas que se tienen que llevar a cabo para adecuar la LOMCE a las exigencias de la comunidad educativa. El mes de noviembre ha comenzado con el enésimo debate sobre los deberes. No se sabe si alentados o no por la campaña publicitaria de una conocida empresa de muebles y decoración, el caso es que la CEAPA (Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado) ha convocado una huelga para que los alumnos se rebelen contra sus profesores y durante este mes se nieguen a hacer los deberes.

Siempre he defendido que la educación de nuestros niños y jóvenes es una tarea compartida entre padres y docentes. Ambos navegamos en una misma barca y tenemos que remar en la misma dirección para conseguir llevar a los chavales a buen puerto. Resulta complejo defender esta teoría cuando el que debería remar a tu lado, utiliza el remo para intentar tirarte de la barca.

Los docentes somos los profesionales de la educación y, como tales, tenemos que ser considerados y valorados. Con medidas como la llevada a cabo por esta confederación solo se consigue poner en entredicho la profesionalidad, autonomía y saber hacer de unos profesionales que únicamente perseguimos el bien de nuestros alumnos y el progreso de la sociedad. Es complicado inculcar unos valores o intentar guiar a un chaval cuyos padres infravaloran tu labor y plantean dudas sobre tu capacidad y saber hacer como docente.

Está en marcha nada menos que una lucha por los derechos civiles, encabezada por los jóvenes y su inagotable energía.

Me surge la duda de si los padres que reclaman más tiempo libre para sus hijos no están realmente demandando más tiempo libre para ellos. Cada vez se extiende más la idea de que los padres tienen que hacer los deberes con los hijos, privándose ellos mismos del poco tiempo libre que sus trabajos les dejan. En casa, el chaval tiene que trabajar solo, tienen que surgirle dudas a él solo, tiene que darse cuenta él mismo de si ha comprendido o no un problema y es él el que tiene que, al día siguiente, plantear al profesor sus dudas en clase. Solo así se consigue avanzar.

Como profesor de inglés, prefiero emplear los minutos de clase en que los alumnos interactúen entre ellos y conmigo de forma oral, ya que en casa esa posibilidad no la tienen, y que sea en sus habitaciones donde realicen parte de la tarea escrita que simplemente refuerce lo ya visto en clase. En cualquier caso, no penalizo al alumno que no trae la tarea hecha, ni premio al que la hace. Será el propio avance o no del alumno en la adquisición de contenidos y destrezas el que lo haga.

Puedo estar de acuerdo en la racionalización del tiempo de trabajo en casa, especialmente en los alumnos más pequeños. Se pueden plantear medidas internas y coordinadas entre los profesores de cada centro para distribuir las tareas de forma más equilibrada a lo largo de la semana. Todo eso es posible, y probablemente debamos hacerlo, pero somos nosotros, los profesionales de la enseñanza, los que tenemos que decidirlo.

La calidad de la educación no solo se mide en la cantidad de deberes, se mide en la ratio desorbitada en la mayoría de los centros, en la casi desaparición de los programas de tutoría y de convivencia, en las limitaciones de las actividades complementarias y extracurriculares, en la falta de recursos tecnológicos que realmente preparen a los jóvenes para la Europa del siglo XXI o en la oferta de plazas universitarias alejada de la demanda real de determinadas especialidades. Es ahí donde debería estar el verdadero debate.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor