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La nostalgia del orden

30/06/2012 10:14 CEST | Actualizado 29/08/2012 11:12 CEST

A juzgar por las noticias, las elecciones del próximo domingo para elegir al presidente de México ya ocurrieron. Desde hace meses las encuestas reiteran que Enrique Peña Nieto, candidato del PRI, ganará por amplio margen. ¿Cómo se explica el regreso del partido que se sirvió de la impunidad y la corrupción para mantenerse en el poder durante 71 años? ¿Tan masoquistas somos los mexicanos?

Cuando voté por primera vez (en 1976, a los 20 años) sólo había un candidato a la presidencia: José López Portillo, del PRI. La oposición no presentó candidato para subrayar la desigualdad de la contienda. Hoy pasa algo parecido. Hay cuatro candidatos pero el triunfo del PRI parece inevitable. Después de 12 años, la alternancia mexicana conducida por el conservador Partido Acción Nacional fracasó en forma tan estrepitosa que el expresidente Vicente Fox ahora llama a votar por el PRI. El hombre que pateaba los emblemas del "Partido Oficial" en sus asambleas pide que regrese el antihéroe de la política nacional para evitar la anarquía que podría traer la izquierda.

¿Hay forma de entender esta nostalgia por la época en que el clan conocido como "la gran familia revolucionaria" gobernaba al margen de la voluntad popular?

Un estudio del Observatorio Universitario Electoral ofrece una respuesta. El 56,4% de los votantes decide sus preferencias por las siguientes razones: "Es con quien mejor nos iría a mí y a mi familia" y "Su partido siempre nos regala cosas". Nuestra democracia sigue teniendo un aire asistencialista. Peña Nieto no es percibido como el mejor, y no es necesario que así sea. Representa el mando fuerte que otorga beneficios.

Algunos de sus defectos incluso se transforman en virtudes políticas. El autoritarismo y la renuencia a rendir cuentas son vistos por muchos como requisitos del que "sí sabe robar" (y en consecuencia ofrece regalos).

Por más victimistas que seamos los mexicanos, el sacrificio azteca de volvernos a colocar bajo el pedernal del PRI sólo se explica por el sostenido fracaso del presidente Felipe Calderón.

Durante seis años el mandatario del PAN ha gobernado en clave militar. El eje obsesivo de su gestión ha sido la guerra contra el narcotráfico, un combate carente de táctica y consenso que ha llevado a la cotidiana contemplación de mutilados, decapitados, personas colgadas de los puentes.

El saldo de cadáveres está por definirse. La cifra oficial es de 60.000, las organizaciones civiles cuentan 88.000, y hay 30.000 desaparecidos. Calderón no es el creador del problema, pero su manera de enfrentarlo sumió al país en un vértigo de muertes.

El descrédito del presidente comenzó en su propio partido. Fue incapaz de influir en la designación del candidato del PAN. Josefina Vázquez Mota, que representa en las urnas a Acción Nacional, ha querido de desmarcarse de él, al grado de que su lema de campaña es: "Diferente". De manera irónica, la candidata ofreció a Calderón el mando de la policía, definiendo su verdadera vocación pública.

El candidato de la izquierda es el mayor rival de Peña Nieto, aunque llega desgastado por su conducta mesiánica y caudillista. México ama el folklore, pero anhela que el presidente parezca del siglo XXI. Con todo, López Obrador tuvo una gestión razonable como Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, ha propuesto un gabinete plural y representa el cambio posible. El problema es que la mayoría de los votantes no quieren transformar al país (un ejemplo: en la encuesta universitaria, sólo el 6% de los participantes encomiaron la honestidad). Las prioridades son tener comida en la mesa y que cesen los disparos. Todo indica que Peña Nieto aprovechará este deseo de restauración del viejo orden.

Pero nunca se saben cómo reaccionarán los mexicanos. Una de nuestras más arraigadas costumbres es la impuntualidad. Cuando el destino se dispone a poner el punto final, nos gusta dar sorpresas. Nuestra épica será impuntual o no será.

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