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Gracias, Europa, en nuestro 30 aniversario

12/06/2015 07:14 CEST | Actualizado 11/06/2016 11:12 CEST
dpa

Hoy hace treinta años que Madrid y Lisboa se adhirieron formalmente a las Comunidades Europeas, acto largamente ansiado por los demócratas portugueses y españoles, celebrado no tanto tiempo después de salir unos y otros de las respectivas dictaduras de Salazar y Franco, culpables estos no únicamente de crímenes contra la humanidad sino también responsables del retraso histórico de ambos Estados en incorporarse a la modernidad.

No es ocioso recordar -sobre todo a esa gran parte de la población (los jóvenes) que no lo vivió directamente, aunque es deseable que lo asuman históricamente- las ventajas logradas con la adhesión. Acabo de referirme a las morales, que pueden resumirse en el tránsito del lóbrego oscurantismo franquista a la luminosidad europea. De entre las materiales, citaré solo algunas. Los miles de millones de euros recibidos de Europa estos años nos han permitido, por ejemplo, construir 14.000 kilómetros de autovías, el AVE, la Terminal 4 del aeropuerto madrileño o el aeropuerto de La Palma. Sin olvidar las importantes ayudas a la agricultura, la ganadería o la pesca. Añádase a todo ello la libertad de movimientos dentro del amplio espacio europeo, los programas de intercambio culturales y educativos (que han permitido que miles de jóvenes salieran por primera vez de su país y vivieran experiencias antes inabordables y luego inolvidables) y tantos otros alicientes que durante estas tres décadas han hecho posible el acceso a una vida mejor. En un día como hoy me gustaría recordar (porque incide directamente sobre nuestra historia reciente, esto es, el fin de la dictadura franquista y el inicio de la democracia) las palabras de Bertie Ahern, primer ministro de Irlanda en 2004. En su calidad de presidente de turno de la Unión y en un discurso de bienvenida a los representantes de los diez nuevos Estados que aquel año, 18 años después que España, ingresaron en la Unión, Ahern, con una hermosa frase, definió la razón de ser de la Unión Europea: "Nunca debemos olvidar que de la guerra hemos hecho la paz; del odio el respeto; de dictaduras, democracias; de la pobreza, prosperidad".

Con el propósito de evitar que la nostalgia monopolice estas líneas, he aquí dos ejemplos recientes de beneficios materiales para nuestro país. España es el primer beneficiario de la iniciativa Instrumento Pyme de la Unión Europea, creado para financiar la participación de pequeñas empresas en proyectos I+D. Dicho instrumento está enmarcado en Horizonte 2020, el mayor programa de investigación y desarrollo de la Unión en toda su historia. Goza de un presupuesto de 80.000 millones de euros para el periodo 2014-2020. Hasta ahora, 154 pymes españolas han recibido ayudas de ese programa. También nuestro país es el más beneficiado de los préstamos del Banco Europeo de Inversiones. En 2014, el BEI ha otorgado 11.900 millones de euros a proyectos españoles. Y lo ha hecho precisamente por ser España uno de los países más afectados por la crisis. Por cierto, no es mi intención minusvalorar la gravedad de la crisis socioeconómica que desde 2008 padecemos aquí y en buena parte del continente, pero conviene recordar que el origen de la misma no fue europeo sino norteamericano, y que en nuestro país causas principalmente endógenas y no europeas provocaron el terremoto financiero y el estallido de la impresentable burbuja inmobiliaria.

Las negociaciones que durante varios años llevó adelante el Gobierno de Felipe González no fueron precisamente un camino de rosas, pues los intereses nacionales de algunos países integrantes de la Unión podían verse afectados por nuestra entrada por una mayor competitividad española en determinados productos. En especial y en concreto, los de nuestro vecino galo. Menos de tres meses antes de la firma de adhesión de hace treinta años que hoy conmemoramos y cuando dábamos por hecho (al igual que la mayoría de los europeos) el éxito, se produjo un parón. EL PAíS (22-03-1985) lo titulaba así: "Francia bloquea el acuerdo entre España y los 'diez' para el ingreso en el Mercado Común", y al día siguiente el mismo diario destacaba que "Michel Rocard [entonces ministro francés de Agricultura] amenazó con dimitir si había acuerdo el día antes de la manifestación de agricultores [franceses]". El 21 de marzo, el ministro francés de Exteriores, Roland Dumas, había declarado que "hay enormes dificultades en pesca" y en agricultura. Andrés Ortega, entonces corresponsal en Bruselas, es el autor de las muy interesantes y detalladas crónicas de esos días 22 y 23 de marzo de 1985. Ortega escribe: "Los 'enormes problemas' de que habla Dumas se reducen a cinco barcos en la cantidad de barcos españoles que pueden faenar en aguas comunitarias, y a 300.000 hectolitros en la cuota global de vino de mesa, más allá de la cual España estaría obligada a una destilación a bajo precio". Como no podía ser de otra manera, poco después, el presidente francés Mitterrand desbloqueó el asunto y hubo vía libre para el acto cuyo aniversario hoy celebramos y que nos permitió ingresar como miembros de pleno derecho en las Comunidades Europeas el uno de enero de 1986.

Ingresamos en el mayor proyecto (exitoso) de integración del mundo, a pesar de sus fallos, errores y contradicciones, admirado, envidiado e imitado por otros actores internacionales. En 2006, en Yakarta, el presidente (2000-2014) de Indonesia, Susilo Bambang, le dijo a Javier Solana, Alto Representante para la Política Exterior, que "si volviera a nacer, quisiera hacerlo en Europa". Un año antes, Mani Shankar Aiyar, un respetado intelectual indio y ministro del Petróleo, dijo que la UE sirve de ejemplo a los asiáticos sobre cómo una progresiva integración económica puede, a la larga, originar una unión política, pidió que Asia imite a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y propuso "una comunidad asiática del gas y del petróleo como precursora de una cierta unidad de Asia". Y cuando nosotros bordeábamos la desesperación ante el rechazo franco-holandés del Tratado Constitucional de la Unión, Abdul Razak Baginda, director de un centro malasio de investigación, restaba importancia al asunto: "Sabemos que lo que está ocurriendo es parte de un proceso. Sabemos que Europa ha recorrido un largo camino y que esta es la siguiente fase de la evolución europea".

En efecto, la Unión Europea es parte de un proceso que implica el experimento más exitoso, innovador y con mayor visión de futuro llevado a cabo en el área de la gobernalidad global en los tiempos modernos. La Europa de la que emana la UE es la suma de todo lo que ha sido considerado moderno: la lucha por los derechos civiles [permítaseme aquí, en homenaje a su memoria, simplemente nombrar a Pedro Zerolo], la democracia, la constitución, la solidaridad social, el sentido de Estado. Además, la UE promueve la solidaridad con el Tercer Mundo, la promoción de la democracia, las libertades públicas y los derechos humanos, así como el respeto del derecho internacional, en consonancia con los principios y valores de la Carta de las Naciones Unidas.