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Cuando el liderazgo emerge de la conspiración

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"Lo que hay que hacer ahora es proteger a Eduardo [Madina]. Él será la solución a nuestros problemas" (martes, 28 de junio).

"Pensar en Madina es pensar en otro fracaso. La gestión que hizo de su derrota le inhabilita" (miércoles, 29 de junio).

La primera reflexión corresponde a uno de los socialistas que más hizo por la victoria de Pedro Sánchez en el congreso federal de 2014, al más crítico entre la legión de críticos que tenía antaño el entonces diputado vasco.

La segunda, a uno de los pocos dirigentes que apoyaron a Madina frente a Sánchez en la batalla por el liderazgo del PSOE de hace dos años.

Entre uno y otro hay una distancia sideral, y no sólo en sus pareceres sobre quién sí y quién no reúne las cualidades para tomar las riendas del PSOE en el próximo congreso. El primero es un maestro de lo orgánico, un especialista del regate corto, un infalible contador de delegados, un mago de los avales, los precios cobrados y los favores pagados. El segundo es más de luces largas, de socialismo puro, de mirada limpia, de proyecciones a largo, de convicciones profundas y de inquebrantables principios.

Ambos simbolizan la situación por la que atraviesa hoy el PSOE y la diferencia entre quienes ocupan su tiempo en la maquinación orgánica y quienes más allá de la lucha fratricida por el poder andan inquietos por el futuro de la socialdemocracia, el papel que debe desempeñar en los próximos años y las respuestas a dar para que el partido que más años gobernó España en democracia no pase a ocupar un papel irrelevante en los libros de historia contemporánea.

madina

Ninguno de los dos cree que Sánchez sea la persona que impulse la necesaria reconstrucción del socialismo. En eso, sí coinciden. ¿Quién, entonces? El primero, es obvio, ha cambiado de bando y hoy cree que el elegido debe ser el vizcaíno. El segundo no ve más alternativa que Susana Díaz, pese a la cotización a la baja de la de Triana entre el plantel de cuadros dirigentes.

He aquí, en todo caso, el principal problema del PSOE desde que se marchó Felipe González. Siempre hubo más tiempo para la maquinación y los liderazgos construidos desde la conspiración de un cuarto oscuro que para la redefinición de un proyecto político agotado. Basta con un vistazo al retrovisor para ver lo ocurrido:

El dedo de Felipe González señaló, en 1997, a Joaquín Almunia para frenar el paso a José Borrell, aún a sabiendas un año después de que el catalán ganaría las primarias a su protegido. "La única manera de votar a Joaquín es conocerlo personalmente y la única de apoyar a Pepe es no conocerlo personalmente. Y como los militantes no saben de la personalidad de cada uno, ganará de calle el segundo".

El premonitorio y despiadado entrecomillado se le atribuye al otrora ex presidente en plena campaña de la consulta que en 1998 celebraron los socialistas para elegir candidato a la Presidencia del Gobierno. Trece meses después de ser elegido por las bases en la primera experiencia de elecciones primarias en España, Borrell dimitía oficialmente por un escándalo fiscal en el que se vieron implicados dos de sus colaboradores. Oficiosamente, por una conspiración impulsada por el aparato del PSOE.

Las posiciones de cada cual empiezan a asomar ya, y no apuntan nada nuevo, salvo que el nombre de Susana Díaz se ha caído como favorita

Al año siguiente y tras el batacazo electoral de Almunia (125 diputados), Zapatero nació de una negociación de pasillo para bloquear el paso a José Bono. Los artífices de la operación final que dio la victoria al último presidente del Gobierno socialista fueron Rafael Delgado (mano derecha de Alfonso Guerra) y José Blanco. La candidata de los "guerristas" era Matilde Fernández, pero el avance del castellano-manchego hizo que el "guerrismo" virara en favor de un entonces desconocido leonés. ¿Cuántos votos necesitas?, dicen que le preguntó Delgado a Blanco horas antes de que votaran los delegados. 50, le respondió el gallego. "Te voy a dar 80 porque con 50 no llegáis", zanjó la conversación el "guerrista". Así fue como recuerdan los más veteranos la victoria, contra todo pronóstico, de Zapatero en 2000.

Después, llegaría Alfredo Pérez Rubalcaba, un socialista que jamás tuvo aspiraciones orgánicas y que, sin embargo, se impuso en un reñido congreso a Carme Chacón por tan sólo 22 votos. En los mentideros del PSOE recuerdan que su victoria llegó tras una ofensiva "in extremis" de Felipe González y Alfonso Guerra con llamadas telefónicas personales delegado por delegado y que fue eso lo que terminó decantando la batalla por la secretaría general del PSOE en favor de Rubalcaba. Así fue como el "zapaterismo" que representaba Chacón, y del que aún hoy huyen muchos dirigentes, no pudo resistir el contraataque del "felipismo".

La historia se repitió en 2014 con un desconocido de nombre Pedro Sánchez/a>, un funcionario de Ferraz, de la cuadrilla de colaboradores de José Blanco, al que Susana Díaz, con el apoyo de Zapatero y su batería orgánica y mediática, eligió por despecho después de que Eduardo Madina desbaratara sus planes para que la andaluza se presentara al congreso. Un militante, un voto, exigió el entonces diputado vasco a sabiendas de que la presidenta de Andalucía era más de coronaciones que de votaciones.

Cuatro liderazgos nacidos de cuatro conchabanzas orgánicas para impedir el ascenso de quienes por un motivo u otro no eran del agrado de los tótem, representaban un peligro para las esencias del socialismo o simplemente no convenía que llegaran a la secretaría general del PSOE para no desbaratar el juego de los equilibrios internos.

Veinte años sin liderazgos naturales y la pregunta del milllón hoy, tras el peor resultado de la historia del partido (85 diputados), es si los socialistas se disponen a repetir los errores de su propio pasado en el próximo congreso federal, en el que además de elegir nuevo líder, tendrán que marcar la línea política a seguir los próximos cuatro años.

Las posiciones de cada cual empiezan a asomar ya, y no apuntan nada nuevo, salvo que el nombre de Susana Díaz se ha caído como favorita de hasta quien ha sido su principal valedor en los dos últimos años, el mismísimo Zapatero. El ex presidente regresa hoy a Madina como si nunca se hubiera ido de su lado ni le hubiera traicionado con Sánchez, de quien luego abjuró para alistarse al "susanismo". Claro que antes hizo lo propio con Chacón y antes con Rubalcaba. Donde pone el ojo, pone la mácula. No es una leyenda urbana que en sus tiempos en Moncloa conspirara contra sus propios ministros.

La alternativa, dicen, está en un tipo capaz de pensar en largo, que no haya estado jamás en batallas internas

Y aún así siempre hay alguien dispuesto a que se repita la historia, a pensar en corto y a mirar la política en términos estáticos como si, en diciembre -fecha que Ferraz sopesa para celebrar el congreso- alguien fuera a recordar que el del 26-J fue el peor resultado de la historia del PSOE y Pedro Sánchez, su responsable. En política siempre es más sencillo echar a un candidato derrotado que a un jefe de la oposición.

Y en diciembre Sánchez ya llevará otros seis meses ocupando los espacios institucionales. Será él quien negocie con Rajoy la investidura; quien acuda a Zarzuela a las audiencias de Rey; quien protagonice los debates parlamentarios y, lo más importante, quien controle la organización cuando se celebre el congreso. Cualquiera que para entonces se atreva a medirse con él ante la militancia, lo tendrá complicado, se llame Díaz o se llame Madina. Si el hoy secretario general está lastrado por la contundencia de la derrota, la presidenta de Andalucía ha dejado en estos dos años demasiadas señales de su impaciencia y sus movimientos y ¿Madina? Madina no sopesó las consecuencias de que el "susanismo" le reclutara, poco después de romper con Sánchez, para su ejército ni de que el "zapaterismo" invocara su nombre a conveniencia propia.

La alternativa, dicen, está en un tipo capaz de pensar en largo, que no haya estado jamás en batallas internas, que tenga el respeto de todos los cuadros y al que todos tengan como referente. ¿Existe? Afirmativo, dicen, si de lo que hablamos es, no de un candidato sino de un secretario general, de enderezar el rumbo, de analizar en profundidad las causas de la desconexión con la sociedad y de reconstruir el proyecto. Busquen...