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En la cara oculta de la luna

17/02/2017 07:22 CET | Actualizado 17/02/2017 12:26 CET
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La onda expansiva de la crisis afectó en todas partes a la creencia de la gente en el sistema y a su confianza en las instituciones políticas, económicas, financieras o mediáticas. Estas últimas, se empeñan cada día en demostrarlo.

Cada vez que los medios de comunicación convencionales -la prensa escrita en papel, las grandes cadenas de televisión y de radio, traslucen una posición ante una consulta partidaria-, el resultado final es el contrario. Ya sea porque los medios han manifestado simpatía por un político frente a otros, ya porque han vaticinado la victoria del que ha salido derrotado, o más sutilmente, porque han hecho ver una aparente igualdad entre dos candidaturas, que la realidad ha desmentido de forma rotunda. En esos casos, ha salido triunfante la posición que disgustaba a los medios o que no esperaban. Esto no ocurre sólo en España, sino en los países desarrollados, los mismos que se vieron afectados por la crisis y que han dejado un reguero de víctimas inocentes. Y no ha ocurrido siempre, sino desde que la sociedad salda cuentas con la crisis, sus responsables y la forma en que han pretendido resolverla.

Ahora ha vuelto a ocurrir con las votaciones en Podemos. En el debate sobre lo que debía ser el nuevo partido, los medios convencionales traslucieron que se inclinaban en general por una posición. Y ha vuelto a ocurrir: ha salido lo contrario. Incluso la aparente igualdad de fuerzas de las dos posiciones, la de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, lo era para los medios de comunicación convencionales, no para los votantes de Podemos, a la luz de los resultados.

El error de cálculo, o el contar las cosas de modo diferente de como el tiempo demuestra que son, ha sucedido ya demasiadas veces: ocurrió con el Brexit. En la misma Gran Bretaña había sucedido ya antes con las primarias para elegir líder del partido laborista en 2015: ganó el candidato odiado por el establishment del partido y del país. Utilizo el término en inglés...no sé por qué...cuando existe esta expresión en castellano: clase dirigente... o, si se quiere emplear una sola palabra, casta. Pues bien, ganó Jeremy Corbyn, el diputado laborista que se había opuesto a decisiones derechistas de su partido. Contó con la abierta hostilidad de los medios de comunicación convencionales y una mayoría de los diputados laboristas le obligó a dimitir. Volvió a presentarse a las primarias, y de nuevo ganó, con mayor porcentaje de votos aún.

Hace pocas semanas, ha ocurrido de nuevo en Francia: el ex primer ministro socialista, Manuel Valls, brazo ejecutor de la reformas neoliberales de Hollande, se presentó a las primarias. Contaba con el apoyo del aparato del partido y fue señalado como favorito por la prensa. Cayó derrotado por el candidato más izquierdista, el ex ministro de educación, que había dimitido al oponerse a la reforma laboral.

Esta falta de sintonía con la realidad hace pensar que el criterio en los medios de comunicación no se marca desde aquí, sino desde la Luna.

Incluso en Italia, Mateo Renzi perdió el referéndum para reformar la constitución, pese a que era señalado por los medios de comunicación como el gobernante que necesita su país. Cuando se dice esto, en general se puede traducir como el hombre querido por los poderes dominantes. A los gobernantes les ayuda estar a bien con ellos. Antes era una distinción favorecedora. Ahora es un lastre.

También nos podemos remitir al referéndum en Grecia sobre las condiciones que imponía la Unión Europea. Los días previos a la consulta, las posiciones del no y el sí parecían muy igualadas en el relato de los medios de comunicación. Tal igualdad era un cuento. El 'no' ganó por 22 puntos de diferencia, aunque las autoridades europeas no respetaran luego el resultado y el país lo haya pagado al ser sometido a un protectorado de hecho.

Pero el caso más asombroso ha sido el de la elección de Trump como presidente de Estados Unidos. Los lectores de prensa, los oyentes de radio o espectadores de televisión españoles debieron de quedar, no sólo alarmados por la llegada de un fascista al puesto más poderoso del mundo, sino también pasmados, a la vista de lo que les habían contado. La asimetría entre lo que sucedía en Estados Unidos en el mes previo a la elección y lo que contaban los medios ha superado cualquier otro caso. Al menos visto desde la prensa española. "Trump contra las cuerdas tras sus comentarios sexistas", titulaba El Mundo el 9 de octubre. "Trump contra las cuerdas por obsceno", escribía El Periódico en un calco de titulares cada vez más frecuente en la prensa española (cada día, los medios convencionales se parecen más). "Crece la presión en EEUU para que Trump abandone", decía El País en su portada, para apostillar 8 días después "Las denuncias de acoso sexual destrozan la campaña de Trump". Y un día más tarde, creía tenerlo ya claro: "Las mujeres cierran el paso de Trump a la Casa Blanca".

No es que Trump no sea un obsceno, un acosador sexual, es que la sociedad norteamericana no le había abandonado por ello. Estados Unidos afrontaba el pasado noviembre una elección crucial, en medio de un divorcio nunca visto entre los ciudadanos y la clase dirigente de aquel país, y la solución para hacer frente a semejante crisis social y política y evitar el triunfo de un fascista peligroso se resolvía con acusaciones a Trump de agresor sexual y machista. Nunca un riesgo histórico para la humanidad se había resuelto de manera tan fácil. ¡Si hubieran tenido esa "arma letal" los demócratas alemanes en 1932, habrían evitado el acceso al poder de Hitler! Lo cierto es que el 53 por ciento de las mujeres blancas votaron a Trump, en lugar de a Clinton. Y es que el problema era que las clases medias norteamericanas (compuestas por hombres y mujeres) se habían empobrecido en el país más rico del mundo y atribuyen su desgracia a la clase dirigente, ya sean hombres o mujeres.

Esta falta de sintonía con la realidad hace pensar que el criterio en los medios de comunicación no se marca desde aquí, sino desde la Luna y más en concreto desde su cara oculta, en la que nunca se ve nuestro planeta.

Desde la crisis desatada en 2008, el mundo desarrollado, ha cambiado. Entonces se rompió en mil pedazos el "tinglado de la antigua farsa" que consistía en pagar escasamente a los asalariados, pero prestarles dinero para que gastasen, satisfacer sus deseos y asegurar la producción y el crecimiento económico. Y sobre todo garantizar el enriquecimiento de una minoría. La onda expansiva afectó a la creencia de la gente en el sistema y a su confianza en las instituciones políticas, económicas, financieras o mediáticas, cuya valoración está por los suelos, según las encuestas.

No percibirlo, nos instala en la cara oculta de la Luna.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor

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