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El Ejército de Sánchez

03/08/2015 07:10 CEST | Actualizado 02/08/2016 11:12 CEST

En Estados Unidos se llaman Grassroots y son una forma de asociación entre miembros de una misma comunidad que se organiza y crea grupos de presión con diferentes objetivos. Los hay que colocan carteles, los que hablan con la gente por la calle, lo que piden donativos para un fin concreto, los que organizan manifestaciones o los que simplemente piden opinión para luego tenerlas en cuenta... Todos aplican el concepto Do It Yourself (Hazlo tú mismo) y todos son voluntarios que donan su tiempo para apoyar una causa, que puede ser social o política.

En España, los llamaríamos activistas y en el argot socialista pronto empezarán a conocerles como 'El Ejército de Sánchez'. Hasta 500.000 pretende reclutar el equipo de campaña del candidato del PSOE para que puerta a puerta pidan el voto y agiten la movilización de la calle ante las próximas elecciones generales. La técnica es fácil. Se elige un mensaje clave del diario de campaña y se sale a la calle a difundirlo. El objetivo es doble: activar la participación de militantes y simpatizantes y concienciar a la ciudadanía de los asuntos sobre los que el partido pretende fijar la atención del votante.

Se trata de una técnica electoral que el PSOE pondrá en marcha inmediatamente después de las catalanas y que requerirá de un ambicioso programa de formación para el debate y la oratoria entre sus militantes y simpatizantes. Es a ellos a quienes el equipo de campaña pretende dar el mayor protagonismo de la acción electoral, una vez superados los avatares orgánicos del último año.

Porque ya saben: como dijo Churchill, la política es casi tan emocionante como la guerra, y no menos peligrosa porque en la segunda se muere una vez y en la primera, muchas veces. Lo que no especificó el político y estadística británico es si las balas del enemigo eran más o menos mortíferas que las del propio ejército. Pero si preguntáramos por ello a Pedro Sánchez no dudaría en responder que teme más al fuego amigo.

Un año de secretario general, y los misiles no han dejado un día de apuntarle. Ora por la supuesta traición de un pacto no escrito para no erigirse antes de tiempo candidato a la Presidencia del Gobierno; ora por mancillar el honor de un ex presidente; ora por disolver la federación más convulsa del socialismo; ora por menospreciar el poder de la federación andaluza; ora por carecer de un equipo solvente; ora por "aniquilar" a todo replicante... Decenas han sido los motivos que le han puesto en el punto de mira y decenas las fechas de caducidad dictadas para el fin de su liderazgo.

Pese a todo, sigue vivo. Y si de Zapatero se dijo un día que dirigía el PSOE con guante de seda y puño de hierro y que tenía "baraka" -que es mucho más que tener simple suerte-, de Sánchez se empieza a decir ídem. Salió ileso del resultado de 24-M, al que sus críticos aguardaban para desalojarle de Ferraz, y sale sin rasguño del congreso extraordinario de los socialistas madrileños, en el que la candidata oficialista se impuso gracias a la denodada colaboración del "aparato" de Ferraz por la mínima, y con acusaciones de "pucherazo".

Pero no crean que hay paz ni mucho menos. En Madrid, la federación ha salido igual que entró al cónclave: fracturada y a la espera del próximo asalto. Las espadas siguen en alto en el PSM, pero también en Andalucía y en algún otro territorio hostil a Sánchez. Los ojos de quienes anhelan su final siguen vigilantes, pese al hartazgo entre los cuadros dirigentes de tanta batalla interna y tanto lanzamiento de granadas entre Madrid y los que prefieren al mando a la actual inquilina de San Telmo, que ahora aguarda a después de las generales para dar el salto a la arena nacional. Eso será sólo si el secretario general no consigue ser presidente del Gobierno, un escenario que los socialistas empiezan a ver cada vez más probable. Y no por la fortaleza de la marca PSOE ni por la infalibilidad de su candidato, sino por la defunción de las mayorías absolutas y las dificultades del PP para pactar con otras fuerzas políticas.

Por lo pronto, no escucharán un compromiso público de Sánchez como el de Zapatero en 2004 para no formar gobierno si no obtenía más votos que el PP en aquellas generales. Si Rajoy no puede ser investido, el líder del PSOE no despreciara un sólo apoyo, venga de donde venga. Tendrá problemas para mantenerse en la secretaría general sólo si, como vaticinan algunos de sus críticos, el PP recupera terreno y el partido de Rivera decide apoyar a la derecha en medio de la deriva independentista de Cataluña.

En Ferraz no contemplan siquiera ese escenario. Tan seguros están de que el próximo presidente del Gobierno será Pedro Sánchez como de que las maniobras de desestabilización contra el secretario general habrán sido todas baldías. Por lo pronto han frenado el avance de sus oponentes a los que esperan neutralizar por completo con la confección de las listas electorales, donde la dirección intentará, seguro, cobrarse la siguiente factura y los críticos dar la próxima batalla. De momento, Sánchez trabaja con dos Ejércitos. El que le otorga el poder orgánico y el que trabajará para llevar a los rincones más recónditos del país sus mensajes de campaña.

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