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El implacable mediocre

03/02/2018 11:40 CET | Actualizado 03/02/2018 11:40 CET
Getty Images
Sergio Rico, portero del Sevilla FC.

Al día siguiente nadie hablaba de otra cosa. El veneno estaba enloquecido, vagabundeando sin retorno. Sergio, el portero de un famoso equipo de fútbol había cometido un fallo durante el partido. No acertó a atrapar un balón llovido al área, a decir verdad, apenas despegó los pies del césped en su intento de despeje. El jugador contrario, sin esfuerzo, consiguió de cabeza acomodar el esférico al fondo de las mallas. Esto desató la jauría humana.

Como en la película de Arthur Penn del mismo título, alrededor del hecho principal se empezó a hilvanar una red de odio que dejaba a las claras la degradación de cada uno. Las críticas en los medios sociales zarandearon al arquero con una vehemencia en ocasiones brutal.

Me cuesta entender cómo más allá del acto reflejo de maldecir en el momento al culpable haya una empeñada prolongación destructiva hacia la persona

Me cuesta entender cómo más allá del acto reflejo de maldecir en el momento al culpable haya una empeñada prolongación destructiva hacia la persona. Someter a un linchamiento a alguien sólo proyecta lo miserable que se puede llegar a ser cuando nos creemos en posesión de superioridad respecto a otro. Pero la caza de brujas sólo entiende de vísceras.

Para mí, el deporte es presenciar que no existe máquina perfecta, sino una encomiable capacidad personal de rehacerse en la misma partida o en la que sigue. De imponer el sacrificio del esfuerzo y levantarse una y otra vez. Eso que ya ha demostrado en otras ocasiones este cancerbero, que durante la temporada actual aglutina las mismas luces y sombras en el juego que su equipo.

Estos jueces Dredd de pega, ¿cuántas veces no habrán despegado los pies del césped en su trabajo? Sin cargar con críticas, ocultos tras el anonimato de sus vidas. Y en cuántas oportunidades, escondidos tras el gentío, habrán aprovechado para denunciar la paja en el ojo ajeno. Ellos, que lo más cerca que andaron de estar donde Sergio ha sido a un metro del televisor de su cuñado, con una copa de alcohol en la mano, mientras esputaban opiniones sin argumentario.

Ya no estoy seguro de qué les mueve más el ímpetu, si ver ganar al equipo en el próximo partido, o presenciar cómo el guardameta cae al fuego que ellos mismos han soliviantado.

Me pregunto si estas mismas voces tan implacables aplicarán esa exigencia en su día a día, o en cuestiones de un mayor calado. ¿Protestarían con esa vehemencia crítica cuando la seguridad social no suministraba Sovaldi a los enfermos de hepatitis C?; o cuando la pobreza energética inunda hogares en invierno; o también cuando hay una agresión en manada.
Quizás en estos casos esa contestaria ira que hoy les quema la garganta pasa diluida hasta el desagüe.

Ya no estoy seguro de qué les mueve más el ímpetu, si ver ganar al equipo en el próximo partido, o presenciar cómo el guardameta cae al fuego que ellos mismos han soliviantado.

Al igual que el protagonista del relato de Peter Handke, El miedo del portero al penalty, esta horda enfurecida prevalece envuelta en un velo de solipsismo que los aleja de cualquier sentimiento que no provenga directamente de un terreno de juego.

Así, la inquisición cree que Sergio ha cavado su tumba deportiva en Butarque. Mientras tanto lo que han dejado patente es que cuando el aire jadea un atisbo de putrefacción los mediocres bailan.

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