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Miguel de la Quadra-Salcedo

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Al enterarme de la muerte de Miguel de la Quadra Salcedo, no sentí otra cosa más que no fuera una orfandad eterna. Soy de la generación de niños que quisimos tener la beca para hacer la Ruta Quetzal. Todo se mostraba tan lejano y exótico. En mi infancia no tuve niños de otros países, ni de otros credos. Parecía que el racismo no existía en este país. Aquellos países estaban lejanos. Don Miguel nos enseñó a amar el planeta, sus costumbres, sus ritos. A querer que la aventura formase parte de nosotros mismos. Me recuerdo feliz pero incompleto. Mis ansias por conocer otros mundos me retenía en libros y libros. Ante la ausencia de Internet, la enciclopedia era mi mayor aliado. Viajaba a otros mundos gracias a los Atlas.

Aquellos niños de la televisión, de sus reportajes, eran lejanos, como de ficción. Tal vez era todo una invención de TVE. Meros actores que nos hacían soñar con lugares lejanos, típicos personajes de novelas de principios de siglo XX. A pesar de que ya cuento con una edad, no termino por creerme que haya muerto. Creo que todavía está navegando el Orinoco, o explicando los secretos de la selva a incautos chavales.

Es un bonito ejercicio de nostalgia viajar a la infancia, surcar la adolescencia como si de una aventura se tratase. A veces las peores aventuras residen en los recuerdos. Rememorar imágenes del pasado producen impactos difíciles de describir. De la Quadra-Salcedo fue el motor que nos hizo soñar con grandes aventuras. No recuerdo a los niños de mi entorno soltando soflamas racistas. Nos enseñó a amar, no a odiar. No estaba en nuestro ADN el odio al prójimo, tal vez eso lo trajo la globalización o la sociedad del gran hermano que tanto nos machaca.