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Las claves de la semana: El hombre que pudo ser y no fue

29/07/2017 10:23 CEST | Actualizado 29/07/2017 10:39 CEST
GTRESONLINE

Esta es la historia de un hombre que pudo ser, no fue y quizá ya nunca será. Sólo el tiempo lo dirá, pero de momento, se va de la política en busca de una actividad privada que le ayude a sobreponerse de lo vivido. Pudo haberlo hecho antes, pero no lo hizo. Y, de haberlo hecho, igual hoy el PSOE sería distinto y el nombre de su secretario general no sería el de Pedro Sánchez.

Hablamos de Eduardo Madina, un vasco que lleva la huella del dolor y la frustración tatuada en la frente porque el tiempo nunca borró de su memoria las heridas más profundas. No hablamos de las de la metralla que ETA dejó para siempre en su cuerpo, sino las que le provocó su propio partido.

Hay quien dice que lo que no le robó una banda asesina, que fue una mirada limpia sobre la política, acabó arrebatándoselo el PSOE. Y puede que sea así. Las trincheras, las guerras intestinas, las alianzas de enemigos íntimos y las traiciones diluyeron hace mucho al Madina inocente, de principios inquebrantables y deseo irrefrenable de un PSOE y una España distintos.

Su corta y antaño prometedora vida política ha sido un camino repleto de deslealtades, mentiras y equivocaciones

Si hay que buscar un nombre responsable de su final puede ser el de José Luis Rodríguez Zapatero, el de Susana Díaz o el suyo propio. Su corta y antaño prometedora vida política ha sido un camino repleto de deslealtades, mentiras y equivocaciones. De unos, de otros y de él mismo. Zapatero le falló, Díaz le contaminó y él sólo dilapidó su capital político por no haber dado un paso atrás cuando muchos le aconsejaron que no ligara su futuro al de una candidata con la que no compartía más que su animadversión por un secretario general que llevó al PSOE a los peores resultados electorales en democracia.

Poca gente sabe que tan sólo tres horas antes de presentar su candidatura a las primarias el 13 de junio de 2014, Eduardo Madina redactó un comunicado que esa misma mañana estaba dispuesto a enviar a la prensa para anunciar que no competiría por la secretaría general del PSOE. Hay quien aún conserva la literalidad de aquél texto que venía a decir que renunciaba a la competición para no fracturar al partido.

El día anterior había almorzado con Emiliano García Page, en un hotel de Madrid, para hacerle partícipe de su decisión irrevocable. Nada más salir del local, el presidente de Castilla-La Mancha telefoneó a Susana Díaz para contarle la conversación y para que avisara a Pedro Sánchez de la noticia. Esa misma tarde el también aspirante a la secretaría general del PSOE tenía un mitin en la localidad de Alcorcón para oficializar su propia candidatura. Si Madina no concurría, Sánchez tampoco debía hacerlo, y sólo la de Triana podía pedírselo, ya que el entonces desconocido diputado por Madrid fue producto de un pacto de Díaz con Zapatero, Ximo Puig y Tomás Gómez para "tumbar" al vasco, autor del célebre "un militante, un voto" que frustró la aclamación de la presidenta de Andalucía para llegar al trono de Ferraz.

Poca gente sabe que tan sólo tres horas antes de presentar su candidatura a las primarias de 2014, Madina redactó un comunicado para anunciar que no competiría por la secretaría general del PSOE

Si ambos se retiraban, Díaz tendría el camino expedito tal y como habían diseñado Zapatero y otros notables socialistas, con la complicidad de algunas élites, tras la dimisión de Rubalcaba como secretario general y ante la inminente abdicación de Juan Carlos I. El vasco, creían, era un peligro para la estabilidad del país, demasiado joven, demasiado débil, demasiado rojo, demasiado radical... Díaz, sostenían, garantizaba la ausencia de sobresaltos en tiempos de convulsión institucional.

Minutos después de dejar a Page, en el mismo hotel, Madina se reunió con Guillermo Fernández Vara para comunicarle también su renuncia. El extremeño, que llevaba meses haciendo de padre, hermano, amigo, psicólogo y terapeuta del vizcaíno, le convenció para que siguiera adelante, compitiera por el liderato e impidiera así la entronización de la "elegida" por las élites. En aquellos meses, sólo Vara, el asturiano Javier Fernández y Elena Valenciano creían firmemente en que él era la solución a los problemas del PSOE.

Pese a lo que cuenta la leyenda, Rubalcaba no creía entonces en sus posibilidades para dirigir el partido. Le creía inmaduro, sin apenas experiencia y con escasa fortaleza emocional para aguantar las embestidas de la primera línea. Años después se ha lamentado de no haber hecho todo lo que estaba en su mano para que ganara el vasco.

El caso es que la presión emocional que Fernández Vara ejerció aquél 12 de junio de 2014 sobre el diputado vizcaíno surtió momentáneamente efecto, ya que rectificó su amago de renuncia a última hora de la tarde. Sin embargo, al día siguiente, y con la prensa ya esperando en el Senado ante el busto de Ramón Rubial donde anunciaría su candidatura, le sobrevino de nuevo el miedo escénico y reunió a su equipo de colaboradores en su despacho del Congreso de los Diputados para decirles que tiraba la toalla. Apenas faltaba una hora para el anuncio cuando, finalmente, rectificó y puso rumbo hacia la Cámara Baja. Desencajado y seguro de que sería imposible vencer a los "aparatos territoriales", se lanzó a la carretera en una campaña de la que salió hundido personal y políticamente.

Nunca encajó que alguien a quien consideraba política e intelectualmente inferior pudiera haber llegado a la cima del PSOE

Esta es una historia jamás contada sobre alguien que un día dijo de sí mismo tener una talla demasiado pequeña para el volumen de un partido como el PSOE; de un hombre que dudó; de una persona que presumía de tener poca certezas, de un socialista y republicano que intentó liderar un viejo partido y dar a España un "shock de modernidad" y al que el "canibalismo" de la política cambió mucho más que un atentado de ETA.

Y todo porque nunca encajó que alguien a quien consideraba política e intelectualmente inferior pudiera haber llegado a la cima del PSOE e hiciera de él un partido en el que la experiencia sobra y el talento estorba.

Pese a sus defectos y sus virtudes, ni el socialismo ni la política española andan sobrados de gente de la talla de un Madina que en poco tiempo pasó de verse muy pequeño a verse demasiado grande en el actual universo político.

Perdonen las molestias, que diría él mismo.

Eduardo Madina

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