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La 'Fearless Girl' me inspira en la lucha contra el machismo

27/04/2017 21:58 CEST | Actualizado 01/05/2017 10:18 CEST
EFE

Hace unos días, en Nueva York se zanjó temporalmente una discusión acerca de derechos de autor, mercadotecnia y paisajismo urbano que arrancó cuando una compañía de seguros tuvo la idea de poner en la vía pública de aquella ciudad la estatua de bronce de una niñita desafiante de apenas 1.20 metros de altura que aparentemente confrontaba al famoso y enorme toro de Wall Street, también de bronce.

La discusión terminó cuando el Ayuntamiento de la ciudad determinó que ambas obras podían convivir en el mismo espacio urbano y, que de momento, la llamada Niña sin miedo (Fearless Girl) seguiría donde fue colocada.

Si tomamos en cuenta que el toro fue puesto "provisionalmente" en ese sitio hace años y nadie lo ha movido, creo que podemos pensar con bastante seguridad que la situación quedará así, definitivamente.

Pero en realidad no es eso, sino del contexto general de lo que les quiero hablar.

Desde que me enteré por medio de ese universo complejo que son las redes sociales de la existencia de la Fearless Girl, he estado pensando acerca del simbolismo que representa para mí.

Como padre de dos hermosas niñas mellizas, una de las mayores preocupaciones que tengo es su seguridad. Y no me refiero a esa concepción que incluye cuestiones como educación, amor y alimentación.

Hablo de que, por el simple hecho de ser niñas y nacer en México, mis pequeñas viven en un constante peligro: de ser abusadas, de ser agredidas, de ser minimizadas y de caer en la sumisión ante imbéciles machistas y del sistema social de doble moral que vivimos en mi país, cuando se trata de la aplicación real de los derechos de las mujeres y la igualdad sustantiva.

Por eso la batalla legal de la Fearless Girl tuvo tanto significado para mí, porque a pesar de que se encuentra a miles de kilómetros de distancia, es una clara representación de la batalla que mis hijas, y millones de niñas mexicanas deberán enfrentar durante todas sus vidas para hacerse valer y cambiar el orden antinatural de las cosas en su entorno.

La imagen de una niña aparentemente frágil que se planta como si fuera una torera o una superheroína ante un toro desbocado me permite pensar en las oportunidades que seguramente ellas lograrán construir, y en las barreras que en lugar de detenerlas solo serán una motivación para seguir avanzando, siempre superando prejuicios y peligros.

Y esto suena bonito, pero es muy difícil de lograr.

En otros momentos y lugares, los medios se han hecho eco de actos igualmente simbólicos de mujeres de carne y hueso, valientes que se han decidido a enfrentar los prejuicios raciales y culturales en sus comunidades. Por ejemplo, Saffiyah Khan defendió a otra mujer musulmana ante el acoso de los miembros de una organización de ultraderecha en Inglaterra, respondiendo a la vociferación con una actitud increíblemente serena y digna.

También podemos mencionar a Tess Asplund, activista negra de 42 años de Suecia, que se enfrentó a cientos de neonazis para demostrarles que su doctrina de odio no pasaría fácilmente.

También Leisha Evans es recordada por plantar cara sin miedo a los antimotines de Baton Rouge durante las protestas del "Black Lives Matters".

Ciudad de México es la segunda capital menos segura de Latinoamérica para las mujeres que se movilizan en transporte público.

Todos estos eventos, cubiertos por los medios de comunicación, podrían parecer esperanzadores para mis enanas, pero de nuevo, no vivo en un país del primer mundo, no son estatuas de bronce y no vivimos en una protesta mediatizada por un asunto que le interesa a la agenda de medios y políticos por igual.

Mis peques viven aún en un mundo de fantasía propio de los cinco años, se visten de supergirl y wonder woman para su fiesta de cumpleaños, juegan que su papa es monstruo amoroso al que pueden combatir con sus súper poderes y viven en uno de los países más violentos del planeta, en la capital de ese mismo país, la cual, por poner un botón de muestra, es clasificada como la segunda capital menos segura de Latinoamérica para las mujeres que se movilizan en transporte público.

Ahora, hoy mismo, las dejé a ellas y a su hermano (el último coequipero de mis trillizos) en la mañana en la puerta de su escuela, y en unos minutos las recogeré para ir a natación, feliz de pagar el costo de tiempo y dinero que todo eso significa con tal de que se la pasen bomba, hagan ejercicio y amigos en un ambiente seguro.

Y es que eso es el punto final de esto, buscar seguridad para ellas en un país donde miles de mujeres de todas las edades desaparecen cada año para reaparecer, si hay suerte, como esclavas sexuales de triadas orientales, y si no la hay, como despojos humanos en algún páramo desértico del norte del país.

Por eso, la Fearless Girl significa tanto para mí. Quizá como buen comunicólogo necesitaba un último estimulo visual que me dijera que el desafío es el inicio del cambio.

Ojalá así sea.

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