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Controversia en Bremen

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Hace un par de semanas tuve el privilegio de participar en una de las sesiones del ciclo "Controversias" organizadas por el Instituto Cervantes de Bremen. Dirigido por Carlos Ortega, el instituto goza de una excelente reputación en esa ciudad, consecuente con el acierto en la oferta de actividades y la seriedad con que se organizan. Era la primera vez que esa institución se ocupaba de la economía. Y no podía haber elegido momento más propicio. La sesión empezaba apenas tres horas después de que Mario Draghi concluyera la rueda de prensa en la que además de transmitir la permanencia de su tipo repo en el 1%, subrayaba que la institución que preside no dispone de "balas de plata" para hacer frente a la compleja y amenazante situación que vive la eurozona. La pelota volvía a dejarla en el tejado de los políticos, de los gobiernos con capacidad de apoyo y de los que precisan de este. España, su sistema bancario, estaba en el origen de las renovadas tensiones que sufría la eurozona.

Con ese telón de fondo, no ha de extrañar que a la convocatoria del Cervantes acudieran buen número de asistentes, a pesar de la tarde desapacible y la nada cómoda ubicación de la sede del Instituto para este tipo de actividades. Folke Hellmeyer, prestigioso y muy mediático economista, directivo del Bremer Landesbank, era quien aportaría la visión alemana. La exministra de Baja Sajonia, Heidi Merk, actuó algo más que como moderadora, introduciendo el debate con un alegato a favor de la aceleración de la integración europea no solo económica. Con un lenguaje mucho más directo, menos calibrado, que el que es habitual en la clase política, exigía a su propio Gobierno una adecuación mucho mayor al momento de excepcional gravedad que estamos sufriendo. Con una reivindicación, en definitiva, de la política. Parecía como si en esta singular "controversia" le hubiera dado la mano el presidente del BCE cuando subrayó al término de la reunión citada que la verdadera gestión correspondía a los líderes políticos.

Tanto la intervención de Hellmeyer como la mía, con independencia de los acentos, conducían a una conclusión similar. En este momento, son decisiones políticas las que han de considerar lo que está en juego. Eso significa flexibilidad alemana. Subrayé que nunca antes Alemania había ejercido tanto poder en Europa, pero generando una muy acusada desafección de los ciudadanos no alemanes por la forma en que está ejerciendo esa suerte de "protectorado económico". Por extraño que parezca, mi colega alemán convino en ese planteamiento general. Folke Hellmeyer reconoció la obediencia y el calado de las reformas en algunos de los países más amenazados, entre ellos España, y el adverso contexto económico en el que se están llevando a cabo.

Durante el largo coloquio y, posteriormente, compartiendo un vino y apenas unos frutos secos de expediente, pude apreciar nuevamente el interés por España. Algunos de los asistentes eran inversores o residentes durante parte del año en alguno de los emplazamientos turísticos españoles. La mayoría de ellos compartían dos denominadores comunes: europeísmo y agradecimiento al Instituto Cervantes de la ciudad por contribuir a la bien ganada tradición de progreso y apertura liberal de la que esa ciudad-estado viene haciendo gala desde hace años. Simpatía por España, pero dosificada solidaridad financiera.

Al término del acto, camino del centro de la ciudad, le comentaba a Carlos esa contradicción aparente: mientras los ciudadanos alemanes respaldan en gran medida la intransigencia de su Gobierno (el 80% de los votantes alemanes sigue contrario a la idea de los eurobonos, por ejemplo) siguen mostrándose de los más europeístas de la UE. Debería ser la función de la canciller convencer a esa opinión pública de la necesidad de avanzar hoy en formas de mutualización de la deuda pública. Sin cuestionar su compromiso con el futuro de la UE las decisiones de Angela Merkel parecen tratar de contentar más a los euroescépticos de su propia familia, que alejar los riesgos de que la eurozona acabe reventando. A las autoridades alemanas, a la canciller, y su ministro de finanzas especialmente, les gusta más pensar en el medio plazo que decidir en el corto.

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