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Siempre hay alternativas

02/05/2015 09:54 CEST | Actualizado 02/05/2016 11:12 CEST

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No hay alternativas

La fuerte crisis económica, política y social de estos últimos años en España ha puesto en evidencia la enorme brecha existente entre lo que la política es y lo que debería ser. Además de destapar la abrumadora corrupción que estaba escondida detrás de un sistema político aparentemente decente, ha servido para arrojar luz sobre la lamentable actitud de los políticos, que no hacen más que dibujarse ojos y oídos en la espalda para seguir haciendo lo que quieren al mismo tiempo que aparentan estar mirando y escuchando al pueblo.

Frente a este escenario, por más que algunos se empeñen en intentar hacernos creer que no hay alternativas posibles a la clase política actual, podemos y debemos estar convencidos de que sí las hay. Desde luego, sería alarmante que no existiera ninguna. En todo caso, este discurso es ya un clásico en política y lo único que pretende es que un país permanezca estancado en el miedo y la indefinición y, sobre todo, que no reaccione, por más que haya miles de motivos para hacerlo.

La detención de Rodrigo Rato, exvicepresidente del Gobierno popular de José María Aznar, debe ser la gota que colme el vaso. Cuando la clase política se ve constantemente salpicada por innumerables casos de corrupción, urge una regeneración inmediata, y hace falta aún más implicación ciudadana que la creciente de estos últimos años.

El cambio debe contar con la implicación de todos, para lo cual es imprescindible el activismo político y social de aquellos que tardan en implicarse en esta lucha con la necesaria y merecida intensidad, porque el mayor rechazo a una determinada forma de hacer política se expresa haciendo política, pero de forma diferente.

Por más que sea obvio el mayor interés de la sociedad española estos últimos años por la política, no es menos cierto que hablar de política e implicarse de forma activa son dos cuestiones totalmente distintas. Los ciudadanos, al reivindicar una nueva forma de hacer política, deben ser el motor que mueva la sociedad, el combustible para que esta funcione.

Aparte de ser el segundo país con más desigualdades económicas de la Unión Europea, España no se queda corta en lo que concierne a la corrupción, y es también uno de los más corruptos. Esta lacra moral ha pasado de ser una cuestión anecdótica a formar parte de la rutina política: los casos de corrupción sacados a la luz son ya más de lo mismo; podría decirse que lo anormal sería lo contrario.

Todo ello apunta a la imprescindible necesidad de una alternativa sólida y seria a todo lo que ha venido siendo la regla general. Hay que apostar por otro concepto de lo público, de lo político y de lo social. Hay que impulsar y exigir cambios a todos los niveles del Estado. En medio de tal calamidad política, cuando la sombra de la corrupción acecha a las esferas más altas de la Administración, es totalmente irresponsable e inconcebible por parte de la ciudadanía no buscar ni apostar por una alternativa. Así pues, tanto en las elecciones municipales de este mes de mayo como en las generales de septiembre, dime a quién votas y te diré quién eres. Somos lo que votamos. Así de sencillo.

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