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Factorías de juguetes rotos

21/04/2016 07:26 CEST | Actualizado 21/04/2016 07:26 CEST

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Foto de Macaulay Culkin/GTRES

La edición del 14 de abril de 2016 de uno de los diarios de mayor predicamento en nuestro país recogía dos noticias tristemente emparentadas. Debby Ryan, una princesa Disney protagonista de una serie muy popular, ha sido detenida recientemente por conducir bebida y embestir con su automóvil a otro vehículo. Por otra parte, Jake Lloyd, de 27 años y conocido por interpretar al personaje de Anakin Skywalkeren la película Star Wars I: La amenaza fantasma, cumplía hasta hace unos días una pena de prisión por exceso de velocidad y posterior intento de fuga. Según informan los medios, Jake Lloyd ha sufrido un brote psicótico que ha acabado con sus huesos en un psiquiátrico.

Y, aunque la etiología de la psicosis no está nada y quizás nada tenga que ver con el éxito temprano, ambos casos recuerdan a los de tantos jóvenes a los que la celebridad les ha alcanzado demasiado pronto. Todos recordamos a Macaulay Culkin, Joselito o Lindsay Lohan. Como ellos, muchos más que quedaron en la cuneta. Niños prodigio, un sinfín de niños y niñas que alcanzaron el éxito y la fama, que reunieron verdaderas fortunas y cuya vida se torció por la adicción a las drogas, el alcohol, el riesgo en cualquiera de sus manifestaciones o el puro despilfarro. Algunos de ellos llegaron a enzarzarse con miembros de sus familias en largos litigios por la gestión de su patrimonio.

Quizás deberíamos insistir en enseñar a las generaciones futuras que el éxito en la vida bien poco tiene que ver con el número de seguidores en las redes sociales o con las oportunidades de aparecer deslumbrantes en la pequeña pantalla.

Cientos de niños y de adolescentes procedentes del mundo del cine, la televisión, la música, la danza o el deporte que acabaron protagonizando un rosario de episodios vergonzantes e incluso delictivos y que manifestaron conductas que podemos suponer producto de una perversa asimilación del éxito. O de lo que demasiado a menudo entendemos por el éxito.

Son muchos, a día de hoy, los programas de televisión que van dejando un reguero de juguetes rotos, en especial aquellos que afirman descubrir talentos (musicales, gastronómicos, deportivos...) y que crean verdaderos espejismos de notoriedad. Cantantes de una sola canción, intérpretes de una película que alcanza fama mundial y que caen en desgracia y no vuelven a ser contratados o deportistas que brillan durante unos meses y que asisten al súbito e impredecible ocaso de una carrera prometedora. Personas que no saben convivir con el anonimato y que miden la intensidad del placer por el grado de gasto y desenfreno. Véase Paris Hilton, aunque a esta última no se le conozca mérito alguno, solo un desaforado afán de notoriedad.

Quizás deberíamos insistir en enseñar a las generaciones futuras que el éxito en la vida bien poco tiene que ver con el número de seguidores en las redes sociales o con las oportunidades de aparecer deslumbrantes en la pequeña pantalla. Desmitificar de una vez por todas tanto la satisfacción que proporciona la popularidad como la capacidad del ser humano de alcanzar la felicidad gracias al dinero es una de nuestras asignaturas pendientes.

Y cuanto antes consigamos que nuestros hijos comprendan que el éxito personal puede medirse utilizando otros parámetros, antes conseguiremos hombres y mujeres más íntegros, más solidarios y, probablemente, mucho más felices.