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La pregunta del millón

20/08/2014 07:04 CEST | Actualizado 19/10/2014 11:12 CEST
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barbwire and metal fence

¿Qué harías tú entonces, dejarlos entrar a todos en el país?

Si el lector alguna vez ha criticado las políticas de regulación de la inmigración en las fronteras tanto españolas como europeas, seguramente se identifique con una situación en la que alguien le haya formulado una pregunta similar. Si, además, ha llegado a mostrar cierta simpatía por la apertura de las fronteras, es más que probable que le hayan llamado loco, ignorante, poco realista o algún calificativo semejante.

La cruda realidad es que nuestra sociedad, al igual que la estructura del sistema-mundo en el que se injerta, al cual nos gusta llamar comunidad internacional, es intrínsecamente racista. Para demostrarlo no hace falta acudir a las estadísticas. Es una reminiscencia del darwinismo social completamente asumido por la cultura europea ya a finales del siglo XIX y que todavía pervive en nuestra cosmovisión occidental. Poco han influido los avances historiográficos que sitúan a la civilización europea en los tiempos anteriores a la gran divergencia (que comienza allá por el siglo XVIII), en niveles más atrasados que muchos de sus contemporáneos: la China de los manchúes, la India mogol, el shogunato Tokugawa o el Imperio otomano. En los libros de Historia que se utilizan en las escuelas occidentales, pocas referencias encontrarán a una inferioridad europea y/u occidental en tal o cual período histórico.

El proceso de socialización occidental, si bien posee innumerables ventajas, tiene como una de sus mayores vicios el de inculcar esta xenofobia sutil e ilustrada en nuestros modos de vida occidentales. Hacen falta mucha lectura y fuertes dosis de vacunas contra el chovinismo para desembarazarse para siempre de este lastre de nuestra cultura. Este racismo ilustrado, maquillado de civilizado y democrático, tiene secuelas, para muchos, terribles: desde una incomprensible obsesión popular con que África sigue estando poblada por tribus a la tragedia de todas aquellas personas que arriesgan sus vidas, muchas veces con consecuencias fatales. A veces, la cuestión es tan obvia que hay hasta quien pretende justificar estos rebrotes socialdarwinistas. Otras, simplemente, pasan a formar parte de la normalidad sociocultural. La mona, aunque se vista de seda, mona queda. Aquí un ejemplo:

Si bien es cierto que, tras declararse la alarma mundial (y solo entonces), los medios de comunicación han centrado su atención en mayor medida en el continente africano, hasta entonces la característica común de la mayoría de informaciones ha sido la banalización de las víctimas africanas y un alto interés periodístico por los occidentales infectados. Todo a pesar de que la inmensa mayoría de expertos han insistido una y otra vez en que el ébola no es un peligro para Europa, pues su expansión y mayor número de víctimas responde en realidad a una falta de medios para su prevención y control, y no tanto a la existencia o no de fármacos capaces de curarlo. Lo importante, según ha querido dejar claro el discurso político oficial, era poner de manifiesto la implicación de los gobiernos occidentales en la protección de sus ciudadanos en el terreno. Que los recortes en cooperación al desarrollo que vienen practicando muchos de estos gobiernos desde hace algunos años puedan influir drásticamente en asuntos como este es algo que, al parecer, estos gobernantes no tienen en mente. Sin embargo (y tristemente), es la realidad de cada día en países de todo el mundo, sobre todo de África, Asia y América Latina, donde la población local ha sido durante siglos expoliada y sometida por los intereses occidentales. Poco parecemos haber aprendido los españoles si nos llevamos el título de líder indiscutible de los recortes en cooperación, según Oxfam Intermón.

Este racismo ilustrado, no obstante, y por si su consistencia en nuestra cultura no fuera suficiente, echa mano de argumentos más racionales para justificarse. Así, por ejemplo, no hay creencia popular más extendida que aquella del impacto negativo de los inmigrantes (sobre todo, los sin papeles) en la economía nacional. No solo no existen pruebas empíricas sólidas sobre esto, sino que esta falacia ha sido desmontada una y otra vez por estudios económicos llevados a cabo por un diverso abanico de organismos e instituciones: los trabajos a este respecto de la Comisión Europea y la Fundación La Caixa, por ejemplo, han sido algunos de los más recientes. Alegaciones similares, como el los sin papeles no pagan impuestos, tienen que ser desmontadas una y otra vez por los expertos: los inmigrantes sin papeles sí pagan impuestos, los indirectos; que se encuentran, por cierto, entre los que han experimentado mayores subidas como resultado de las medidas de un Partido Popular que, en su día, capitaneó la campaña contra la subida del IVA.

En el fondo, no se trata más que de esta actitud (o sentimiento, o convicción) de superioridad racial que se deriva de una comprensión errónea del mundo y sus habitantes por parte de aquellos que habitamos el centro del sistema-mundo establecido. Si dejamos atrás las fortalezas inexpugnables rodeadas con fosas plagadas de cocodrilos, fue para instalar a lo largo de nuestras fronteras meridionales las murallas chinas del siglo XXI, unas vallas equipadas con las ya archiconocidas concertinas; una medida, según el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, "no agresiva", de efecto disuasorio y que solo provoca heridas "superficiales". Juzguen ustedes mismos la superficialidad de las heridas:

Personalmente, me resulta sorprendente que la respuesta de grupos tan amplios de población a esta terrible realidad sea la de formular preguntas como las que dan comienzo a este escrito. O, por ejemplo, la que propone Juan Luis Sánchez, subdirector de eldiario.es, en esta entrada de blog: ¿Y por qué no los metes en tu casa? Diferentes formulaciones de una misma construcción racista del mundo, en la que la violación de derechos humanos para evitar la entrada masiva de personas en nuestras fronteras pretende abordarse desde el planteamiento de estas cuestiones falaces. Máxime cuando la implicación del civilizado Occidente en las tragedias que ocurren al Sur de nuestras fronteras ha quedado tan bien documentada, así como las nuevas formas de sometimiento nacidas del neocolonialismo. Son nuevas formas de dominación cimentadas en los postulados de la globalización capitalista, que abandera una cooperación al desarrollo que, de facto, no hace sino reforzar la dependencia de los países en vías de desarrollo con respecto a las antiguas y nuevas metrópolis.

Responder a preguntas como estas no está dentro del abanico de soluciones que podrían aportar algo de esperanza a las víctimas de esta tragedia que, por desgracia, amenaza con volverse cotidiana, si no lo ha hecho ya. Además, son muchas y variadas las respuestas que podrían remediar este drama. Algunas, en el marco de la erradicación de las desigualdad estructural del entramado político y económico mundial, las expone de manera concisa y didáctica el sociólogo Rafael Díaz-Salazar en su libro ¡Desigualdades internacionales: ¡justicia ya! (Icaria, 2011): mecanismos de comercio internacional que no empobrezcan a países del Tercer Mundo, impuestos sobre las transacciones financieras internacionales dirigidos a la lucha contra la pobreza, etc. Medidas que, en el caso que nos ocupa, irían destinadas a tratar la cuestión en su raíz y origen. Es decir, en aquellos países de los que provienen estas personas, donde los conflictos, las desigualdades, la pobreza, el hambre, la persecución política, entre otras situaciones terribles que forman parte del día a día de muchos seres humanos, todas ellas con el beneplácito de un Primer Mundo que sigue lucrándose con los beneficios que le reportan.

Pero el mayor problema, en realidad, no se deriva de la inexistencia de una cooperación internacional para el desarrollo efectiva, o de una Ayuda Oficial al Desarrollo insuficiente y contraproducente, o de mecanismos de redistribución de la riqueza generada en estos países. Lo más grave es la perpetuación de una hegemonía ideológica al más puro estilo gramsciano en la que entre la ciudadanía occidental se mantiene una aceptación común de una superioridad (piadosa e ilustrada, pero superioridad al fin y al cabo) que justifica cerrar los ojos a la batalla diaria de los condenados de la Tierra, en palabras de Frantz Fanon, héroe eterno de la descolonización y la liberación de estas naciones oscuras. Hasta que Occidente y los habitantes de sus castillos inexpugnables no hayan aprendido a dejar atrás este dogma, la más antigua de sus creencias, será difícil discutir y dar respuesta a qué hacer con aquellos que, dejando atrás su vida, intentan alcanzar la tierra prometida.

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