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Luchar contra el 'bullying', una cuestión de empatía

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Foto: ISTOCK

En los últimos días nos han asaltado portadas de periódicos con titulares en los que se habla de niños y adolescentes que son objeto de los abusos de sus propios compañeros con consecuencias cada vez más preocupantes. Con mayor asiduidad nos preguntamos los docentes y los padres qué podemos hacer para prevenir estos tristes sucesos. La respuesta no es sencilla.

Los hay que dicen que toda la vida han existido riñas en los patios, que siempre ha habido chavales que han recibido burlas y rechazo por parte de sus propios compañeros y que nunca se había generado tanto revuelo como en la actualidad. La diferencia es que la actualidad de ahora poco tiene que ver con la actualidad de entonces. La sociedad ha cambiado, los chavales son más vulnerables, con menos habilidades sociales y con más dificultades para desarrollar la empatía. Y en eso todos somos responsables.

Los docentes tienen una labor fundamental en el día a día. Algo tan sencillo para algunos chavales como encontrar compañeros con los que realizar un trabajo en equipo se puede convertir en una pesadilla para otros y es necesario gestionar con anticipación este tipo de actividades. La labor del tutor del grupo y del orientador del centro también es fundamental en este aspecto. Además de llevar a cabo acciones que refuercen las relaciones entre iguales y que creen identidad de grupo, tienen que ganarse la confianza de sus alumnos para que estos puedan comentar con naturalidad el más mínimo problema que surja entre ellos. Con grupos de 30 alumnos no es sencillo percatarse de todo lo que ocurre en un aula en todo momento, pero tal vez se facilite la tarea si se crea un ambiente de confianza en el que sean los propios alumnos los que den las pistas para que después actúen los profesores. En este sentido, sería necesario reforzar los recortados planes de convivencia y mediación de los centros.

Sin embargo, no todo termina al salir por la puerta del patio. Hay abusos que terminan cuando suena el timbre y los hay que empiezan cuando suena una notificación. Lo que antes eran riñas o burlas de patio que terminaban una vez se llegaba a casa, ahora se prolongan vía redes sociales. El rechazado antes era aquel con el que nadie quería hacer un trabajo, ahora es al que no se incluye en el grupo de WhatsApp de la clase. Antes había pintadas en las puertas de los baños, ahora llegan tuits o mensajes en los muros de Facebook. El conocido como cyber bullying cada vez tiene más impacto entre los jóvenes. Aquí el problema es aún mayor porque el hecho de que los jóvenes se protejan tras una pantalla les hace creerse más fuertes y los daños pueden ser incluso más graves.

Aquí probablemente sean los padres los que tengan que supervisar con mayor ahínco el uso del teléfono por parte de sus hijos. De nuevo, un clima de confianza con ellos o limitar el tiempo y gestionar los momentos que pasan con sus smartphones puede ayudar. Los habrá que argumenten aquí aspectos relativos a la privacidad de los pequeños. Recordemos que son niños, que muchas veces no son conscientes de que lo que para ellos puede ser una broma, para el que está al otro lado de la pantalla puede ser algo más. En cualquier caso, esto no deja de ser un parche. La clave está en el diálogo con los hijos para prevenir estas situaciones.

En definitiva, la labor conjunta de padres y docentes es fundamental para cambiar el rumbo de nuestra sociedad. Es necesaria una comunicación constante con cualquier pequeño detalle que en el aula o en casa se pueda detectar para intentar atajar el problema a tiempo. Y sobre todo, el chaval tiene que saber que no está solo. A veces lo que para ellos es un problema enorme del que no ve salida, un adulto lo puede solucionar en unos minutos. La prevención, la detección temprana y la mediación para enderezar conductas, parecen ser la clave en este asunto.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog del autor