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Guía práctica para la izquierda de cara a las elecciones del 26 de junio

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EFE
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El fracaso de las negociaciones para formar gobierno la pasada legislatura no ha sido una mera coincidencia. Se ha debido, no sólo al escaso margen de maniobra de los principales partidos políticos, sino también, y sobre todo, a las muchas estrategias -que llegan a agresivas- utilizadas en el marco de las negociaciones poselectorales, todas ellas dignas de cualquier manual de negociación que se precie.

Desde la confección por parte de Podemos de un gobierno a medida para el PSOE, transitando por la sorprendente decisión del PSOE de formar con Ciudadanos una unidad indisociable a efectos de negociar la formación de cualquier gobierno e intentando, de este modo, obligar a Podemos a abstenerse, o peor, condenarlo a la misma posición que Rajoy, hasta la decisión de ambos partidos de delegar en las bases la última palabra sobre la aprobación de determinados pactos. Las estrategias las hemos visto todas.

Ahora bien, el fracaso de Pedro Sánchez en la formación de un gobierno se debe superar con altura de miras. Ahora toca redefinirse. Ahora toca gobernar o dejar gobernar.

La derecha, incluso la encubierta, está en su derecho de intentar perennizar su poder político y el statu quo. Pero lo cierto es que las cifras corroboran lo que los ciudadanos y los mayores actores políticos han venido pregonando: las políticas de estos últimos años han fracasado estrepitosamente y urge una alternativa sólida. La razón es obvia: no podemos esperar resultados diferentes si seguimos implementando y ejecutando las mismas políticas.

En este sentido, la izquierda, hasta ahora fragmentada, debe aceptar el mandato ciudadano conferido, que no consiste sino en dar un vuelco a las políticas económicas y sociales de estos últimos años y en asegurar, como mínimo, que los datos macroeconómicos, cuando sean positivos, casen con la realidad social.

Sea como fuere, no hay excusas que valgan para congelar un cambio real desde la izquierda. Dicho esto, le incumbe al PSOE el comprensible deber de sumar, y bajo ningún concepto dificultar, el esfuerzo para catapultar el entierro de las muchas políticas lesivas que azotan a los sustratos más vulnerables de la sociedad. De lo contrario, el PSOE corre el riesgo de contribuir todavía más a su propio desgaste, con la correlativa consolidación de la nueva izquierda como la única alternativa real de cambio. Es más, es susceptible de precipitar un futuro en el que la izquierda tenga definitivamente otra cara.

En este sentido, es de agradecer y aplaudir la decisión de Unidos Podemos de no fijar ninguna línea roja a efectos de pactar y formar gobierno con el PSOE de cara a las próximas elecciones. Lo que constituye, sin lugar a dudas, un gran paso para el éxito de unas eventuales, casi seguras, negociaciones entre las dos fuerzas para la formación de un gobierno progresista.

Nunca está de más recordar, y nunca me cansaré de hacerlo, que hacer política es anteponer determinados intereses a otros. Esto implica, en términos prácticos, priorizar, por encima de todo y sin condiciones, la satisfacción de cualquier necesidad ciudadana sobre el pago de los intereses de la deuda; permitir, sin más, los desahucios, esgrimiendo que así lo prevé la ley, o dificultarlos cambiando la propia ley, haciéndola más compatible con el derecho a la vivienda digna reconocido en la propia Constitución; blindar los derechos de los trabajadores o imponerles el contrato único, haciéndolos de este modo indefinidamente temporales, al otorgar al empresario la máxima flexibilidad para despedirlos en cualquier momento.

El voto responsable, de cara a las próximas elecciones de junio, se enmarca dentro de este juego de intereses y se interpreta única y exclusivamente en función de ello. Hay votos que son autolesiones, autoflagelaciones. Sí, los hay. Y cada día se nota más.

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