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El colesterol del populismo

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LEPEN
REUTERS
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Parece chocante a primera vista relacionar colesterol y populismo. Sin embargo, así como el colesterol está siempre presente en la sangre, también el populismo es un componente de la vida en sociedad. Los médicos nos miden el colesterol bueno y malo. También las preguntas de los populistas a veces son buenas. Lo malo son sus repuestas.

No hay políticos ni partidos virtuosos y sensatos, dueños del sentido común por definición frente a demagogos natos en una absoluta contraposición. El sentido común no es monopolio de nadie porque, como recuerda con razón Descartes, es la cosa mejor repartida del mundo. Todo el mundo piensa tener la cantidad justa y nadie desea tener más. Ya lo sabían los griegos cuando crearon el ostracismo al que mandaron al vencedor Arístides o los romanos con los tribunos de la plebe frente a Coriolano.

Ahora estamos viendo en directo cómo Trump intenta el milagro de convertir el colesterol malo que ha inyectado en la campaña presidencial en bueno. O en la escena europea, cada vez más común, donde hemos vivido como nuestra la agónica elección presidencial austriaca y ahora esperamos angustiados el desenlace del Brexit. Un acontecimiento mundial generado por la irresponsable convocatoria de Cameron que, tras haber prendido el fuego para ser reelegido, ahora se dedica a hacer de bombero. Por no hacer la lista de populistas que, frente al avance del proyecto a trancas y barrancas se dedican a hacer campaña contra el mismo, con la familia Le Pen y Farage como máximos protagonistas. Lo hacen como refugiados políticos en el Parlamento Europeo, sin estar presentes en sus respectivos Parlamentos, generosamente financiados por el presupuesto de la Unión. Una eclosión de partidos que tienen en común la idealización de un inexistente pasado mejor y la propuesta de imitar al avestruz como solución.

Lo sorprendente es que, mientras que los desafíos políticos europeos están obligando a avanzar en un federalismo por obligación, la atención se concentra en conemplar y asustarse ante el postureo de los que más gritan en contra. Un juego de apariencias, gestos y chulería, siempre en terreno propio. No faltan ejemplos. La crisis de los refugiados es el ejemplo más actual y sangrante, en el que, frente a la acertada postura de la Comisión y del Gobierno alemán, tras el italiano y el griego, se cierran en banda Gobiernos que parecen concebir Bruselas como un cajero automático para hacer luego en casa lo que les venga en gana. O la acusación del ministro Schäuble a Draghi de incentivar el crecimiento de la populista Alternative für Deutschland por la política monetaria del Banco Central Europeo, que reduce la renta de situación de Alemania y alivia la situación de países como España o Italia, pero sobre todo persigue reactivar la economía europea en su conjunto. El mismo presidente del Bundesbank ha tenido que salir en defensa de esta acertada política.

La gran cuestión es si es sostenible un proyecto común europeo con políticas basadas en un postureo agresivo y cicatero. En términos médicos, si el colesterol malo va aumentando demasiado por encima del bueno. La historia demuestra que este tipo de situaciones ha llevado más una vez al continente al desastre. Conviene mejorar la dieta, la disciplina de vida y, sobre todo, evitar mensajes tóxicos en dosis letales.